Baladas de la loca alegría:
Literatura queer [1] en Colombia
Daniel Balderston
Universidad de Iowa
I. El adelantado
Se podría decir que la literatura queer colombiana comienza con la caricatura que un guatemalteco hace de un colombiano: nace de una amistad equívoca y de una especie de venganza homofóbica. Me refiero, claro está, a “El hombre que parecía un caballo” (1914) de Rafael Arévalo Martínez, un cuento sobre Miguel Angel Osorio, que en ese momento usaba el seudónimo de Ricardo Arenales aunque pasaría a la historia de la literatura con un seudónimo posterior, Porfirio Barba Jacob. [2] El cuento es un texto nervioso, febril, que retrata no sólo lo raro del amigo Aretal (el nombre que usa Arévalo para designar a Arenales) sino el desconcierto y deslumbramiento que siente el narrador ante el amigo raro. No se nombra nunca la homosexualidad —aunque sí se usa el término “invertido” de forma metafórica en una descripción— y la “rareza” del señor de Aretal está explicada en términos de una naturaleza zoomorfa, más caballo que humano. (Otro de los cuentos “zoomórficos” de Arévalo tiene que ver con Gabriela Mistral, y también se refiere a su opción sexual diferente en términos de una naturaleza medio animal.) Aunque Barba Jacob se enoja con el retrato escrito que le hizo Arévalo (por haber revelado su homosexualidad) y la amistad parece peligrar, en el mismo año Arenales escribirá su poema “Amigo espiritual” sobre Arévalo Martínez (Poemas, 98-99), y en una carta a Arévalo en 1916 le dedica un poema sobre “Nuestra Señora la Voluptuosidad, o, más claramente, de nuestra Tirana la Lujuria” (Poemas, 122). De hecho, el retrato que le hace Arévalo lo ayuda al que después se llamará Barba Jacob a forjarse una imagen de poeta maldito.
La importancia de lo homosexual en Barba Jacob es mucho más clara ahora que hace unas décadas por la labor importantísima que ha hecho Fernando Vallejo: su magnífica biografía El mensajero y sus cuidadas ediciones de las cartas y los poemas de Barba Jacob. Las notas explicativas a las cartas y los poemas rescatan lo que se puede saber de las circunstancias de la escritura de los textos de Barba Jacob, y la biografía hace muy evidente la importancia que tienen ciertos efebos (y otros no tan efebos: Rafael Heliodoro Valle, Rafael Arévalo Martínez) en la vida de Barba Jacob. Lo que se consideraba una vida “escandalosa” en la época cobra perfiles muy claros en el texto de Vallejo. Esto es importante porque en la poesía a veces los elementos homoeróticos llegan medio disfrazados en listas, como en la “Balada de la loca alegría” (1924), donde escribe:

Flaminio, de cabellos de amaranto,

busca para Heliogábalo en las termas

varones de placer… Alzad el canto,

reíd, danzad en báquica alegría,

y haced brotar la sangre que embriaga el corazón. 

(Poemas, 164)
Y dos estrofas más adelante pasa del Viejo al Nuevo Mundo:

Aldeanas del Cauca con olor de azucena;

montañesas de Antioquia, con dulzor de colmena;

infantinas de Lima, unciosas y augurales,

y princesas de México, que es como la alacena

familiar que resguarda los más dulces panales;

y mozuelos de Cuba, lánguidos, sensuales,

ardorosos, baldíos,

cual fantasmas que cruzan por unos sueños míos;

mozuelos de la grata Cuscatlán —¡oh ambrosía!—

y mozuelos de Honduras,

donde hay alondras ciegas por las selvas oscuras;

entrad en la danza, en el feliz torbellino;

reíd, jugad al són de mi canción:

la piña y la guanábana aroman el camino

y un vino de palmeras aduerme el corazón.

(Poemas, 164)
Este poema, que según las notas de Fernando Vallejo se concibió “sobre un tema de la Antología Griega” (Poemas, 165) demuestra como Barba Jacob trabaja lo homoerótico, primero como un placer remoto en el tiempo y el espacio y circunscrito a esferas aristocráticas (las termas de Heliogábalo) y después como algo común, mezclado con otros placeres (las aldeanas, las frutas tropicales), pero sin duda registrado con más intensidad (“cruzan por unos sueños míos”) que las aldeanas, las montañesas, las infantinas y las princesas. Esos “mozuelos” de Cuba, El Salvador y Honduras se evocan de modo complejo, no como figuras decorativas (como las aldeanas y compañía) sino como muchachos “lánguidos, sensuales,/ ardorosos, baldíos”, donde la contradicción entre “lánguidos” y “ardorosos” oculta dramas o relatos no contados.
Otro poema de tema afín es “Primera canción delirante” (1921), dedicado a Toño Salazar, [3] uno de los grandes amores de Barba Jacob, como sabemos por la biografía de Vallejo. Hay muchas indicaciones que este poema didáctico —quiere instruir al amigo joven en las rutas del placer: “Ama el tumulto báquico” (Poemas, 176)— juega de modo travieso con las categorías genéricas y sexuales:

