Todo comenzó cuando en octubre de 1982 me encontré con el poeta chileno Sergio Canut de Bon en la plaza de Sergels Torg en Estocolmo. Canut de Bon era todo un personaje: Presidente de la Asociación de escritores en el exilio, era a su vez un subversor del orden en muchos sentidos y sobre todo un buen amigo.

Dentro de sus muchas mañas, Sergio acostumbraba poner a pelear dos barrios en los cuales ni siquiera lo conocían. Un día podía amanecer Rinkeby, por mentar alguno, lleno de grafitis que decían “Muera Canut de Bon” o “Abajo Canut de Bon”, y en el barrio de al lado, digamos que en Husby, comenzaban a parecer letreros que decían: “¡Viva Canut de Bon!” o “¡Arriba Canut de Bon!”. También acostumbraba escribir: “Dios ha muerto, que viva Canut de Bon”, en las paredes de las iglesias luteranas de Estocolmo y en las ciudades que visitaba.

Pues bien, ese día me lo encuentro y me dice que él cree que el Nobel de ese año se lo va a ganar Octavio Paz, y yo, nada más que por joder, le digo: “No, hombe, ese Nobel se lo gana Gabo”, y él en seguida me dispara: “Vamos a apostarle a eso una buena comida y una excelente botella de vino”, ya metido en el berenjenal le digo que está bien y la verdad es que me olvidé del asunto.

Hasta que un día de octubre, como a las 6 de la mañana, me llama por teléfono Canut para decirme que habían anunciado que el Nóbel se lo había ganado Gabo y que me debía una cena y una buena botella de vino. Yo, ni corto ni abstemio, le digo que le cambio la cena por dos botellas de vino, él condesciende y entonces acordamos la guachafita para esa misma noche.

Así comencé a beberme y a vivirme el Nobel 82. Esas dos botellas sólo fueron el etílico preludio del estupendo premio que le concedían a García Márquez, por sus Cien años de mamaderas de gallo literarias, de alto vuelo y afiladas espuelas.

Los “novelescos” avatares

Resulta que en los días previos a la ceremonia de entrega del premio, comienzan a gotear amigos y conocidos, que llegaban como parte de la comitiva de Gabo, entre invitados y periodistas. Cuando me acerqué al Hotel Amaranten, donde estaban bajados muchos de los periodistas, me encontré con el maestro Germán Vargas, que me llevaba una botella de aguardiente enviada por unos amigos de Barranquilla. También llegó Carlos Franco del Ballet Folclórico del Atlántico, que sabiendo que yo vivía en Estocolmo por esos años, me reportó una genuina botella de Ron Blanco Fala. Es decir, que mi arsenal espirituoso comenzaba a acrecentarse.

También estaban en Estocolmo Tita Cepeda, esposa del Álvaro “Nene” Cepeda, Juan Gossaín de quien no era amigo ni conocido, el maestro Fuenmayor, a quien sólo tropecé el día de la entrega del Nobel, los muchachos y muchachas del grupo de Carlos Franco (todos barranquilleros), que querían que les tradujera todo lo que se  hablaba; Batata, que había llegado con el grupo de Totó La Momposina, además de un montón de periodistas cachacos a los que saludaba de abrazo, sólo por ser colombianos y no pare de contar.

Por esos años vivía con Carmen Sepúlveda, una chilena exiliada en Suecia y, dos días antes del Nobel, llegó un cuñado suyo llamado Bernardo García, que venía con los editores de Gabo, vale decir Oveja Negra. Él y su mujer me dieron una entrada para la ceremonia de los Nobel, con la condición de que leyera la traducción de un texto en sueco de Lars Gyllesten, secretario perpetuo de la Academia Sueca, que le había concedido el premio a García Márquez.

Ese día antes del Nobel me bebí la botella de aguardiente en el ascensor del Hotel Amaranten, mientras subía y bajaba en el artefacto con amigos, conocidos y desconocidos, fueran suecos o extranjeros, que bebieron hasta que la botella llegó a su fin. Ni qué acotar que esa noche, en mi casa, fue una farra en la que participaron amigos que vivían en otros sitios de Suecia, quienes habían llegado a Estocolmo para engrosar la audiencia que se congregaba en el Grand Hotel, donde Gabo estaba hospedado con “La cocodrilo sagrada”, vale decir, Mercedes Barcha, y sus hijos. Todos mis amigos llegaron apertrechados de vodka, ajenjo, vino, ron, cerveza y cuanta vaina espirituosa uno pueda conseguir en el Viejo Mundo Escandinavo.