Sepulta en los trigales la cabeza

cuando el trigo comience a frutecer:

sentirás que un espasmo te sacude,

como si te besara una mujer.
(Poemas, 175)
O un poco más abajo, una inversión aún más clara de las categorías de lo masculino y lo femenino:

Ama el carmín efímero, los senos,

la blanca nuca, la sedeña tez:

por las dulces amantes poseídas

nos queda el alma en lírica preñez.
(Poemas, 175)
Incluso en “Canción de la vida profunda”, su poema más conocido, hay versos supuestamente heterosexuales que podrían leerse de otro modo:

Y hay días en que somos tan lúbricos, tan lúbricos,

que nos depara en vano su carne la mujer;

tras de ceñir un talle y acariciar un seno,

la redondez de un fruto nos vuelve a estremecer. 


(Poemas, 99)
Queda claro que las opciones que tenían el escritor homosexual en esa época, para poder nombrar el deseo que sentía, era incluir eso en una gama más amplia de posibilidades (esto también lo hace Whitman unas décadas antes) —disfrazar la homosexualidad de pansexualidad— o marcar lo homoerótico como abyecto rechazado (que es lo que hace Arévalo en “El hombre que parecía un caballo”, y lo que hará García Lorca poco después en Poeta en Nueva York).
Los poemas de Barba Jacob están llenos de estos toques eróticos: en “Canción del día fugitivos” el día se describe como “gárrulo mancebo” que excita “mi ardor interno” (Poemas, 195), y en “Elegía del marino ilusorio” el pensamiento del poeta pasa a los barcos donde “van danzando,/ ebrios del mar, los jóvenes marinos” (Poemas, 205). Del grupo de marineros la evocación se concentra en “la cabeza encrespada y voluptuosa/ de un joven” marino que se ha muerto:

Morir... ¿Conque esta carne cerúlea, macerada

en los jugos del mar, suave y ardiente,

será por el dolor acongojada?

Y el ser bello en la tierra encantada,

y el soñar en la noche iluminada,

y la ilusión, de soles diademada,

y el vigor... y el amor... ¿fue nada, nada? 


Ese poema termina: “¡Dame tu miel, oh niño de boca perfumada!” (Poemas, 205). El efebo muerto está muy presente en su belleza, su vigor, su ardor, y en lo que hoy hay los médicos llamarîan un “intercambio de fluidos” aún más allá de la muerte.
Otro poema notable es la “Elegía platónica” de 1932:

Amo a un joven de insólita pureza,

todo de lumbre cándida investido:

la vida en él un nuevo dios empieza,

y ella en él cobra número y sentido.

El, en su cotidiano movimiento

por ámbitos de bruma y gnomo y hada,

circunscribe las flámulas del viento

y el oro ufano en la espiga enarcada.

Ora fulgen los lagos por la estría…

El es paz en el alba nemorosa.

Es canción en lo cóncavo del día.

Es lucero en el agua tenebrosa…
(Poemas, 204)
Queda claro que este es un poema “platónico” no del modo que usamos ahora el término (“amor platónico” = amor espiritual, no físico) sino pensando en el Banquete de Platón con su relato de las unidades partidas en dos (a veces del mismo sexo, otras de sexos opuestos). [4] La poesía de Barba Jacob es audaz para su época, como lo fue su vida, [5] y tendrá ecos en gran parte de lo escrito sobre lo homoerótico en la literatura colombiana posterior: pienso no sólo en el legado de Barba Jacob en Vallejo sino por ejemplo esto de Las siamesas asesinas de Rubén Vélez (2003): “todas las princesas que he conocido por ahí, que no son pocas, no hacen otra cosa que exhibir la dentadura. Como que la sangre azul obliga a dar a todas horas la impresión de loca alegría” (115). “Loca alegría”: el título de la balada de Barba Jacob se recicla para definir un ambiente y una tradición.
II. Apariciones
Si en la poesía de Barba Jacob hay una afirmación de una identidad queer (disfrazada en grado menor por las convenciones de la época), lo que notamos en las décadas que siguen a su muerte es mayor cautela, por lo menos con respecto a la cuestión de la identidad. Porque por otro lado las escenas homoeróticas pululan en la literatura colombiana de mitad del siglo veinte: piénsese por ejemplo en García Márquez, en la franca escena de deseo homoerótico en el cuarto capítulo de La hojarasca (1955), el que termina con el narrador pensando en el cuerpo desnudo del amigo:
"Quiero ir solo con Abraham, para verle el brillo del vientre cuando se zambulle y vuelve a surgir como un pez metálico. Toda la noche he deseado regresar con él, solo por la oscuridad del túnel verde, para rozarle el muslo cuando caminemos. Siempre que lo hago siento como si alguien me mordiera con unos mordiscos suaves, que me erizan la piel." (71)
O en “El piano blanco” (1954) de Alvaro Cepeda Samudio, que comienza usando la homosexualidad como metáfora:
"Yo estaba enamorado del piano blanco. Y ella lo sabía. Lo descubrió con esa asombrosa capacidad que tienen las mujeres para descubrir cosas como ésta o como la homosexualidad en los hombres que la esconden celosamente." (Castro García, Un siglo de erotismo, 61) [6]
Estas escenas, sin embargo, no constituyen identidades como tal (salvo figuras caricaturescas como Pietro Crespi en Cien años de soledad). Hay personajes homosexuales secundarios en Aires de tango (1973) de Manuel Mejía Vallejo, en las novelas de Ramón Illán Bacca, y en varios libros de Gustavo Alvarez Gardeazábal; [7] en El divino (1986) de este autor, el personaje Mauro, de “estirpe wildeana” (29) y “pecador antinatura” (25) ya figura en primer plano de la narración. (“El divino” era también el apodo que se le daba a Vargas Vila, un posible homenaje por parte de Alvarez Gardeazábal a ese escritor de fuerte “estirpe wildeana”.) Sin embargo, por lo general el lugar reservado para las minorías sexuales es marginal.
La escritora que mejor ha cultivado el “polimorfo perverso” en Colombia es la barranquillera Marvel Moreno (1939-1995). Le interesa la sexualidad en toda su diversidad, desde la ninfomanía (tema de su magistral cuento “La peregrina”) al análisis agudo de la relación entre la heterosexualidad y el poder (descrita con agudeza en “La noche feliz de Madame Yvonne”). Enemiga de la represión sexual (“Todo el problema de los hombres como él era el de no haber aceptado a tiempo su homosexualidad” [Cuentos completos, 171]), Moreno incluye en passant personajes gays y lesbianas en muchísimos cuentos, y con frecuencia el deseo no dicho es pivote de la acción del cuento (como por ejemplo en “Ciruelas para Tomasa”). Sus personajes a veces parten para el extranjero (como la modelo lesbiana Miranda en “Una taza de té en Augsburg”) o se hacen monjas o curas –o esposos nominalmente ejemplares-- para disfrazar su condición. Aún los personajes heterosexuales se fascinan con la inversión de papeles: el protagonista de “El perrito” lleva mujeres a Holanda para que allá se pongan falos artificiales y lo penetren (303), y una señora aparentemente ortodoxa como la Isabel de “Barlovento” se deja fascinar por lo que le produce repulsión: la liberación femenina, la libertad de papeles donde los hombres se disfrazan de mujeres y las mujeres de hombres (326), y las pulsiones eróticas en la cultura afrocolombiana de la costa. El cuento tardío “O. R. L.” tiene que ver con un personaje enfermo de SIDA; otro, “La maldición”, es un cuento de gran perversidad que tiene que ver con la violación y la venganza.