Esa noche también llegó a mi casa Luis Niño, un barranquillero que vivía en las afueras de Estocolmo, con quien hacía teatro en un grupo llamado Tubará, que yo había fundado por esos años en Suecia. Lucho era (¿es?) un tipo sollao, capaz de las salidas más coletas en cualquier sitio y delante de quien fuera. Lucho venía empecinado en que yo tenía que conseguirle una entrada para la ceremonia, so pena de retirarme su amistad. Desafortunadamente yo solo poseía una entrada, pero Lucho estaba decidido a entrar como fuera al acto, y a fe de carbonero que lo hizo.

La “ceremonia” del Nobel

El despelote del Nobel fue el viernes 10 de diciembre, en Stockholms Concert Huset (La Sala de Conciertos de Estocolmo), en la noche. Fue allí donde me di cuenta de que mi entrada no era para la ceremonia propiamente dicha, sino para un gran salón en donde en pantalla gigante seguiríamos lo que acontecería a unos metros de nosotros. Allí en el salón alterno estaban muchos de los invitados y los periodistas, todos enfundados en ropa gruesa hasta el cuello, ya que era tiempo de invernar en Europa, y en Suecia el invierno es un infierno friísimo en que hay que abrigarse debidamente.

Cuando le llegó el turno a Gabo de recibir la medalla de manos del Rey Karl Gustav ,todos vivimos un momento de gloria ajena. De más está repetir lo que todo el mundo ha leído u oído: que Gabo no usó frac sino liquiliqui, que andaba con una flor amarilla para todos lados, que leyó un texto donde recordaba a Pigafetta y su mágica mirada a la realidad del Nuevo Mundo, etc., etc. Yo leí, para los periodistas, el texto de Gyllestein en español, que era el que se retransmitía en sueco al mundo, con la voz un poco quebrada por la emoción que nos recorría a todos, al presentir que nosotros también éramos Colombia homenajeada.

Terminado el acto fuimos saliendo por la entrada principal, donde entraba la nobleza, el cuerpo diplomático, los personajes del gobierno (todavía estaba vivo Olof Palme) y los invitados especiales para el evento. Cuál no sería mi sorpresa al ver a Lucho Niño, que estaba detenido por la policía secreta sueca a la que extrañamente se le denomina SÄPO. Lucho, al verme, me pidió ayuda.

Al acercarme a hablar con los “tiras” suecos, me enteré de que Lucho sí había entrado al acto y que lo había hecho al salón protocolar de la ceremonia. Sólo que lo había hecho sin invitación y que además se había sentado en los puestos reservados a la realeza sueca. Nadie podía explicarse cómo había logrado entrar con tantos controles, él sostenía que simplemente había entrado caminando y nadie le había pedido su entrada. Lo increíble del asunto es que Lucho iba estrambóticamente vestido y además portaba un negro sombrero alón, más propio de una propaganda de Marlboro que de una ceremonia del Nobel.

Nada pude hacer por Lucho, excepto llamar a María, su mujer, para enterarla del cuento y pedirle que viera a ver cómo hacía para sacar a Lucho del lío, porque la policía sostenía que algo sospechoso había en el asunto. Decían que no era posible que hubiera podido colarse entre tanta vigilancia, sobre todo ese día en que había unas amenazas contra el embajador de Pinochet en Suecia, que había concurrido a la ceremonia y a quien un grupo de manifestantes había abucheado. Lucho salió al día siguiente y, excepto la anécdota para contar a todas horas, no tuvo problemas.

Esa noche hasta detuve a Olof Palme, quien salía del acto sin guardaespaldas ni la parafernalia de la seguridad de hoy en día, para presentarle a la esposa de Bernardo García, cuyo nombre no recuerdo a estas alturas del partido, y quien quería hacerle una entrevista. Palme le dio una tarjeta con el teléfono de quien le coordinaba la agenda y luego tranquilamente tomó un taxi allí mismo, en la plaza de Hötorget, donde queda Concert Huset. Así era Suecia de tranquila en esos años, cuestión que cambió a partir de 1986, cuando Palme fue asesinado luego de salir de cine en compañía de su esposa Lisbeth, mientras se desplazaban a pie por la calle Sveavägen.

De allí, esa noche memorable y macondiana del Nobel, nos fuimos un clan para mi casa a continuar la francachela, ocasionada porque un hijo del telegrafista de Aracataca, Colombia, se había ganado el más prestigioso premio literario del mundo. No está demás decir que la espirituosa celebración se mantuvo en un alto grado de efervescencia hasta la madrugada.