La obra de Albalucía Angel (Pereira, 1939) es notable por su inclusión de la temática lesbiana, aunque los incidentes lésbicos en sus dos principales novelas Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón (1975) y Misiá señora (1982) son pocos (y menos frecuentes que escenas de genitalidad heterosexual) y no parecen implicar lo que llamaríamos una identidad lesbiana. Lo que sí subrayaría es que mientras las escenas en que las protagonistas son penetradas por hombres se narran a menudo con frialdad y distancia, y a veces incluso son escenas de violación o casi violación, mientras las escenas lésbicas en las dos novelas más importantes de Angel se narran con ternura, como momentos de un despertar erótico. En Misiá señora, además, llama la atención que en la tercera y última parte de la novela el marido de la protagonista, que antes había descrito como un obsesivo sexual que la penetra muchas veces cuando ella no tiene ningunas ganas, de repente se revela como afeminado, y como un gay de clóset que sólo se escapa de una redada policial en una fiesta gay por sus conexiones políticas. En ambas novelas, además, hay muchos personajes secundarios que viven sexualidades no normativas. Mariana, la protagonista de Misiá señora, añorará durante toda su larga vida a una amiga de la infancia, Yasmín, con quien gozó de escenas de iniciación sexual. En cambio, en Las andariegas (1984), escrito bajo la inspiración de un clásico de la literatura lésbica, Les guerillères (1969) de Monique Wittig, se subraya el elemento lésbico al contar las historias de una serie de mujeres fuertes e ilustres, desde Clitemnestra a Juana de Arco (“yo voy a ser cruzada, no me gustan los príncipes” (83]. (Hasta la idea de una sarta de mujeres bravas ya está en el libro de Wittig.) Hay numerosas evocaciones de escenas de amor entre mujeres (“las manos amorosas llamaban con premura y tacto dulce a la nueva viajera” [38], “mi amor/ mi amiga dulce/ como miel” [65], “fueron durmiéndose unas sobre las otras, como niñas perdidas en el bosque” [74]). Y hay en todo el libro una celebración de cierta androginia: a veces los mancebos y efebos se visten de mujer, pero de modo más insistente las mujeres asumen vestimenta y actitudes masculinas: “que si ellas hacen lo que es en si/ el Señor las hará tan varoniles/ que asusten a los hombres” (108). Hay una escena en que “un mancebo sin capa y con sombrero de plumas de faisán entró en la escaramuza como si un desvarío lo poseyera” (79); después de la batalla “su camisa en seda se entreabrió y la vieron los senos como duraznos en sazón” (80). [8]
Andrés Caicedo (Cali, 1951-1977) es famoso por su novela ¡Que viva la música! publicada pocas semanas después de su suicidio a los 25 años. Algo que llama la atención de la novela es el travestismo discursivo: la narradora es una muchacha transgresora, que narra una versión femenina de los años de amor libre, experimentación con drogas y cultura juvenil en Cali de principios de los setenta. El travestismo discursivo es un rasgo notable también en el cuento “Besacalles” que Caicedo escribió a los 17 años, cuya narradora se revela en los últimos renglones del cuento como una prostituta travesti. Esa revelación final obliga a releer el cuento, donde de repente muchos detalles que pasaron desapercibidos por el género gramatical femenino que usa siempre la narradora —el rechazo por parte de su familia de su afición de salir en busca de muchachos, por ejemplo, o su miedo de encontrarse con cierto muchacho— cobran un nuevo sentido con la referencia al golpe que ese muchacho le da en los testículos. (Las referencias despectivas a “maricas” y “maricones” y la amenaza constante de una violencia homofóbica son frecuentes en muchos cuentos de Caicedo: ver por ejemplo “De arriba abajo de izquierda derecha” y “El espectador”.) Esa inversión final invita también a una relectura queer de ¡Qué viva la música!, donde por cierto hay una fascinación insistente en todas las transgresiones sociales que vive la juventud de Cali —¿no será también una novela en clave sobre el mundo gay de la época? (Esa posibilidad se insinúa en la brillante película Unos pocos buenos amigos que realizó Luis Ospina sobre la vida de Caicedo.)
III. Identidades LGBT
Del poeta Raúl Gómez Jattín (Cereté 1945-Cartagena 1997) dice una amiga: “Siempre fue homosexual… Por qué no escogió California o algún país escandinavo en donde esa condición encantadora no significase una perversión condenable, imperdonable y fatal. Raúl decidió nacer en un lugar en donde amar a alguien de su propio sexo se considera una aberración maldita” (citado en Ory, Angeles clandestinos, 190, 192). De su poesía gozosa y carnal es un buen ejemplo “El disparo final de la Vía Láctea”. [9] El poema de Gómez Jattín va dirigido a un tú que es a veces Tú (¿Dios, como en algunos de los poemas homoeróticos de Whitman?), con quien el yo poético se junta orgiásticamente: “El que parece dos astros hermanos y gemelos/ El que parece dos ojos Dos culos cercanos/ El que parece dos testículos besándose” (120). [10] Esa unión es de dimensiones cósmicas:

Jadeo que se estrella como un mar contra mi pecho

Locura de tus ojos orientales alumbrando

la aurora del orgasmo mientras tus manos

se aferran a mi cuerpo Y me dices

lo que yo quiero y respiras tan hondo

como si estuvieras naciendo o muriendo

Mientras nuestros ríos de semen crecen

y nuestra carne tiembla y engatilla su placer

hacia el disparo final en el Vía Láctea. (121)
Otros poemas de Gómez Jattin que tienen que ver con el amor entre varones son “El alba en San Pelayo” (“Eres un varón/ del putas Yo también” [118]), “Príapo en la hamaca” (“Hoy estás allí en la intimidad de mi hamaca/ tendiendo como un fauno priápico y soñoliento/ el cuerpo de tu virilidad entregada” [148]), “El ambiguo y tormentoso sexo de mi ángel” (“con alma de hembra débil de dulzura mentida/ te escribo este poema de temor y fastidio/ con el resentimiento de no poder tenerte” [149]) y “Sanos consejos a un adolescente” (“Tienes ahí bajo la piel/ una loca angustia de ser violado con dulzura” [151]). La poesía de Gómez Jattin es después de la de Barba Jacob la más intensa expresión del deseo homoerótico en la poesía colombiana. [11]
Fernando Vallejo (Medellín, 1942) es sin duda uno de los grandes escritores colombianos de los últimos tiempos, y la homosexualidad figura de modo central en casi toda su obra: en los varios tomos de su autobiografía, El río del tiempo (1985-1993, edición en un solo volumen, 1998), en su novela más famosa, La virgen de los sicarios (1994), en la brillante biografía que escribió de Porfirio Barba Jacob (El mensajero, mencionado arriba), en la desgarradora novela sobre la muerte de su hermano Darío de SIDA, El desbarrancadero (2001), y en una novela menos sombría sobre la vida de otro hermano, Mi hermano el alcalde (2004). En su narrativa, siempre en primera persona, se conjuran los espectros de su vida. Sus novelas autobiográficas o autobiografías noveladas —y él mismo ha comentado las maneras en que sus textos están a caballo entre esos géneros [12] —siempre dan por sentado la identidad homosexual del narrador. A la vez, menciona de paso la sexualidad de otros personajes —los dos hermanos en El desbarrancadero y Mi hermano el alcalde, Alexis y Wílmar en La virgen de los sicarios— sin que esa sexualidad sea necesariamente el enfoque del texto. Lo que ha hecho Vallejo en estos extraordinarios textos en los últimos veinte años es ir comentando la realidad nacional colombiana con una fuerza y un lirismo nunca vistos antes; a la vez que llama la atención su temática, avasalla su lenguaje, como muy bien observa Eduardo Jaramillo (“Alta tra(d)ición”, s. pag.). Los comentarios que hace el narrador sobre la pobreza, la corrupción, la violencia, la hipocresía y la belleza de Colombia son inseparables del marco discursivo que va construyendo: de exiliado, homosexual y esteta. [13] Si la homosexualidad se define en uno de los tomos de El río del tiempo como el “fuego secreto”, se ha convertido en sus textos en algo que ilumina, que desenmascara, que desnuda. Si tuviéramos que escoger una obra colombiana para un imaginario canon universal de la literatura gay esa obra sin duda sería La virgen de los sicarios.
Fernando Molano Vargas (Bogotá, 1961-1995), autor del poemario Todas mis cosas en tus bolsillos (1997) y de la novela Un beso de Dick (1992), es, como Andrés Caicedo, un enigma: qué hubiera escrito de no haber muerto joven (de SIDA, en el caso de Molano). Su novela Un beso de Dick (llevado espantosamente al teatro por un grupo de la Universidad de Antioquia) es la tierna evocación del descubrimiento del amor homosexual por parte de dos jóvenes en Bogotá, estudiantes del mismo colegio. Un Bildungsroman con dimensiones homoeróticas (como tantas otras novelas en la tradición de la novela de aprendizaje), narra la “salida del clóset de Leonardo y Felipe, sus jóvenes protagonistas, que son puestos a prueba en la escuela, la casa y la calle.
Ana María Reyes (Cali, 1963) publicó en 2003 un libro de cuentos Entre el cielo y el infierno, con el subtítulo Historias de gays y lesbianas. En el libro un cuento enfocado en un personaje gay masculino está seguido de uno enfocado en una lesbiana. A diferencia de la mayor parte de la literatura que hemos examinado aquí Reyes insiste en la posibilidad de desenlaces felices. En “Junior”, por ejemplo, el hijo predilecto del dueño de un taller de mecánica se opera y se pone tetas gigantescas, pero igual todos (los mecánicos y el padre) lo aceptan porque “Junior es una mujer encantadora… capaz de empujar una camioneta, encontrar el repuesto que necesita cada automóvil en cualquier parte del país”, a la vez que “siempre tiene el local limpio, con música y flores” (192). En “El pariente más cercano” la relación de Nancy y Eugenia —que se ha mantenido secreta durante décadas— se ve amenazada cuando a Nancy la internan en un hospital y los médicos no quieren reconocer a Eugenia como pariente, hasta que las amigas de un grupo de tercera edad se solidarizan y obligan a