El día post-Nobel

En la mañana del sábado 11 de diciembre, fui con algunos ateridos y ateridas curramberos y bacanquilleras, a unos almacenes de cadena a mirar cuanta chuchería veían en los mostradores de la abundancia y el consumismo escandinavo. Ellos estaban alojados en un velero posada que se llama Chapman, y para acceder a algún medio de transporte público, hay que atravesar un pequeño y hermoso bosque de abedules y álamos, en el cual, el frío sueco cobraba carne erizada y costeña. En esas anduvimos casi todo el día, hasta que me topé nuevamente con los periodistas y editores de Oveja Negra.

Como para seguir con la bebentina “nobelesca” por la noche, se les metió el embeleque de ir a ver “striptease a la sueca”, ya que las nórdicas tienen una bien ganada fama de estar buenas físicamente y de no tener empachos para quitarse la ropa y mostrar sus atributos como un tributo a los ojos.  Así que esa noche nos fuimos a un club nocturno, creo que Le chat noir, a ver beldades valquirias con los amigos.

Realmente yo nunca había ido en Suecia a un club nocturno de ese tipo, así que no tenía mucha experiencia en el asunto, y no sabía, por ejemplo, que en los clubes de striptease está prohibida la venta de alcohol. En consecuencia, lo que había era cerveza sin alcohol, agua, refrescos y otros menjurjes de ese tipo, que me vi obligado a ingerir sin respirar, ya que a mí las cosas sanas me enferman.

Además pasé una pena (barranquillera, claro, que es como nosotros decimos vergüenza) ya que para llegar al club, los había llevado en Tunelbana (Metro en sueco), y luego habíamos caminado unas cuadras. Resulta que al salir del lugar, de regreso al Hotel Amaranten, descubrimos que realmente el hotel estaba a unas pocas cuadras a pie. Los periodistas me acusaron de estar “descrestando paramunos”  ya que la mayoría eran oriundos del sur de Colombia y otros de Bogotá.

Luego ellos para su hotel y yo, “ni corto ni pereseision”, como dice el Pachanga de David Sánchez, me dirigí al primer bar que encontré en el camino a quitarme, con una buena fría sueca, el extraño guayabo que me estaba produciendo la cerveza sin alcohol. Y de allí vía libre, de bar en cantina hasta llegar rendido a la casa.

Domingo ronero

El domingo 12 de diciembre se celebró una fiesta en Folkets Hus (Casa del Pueblo), organizada por la Asociación de Estudiantes Extranjeros en Estocolmo. En ella iban a participar todos los grupos que habían llegado acompañando a Gabo, entre ellos Totó, los hermanos Zuleta, La Negra Grande de Colombia, el ballet de Carlitos Franco y otro montón de grupos musicales que había mandado Colcultura. Además, nuestro Nóbel iba a asistir y a decir unas palabras, como en efecto lo hizo.

Yo estuve tomando fotografías del acto y luego fui hacia la puerta a hablar un poco con unos amigos cuando llegó un camioncito de parte de la embajada de Cuba. Traían, a ojo de buen cubero, más de doscientas botellas de Habana Club, que el mismo Fidel Castro les enviaba a Gabo y sus amigos, y que cayó como pedrada en ojo tuerto en la fiesta. La decisión que se tomó era que ese ron no podía tomarse en la velada, pero  que a cada persona que saliera le sería entregada una botella para que siguiera festejando en casa. Yo me llevé varias botellas y con algunos amigos nos fuimos para el apartamento de un chileno, a vaciarlas en conjunto.

El cuento fue que como a los tres días, el gobierno sueco elevó una queja diplomática contra la embajada cubana, ya que ese ron no podía ser consumido por fuera de la legación de Cuba, porque había entrado sin pagar impuestos al estricto Reino de Suecia. Y hay que decir que los suecos, más que estrictos, son jodidísimos cuando de cuestiones legales se trata y máxime si hay alcohol en el paseo.

A los pocos días se había disipado por completo la ventolera levantada por el Nobel de Gabo, como si se hubiera tratado de una hojarasca que invadió el laberinto del general invierno, cosa que no había ocurrido en los cien y más años de soledad sueca, alebrestando putas tristes o alegres, hormigueando a patriarcas otoñales, dejando un rastro de felicidad sobre la nieve nórdica, que hoy me sirve de pretexto para escribir esta increíble y beoda crónica de varias borracheras anunciadas, en donde afortunadamente no hubo ninguna mala hora. 

En el mar de Salgar, 2007.
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©   Aníbal Tobón

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IX – Número 35
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2008

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
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Así me viví
y me bebí el Nobel 82

Aníbal Tobón
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