las autoridades a aceptarla como tal. En “Hombre 10” el marido ideal resulta ser un gay de clóset pero en vez de que eso produzca una ruptura en la relación la mujer se da cuenta de que es mejor marido que los de muchas de sus amigas; a pesar de que “cuando se los ve juntos tienen un no sé qué que no logra convencer del todo a sus amigos” (159), las amigas lo llaman el “Hombre 10” porque se acerca mucho al ideal del marido. El libro termina con una fábula en el reino animal a favor de la aceptación de la diferencia. Los cuentos de Entre el cielo y el infierno no son obras maestras de la literatura, pero es significativa su publicación por la sucursal colombiana de Aguilar, la gran editorial española, ya que implica la existencia de un mercado para cuentos afirmativos, aunque algo insulsos, sobre la posibilidad de la integración de gays, lesbianas, bisexuales y transexuales en la gran familia colombiana.
Rubén Vélez (Salgar, 1953), en cambio, ha publicado casi toda su extensa obra literaria en editoriales casi secretas de Medellín, y a veces con seudónimos. Desde Veinticinco centímetros (1997), una celebración de “la verga de James [que] me recordaba el obelisco de la Plaza de la Concordia… [y] no sólo porque insuflara de paz a Nefertiti” (91), a Las siamesas asesinas (2004), un diálogo platónico de dos locas de Medellín que van comentando el ambiente de la ciudad (y asesinando verbalmente a sus habitantes, como implica el título), la obra de Vélez es francamente una literatura para iniciados, con comentarios en clave. [14] Entre habanos anda el impuro (1999), publicado con el seudónimo de Abel Builes, es una especie de diario de viaje a La Habana donde se comenta no sólo las bellezas (físicas y sobre todo humanas) de la capital cubana sino también las contradicciones de la revolución cubana, la presencia homosexual en la literatura y cultura cubanas, y la ingenua aceptación fuera de la isla de los logros del gobierno castrista. Es un texto que interesa sobre todo por los comentarios agudos por parte de las bellezas que va coleccionando el narrador, que van desdiciendo cualquier elogio que se haya hecho de la revolución, como la celebración que hace C. Wright Mills del fin de la prostitución habanera (100) o un poema bastante vergonzoso de Miguel Barnet (97); hasta un comentario muy agudo de José Martí (82) que parece referirse irónicamente al gobierno de Fidel. “Cuba Libre” se convierte en este libro en “CULO LIBRE, paraíso de AmArica” (130), y la celebración de las bellezas masculinas de La Habana —y de su disponibilidad sexual— vale como comentario irónico a los discursos oficiales del gobierno revolucionario.
Sin duda el escritor que más éxito ha tenido en los últimos años en Colombia con una novela de temática gay es Alonso Sánchez Baute (Valledupar, 1964) con Al diablo la maldita primavera (2003). La novela, un indudable bestseller (y también adaptada exitosamente por Jorge Alí Triana para el Teatro Nacional), retrata la vida voluntariosamente necia y trivial de una loca barranquillera, Edwin Rodríguez Buelvas, que se ha mudado a Bogotá para poder explorar con mayor libertad su homosexualidad —y sus deseos de triunfar en el mundo de las drag queens bogotanas. A mi juicio Edwin es menos necio de lo que aparenta, y gran parte de sus observaciones sobre el mundo gay, y sobre la masculinidad y la femineidad, se pueden entender como performances de los estereotipos genéricos, no como afirmación de su necesidad. Algunos lectores —como los estudiados por Manuel Rodríguez en un ensayo interesantísimo que es en parte un análisis de la hostilidad que la novela despertó en algunos lectores gays locales— han preferido pensar que Edwin piensa sin más que “los homosexuales somos” de tal manera, y que el autor piensa lo mismo; me parece que no se han atendido lo suficiente a la ironía del narrador, que demuestra un reconocimiento y un goce del lado performativo de su homosexualidad.
De hecho, lo que define la literatura queer colombiana de los últimos años es un tono jocoso, gozoso. [15] Estamos muy lejos del sufrimiento callado de tantos personajes de Andrés Caicedo o Marvel Moreno: lo que se siente en Vélez, Reyes y Sánchez Baute es un goce en la “loca alegría”. En ese sentido es ejemplar la escritura de Fernando Vallejo, que celebra “el triunfo de Eros sobre Tánatos” (La virgen de los sicarios 43). Y para cerrar quisiera citar versos que son ejemplares en ese sentido: los de Harold Alvarado Tenorio, “Conocer y gustar de los jóvenes,/ amor mío” (“En el valle del mundo”, Summa del cuerpo, 153), y los de Gómez Jattin: “para que te ame amigo/ como se debe amar/ El día que te vi/ rompió en dos mi eternidad” (“Serenidad de esclavo”, citado en Ory, Angeles clandestinos, 174). La escritura queer ya tiene hondas raíces en la literatura colombiana, y son muchos los textos bien logrados. [16]
Notas:
[1] Uso el término literatura queer en el sentido que ha adquirido en los estudios de la sexualidad, para referirme a escritos de temática no heteronormativa: gay, lesbiana, bisexual, transgénero, intersexo, etcétera. También aclaro que no me referiré tanto a la sexualidad de los autores en lo que sigue como a la temática de las obras.
[2] Sobre “El hombre que parecía un caballo”, se puede consultar Balderston, El deseo, enorme cicatriz luminosa, 35-44, y la edición crítica de Arévalo Martínez, El hombre que parecía un caballo y otros cuentos.
[3] Vallejo nota que otro de los poemas más conocidos de Barba Jacob, “Acuarimántima”, inicialmente se decia también a Toño Salazar, pero que al tiempo Barba Jacob se lo pide de vuelta: “Mira Salazarcito, ¿te acuerdas del poema ‘Acuarimántima’ que yo te dediqué? Me lo devuelves porque se lo voy a dedicar a un general” (Poemas, 218).
[4] Ese platonismo se menciona también en el diario de José María Vargas Vila, en setiembre de 1918: “en Platón imperó siempre lo que llamaría efebismo de su filosofía; el alma del efebo se encarnó en la doctrina de aquél que lo amó tanto; aún más que Sócrates, aunque inventara para amarles el sofisma del amor platónico… socratismo sin valor… aurora de la hipocresía cristiana” (Diario, 92).
[5] Un contemporáneo de Barba Jacob que pudo haber escrito mucho más sobre la homosexualidad y no lo hizo fue justamente Vargas Vila. Sus novelas están impregnadas de una atmósfera perversa, pero esa perversidad no pasa explícitamente por lo queer. Esa es una lástima porque sabemos que Vargas Vila era homosexual, y su diario encierra sus hondas preocupaciones por un “hijo” adoptivo que lo acompañaba siempre. (Barba Jacob también se refiere en sus cartas a sus “hijos”, así que es un eufemismo común en la época: hasta E. M. Forster tenía un “hijo” adoptivo y ayudaba a mantenerlo a él y a su mujer: la misma situación en que vivía Barba Jacob.)
[6] Otros cuentos de temática queer que están incluidos en la antología de Castro García son: “Esa otra muerte” de Umberto Valverde, “Noticias de un convento frente al mar” de Germán Espinosa, “El encuentro” del propio antólogo Oscar Castro García, “Violeta” de Mario Escobar Velásquez, “Con el alma en la boca” de José Chalarca, “Perpetua” de Rafael Humberto Moreno Durán, y “Lubricán” de Roberto Burgos Cantor. Algunos otros cuentos homoeróticos que no están en la antología de Castro García son “Póster” y “A lo oscuro metí la mano” de Guillermo Henríquez, “¿Y como es parada, padre Infante?” y “La espina aguda del deseo” de Miguel Falquez-Certain, y “Fenestella confessionis” de Germán Espinosa.
[7] Para una discusión de lo queer en Alvarez Gardeazábal, ver Oscar Díaz-Ortiz.
[8] Para una discusión de lo queer en Albalucía Angel que subraya otras dimensiones de su obra que las mencionadas aquí, ver Oscar Díaz-Ortiz.
[9] Este poema fue incluido por Luis Antonio de Villena y Harold Alvarado Tenorio en su antología de poesía gay, Ardor de hombre. Cito del libro de Gómez Jattin Retratos/ Amanecer en el valle del Sinu/ Del amor: Tríptico Cereteano.
[10] Las referencias a Platón y su caverna explicitan que los versos que acabo de citar se refieren a la teoría de las dos mitades expuesta en el Banquete, como vimos también en la “Elegía platónica” de Barba Jacob.
[11] Otra figura que vale la pena mencionar es Jaime Manrique Ardila (Barranquilla, 1949). Aunque la mayor parte de su obra está en ingles, la poesía recogida en Mi cuerpo y otros poemas merece una mención aquí por textos como “Poema del instante”, sobre un amado, y “Al era de Alabama”, sobre un amigo muerto de SIDA.
[12] En sus comentarios sobre sus propias obras utiliza un seudónimo, Margarito Ledesma, y Ledesma le escribe las notas de las contratapas de varios de sus libros. Ver Balderston, El deseo, enorme cicatriz luminosa, 153.
[13] Estas cualidades se pueden comprobar en las entrevistas con el propio Vallejo en la extraordinaria documental La desazón eterna —el título viene de un verso de Barba Jacob— que le dedica Luis Ospina (2004).
[14] Esto, por ejemplo, parece referirse a Fernando Vallejo: “Nefertiti Fernández, la lengua más redicha del reino, sale con muchachos que sólo saben decir parce, parche, gonorrea, fierro y chumbimba” (119; ver también otra referencia a Nefertiti Fernández en 165). Me parece que esto se refiere a la discusión de la lengua de los sicarios (donde Vallejo hace referencia a las distinciones gramaticales establecidas por Rufino José Cuervo) en La virgen de los sicarios, especialmente págs. 20 y 33. También parece haber una referencia oblicua a Entre el cielo y el infierno de Reyes: “Si se hiciera una encuesta sobre gustos sexuales en el mundo del otro gusto, no sería mayoría los maricas que viven entre el cielo y el… cieno” (119). Vélez juega mucho con los títulos de obras ilustres y no tan ilustres: así los personajes se refieren a El tamaño de mi esperanza de Borges (pensando en cierto “tamaño”), y a Queremos tanto el glande (una burla de Queremos tanto a Glenda de Cortázar): ambas referencias están en la pág. 184. Ver también la parodia del Manifiesto comunista: “Maricas de todo el mundo, uníos contra los explotadores del deseo” (237).
[15] Un ejemplo muy reciente de esa actitud gozosa es el cuento “Reggaeton queer” de la barranquillera Mar Estela Ortega González-Rubio (2005).
[16] Estoy muy agradecido a los que me hayan indicado algunos de los textos mencionados aquí: a mis alumnos de la Javeriana durante el segundo semestre de 2004, y a Ariel Castillo Mier, Guillermo Ortega, Jesús Jambrina, Alvaro Bernal, Brian Gollnick, Luz Mary Giraldo, Luis Ospina, Eduardo Jaramillo, Pedro Adrián Zuloaga, Harold Alvarado Tenorio, Edgar Robles, Alonso Sánchez Baute, Betty Osorio y Cristo Figueroa. También agradezco a Fernando Serrano y a Carmelita Millán la invitación a escribir este ensayo.
Obras citadas:
Alvarado Tenorio, Harold. Summa del cuerpo. Bogotá: Deriva Ediciones, 2002.
Alvarez Gardeazábal, Gustavo. El divino. Bogotá: Plaza y Janés, 1986.
Angel, Albalucía. Estaba la pájara pinta sentada en el verde limón. Edición crítica de Martha Luz Gómez. Medellín: Editorial Universidad de Antioquia, 2003.
---. Las andariegas. Barcelona: Editorial Argos Vergara, 1984.
---. Misiá señora. Barcelona: Editorial Argos Vergara, 1982.
Arévalo Martínez, Rafael. El hombre que parecía un caballo y otros cuentos. Edición crítica de Dante Liano. París: Archivos, 1997.
Balderston, Daniel. El deseo, enorme cicatriz luminosa: ensayos sobre homosexualidades latinoamericanas. Rosario: Beatriz Viterbo, 2004.
Barba Jacob, Porfirio. Cartas. Comp. Fernando Vallejo. Bogotá: Revista Literaria Gradiva, 1992.
---. Poemas. Comp. Fernando Vallejo. Bogotá: Procultura, 1985.
Builes, Abel (seudónimo de Rubén Vélez). Entre habanos anda el impuro. Medellín: Editorial Lealon, 1999.
Caicedo, Andrés. ¡Que viva la música! Bogotá: Editorial Norma, 2001.
---. Calicalabozo. Edición a cargo de Sandro Romero Rey y Luis Ospina. Bogotá: Editorial Norma, 1998.
Castro García, Oscar, comp. Un siglo de erotismo en el cuento colombiano. Medellín: Editorial Universidad de Antioquia, 2004.
Cepeda Samudio, Alvaro. “El piano blanco”. Todos estábamos a la espera. Bogotá: El Ancora Ediciones, 1993. 87-92.
Díaz-Ortiz, Oscar A. “G. Alvarez Gardeazábal y A. Angel: insubordinación del género sexual”. Literatura y cultura colombiana: Narrativa colombiana del siglo XX. Comp. María Mercedes Jaramillo, Betty Osorio y Angela I. Robledo. Bogotá: Ministerio de Cultura, 2000. 2: 225-57.
Espinosa, Germán. “Fenestella confessionis”. Cuentos completos. Bogotá: Ministerio de Cultura/Arango Editores, 1998. 11-19.
Falquez-Certain, Miguel. Triacas. Nueva York: Editorial Marsolaire, 1998.
García Márquez, Gabriel. La hojarasca. Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 2003.
Gómez Jattin, Raúl. Retratos/ Amanecer en el valle del Sinu/ Del amor: Tríptico Cereteano. Bogotá: Fundación Simón y Lola Guberek, 1988.
Henríquez, Guillermo. “A lo oscuro metí la mano”. Sin brujas ni espantos: Cuentos. Bogotá: Editorial Caballito de Mar, 1996. 111-19.
---. “Póster”. Antología del cuento caribeño. Comp. Jairo Mercado y Roberto Montes. Santa Marta: Universidad del Magdalena Fondo Editorial, 2003. 300-04.
Jaramillo Zuluaga, J. Eduardo. “Alta tra(d)ición de la narrativa colombiana de los ochenta”. Boletín Cultural y Bibliográfico 15.25 (1988), versión en línea.
Manrique Ardila, Jaime. Mi cuerpo y otros poemas. Bogotá: Poesía Casa Silva, 1999.
Molano Vargas, Fernando. Un beso de Dick. Bogotá: Proyecto Editorial, 2000.
Moreno, Marvel. Cuentos completos. Edición a cargo de Jacques Gilart. Bogotá: Editorial Norma, 2001.
Ortega González-Rubio, Mar Estela. “Reggaeton queer”. La casa de Asterión 5.20 (2005):
http://casadeasterion.homestead.com/v5n20reggae.html.
Ory, José Antonio de. Angeles clandestinos: Una memoria oral de Raúl Gómez Jattin. Bogotá: Editorial Norma, 2004.
Reyes, Ana María. Entre el cielo y el infierno. Bogotá: Aguilar, 2003.
Rodríguez, Manuel. “El representado no representado o el sujeto gay en la novela Al diablo la maldita primavera“. Etnografías contemporáneas. Comp. Andrés Leonardo Gongora Sierra et al. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, 2004. 171-97.
Sánchez Baute, Alonso. Al diablo la maldita primavera. Bogotá: Alfaguara, 2003.
Vallejo, Fernando. El mensajero: la novela del hombre que se suicidó tres veces. Bogotá: Planeta, 1991.
---. El río del tiempo. Bogotá: Alfaguara, 1998.
---. La virgen de los sicarios. Bogotá: Alfaguara, 1998.
Vargas Vila, José María. Diario (de 1899 a 1932). Comp. Raúl Salazar Pazos. Barcelona: Ediciones Altera, 2000.
Vélez, Rubén. Las siamesas asesinas. Medellín: Transeúnte Editor, 2004.
---. Veinticinco centímetros. Medellín: W. C. Editores, 1997.
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© Daniel Balderston
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IX – Número 35
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2008
PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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