La Galería

Dirección:
Álvaro Suescún T.
alvarosu@hotmail.de

Roberto Rodríguez:
El arte de la caricatura
(Sala I)
Meira Delmar
María Matilde Rodríguez
María Mercedes Carranza
Patricia Iriarte
Pilar Quintana
Antonio Silvera
Guillermo Tedio
Miguel Iriarte
Ramón Illán Bacca
Heriberto Fiorillo
Juan Manuel Roca
Óscar Collazos
John Better
Eduardo Márceles Daconte
Cristo Figueroa
Álvaro Suescún Toledo
















Roberto Rodríguez:
La furia de un místico 

María Matilde Rodríguez

I. Cuando se abre la puerta de su casa lo primero que se asoma es el silencio. Este sigilo no corresponde a una ausencia  de palabras sino a la señalación precisa en el sendero que lleva a sus pinturas. Pareciera como si una mano gigante se posara en los labios del viento para que ningún sonido impida escuchar los pasos de un caballo que deambula a su antojo por lo pasillos de su estudio.

Me recibe la furia  de un místico que nació pintor. Subo las escaleras de  su casa de  alquiler, me guía un olor a trementina y la silueta lejana de un ser que no logro distinguir con tanta luz sobre mis ojos. Me recibe el abrazo del místico mientras mantiene la ceja derecha elevada como un puente, que donde debería pasar un río se desliza en cambio  una mirada critica, que lanza puñales y se divierte con las metáforas de sus pinturas. Estoy dentro. Estoy en el otro lado del espejo. Por eso no me extraña que unas balas doradas se encuentren servidas sobre una taza de café ni que la mujer encargada de abastecernos del azúcar, traiga la cucharita  ensortijada en su dedo índice. Todo puede suceder en la casa de un hombre que se convirtió en el demiurgo de las “otras visiones” y que no necesita ni el acompañamiento de una corte de lacayos ni una  certificación de la “National Geografic Sideral” para demostrar a quienes deseen verlo que el diablo no es como lo pintan.

II. Conocí a Roberto Rodríguez en la clínica Reyes en la ciudad de Bogotá, cuando le entregaban en sus manos a su última hija envuelta en un nombre de pez. Lanzaba frases que volaban por esa habitación blanca como agujitas envenenadas. Desconfiaba de los médicos, de las respuestas del parnaso académico que daba indicaciones eternas en diminutivos. Le molestaba el tono dulzón de los visitantes y las arrugas teatrales que hace la gente cuando le muestran un niño recién nacido. Le molestaban las flores que se desaguan en el cuarto de la madre y sobre todo le molestaba que no pudiera simplemente agarrar a su hija y a su mujer y llevarlas a su casa donde él con los trazos de sus pinturas podía bosquejarles un mundo mejor.

III. Me gusta la gente consecuente. Son una especie en peligro de extinción. Sobre todo, cuando parece tan fácil acabar avalando un sistema cruel que nos ha obligado a vivir en la ignominia. Roberto Rodríguez es una voz de resistencia que no ha vendido su alma al diablo, no ha ocupado un cargo público, no ha traficado con cócteles, no se ha hecho propaganda con un gran escándalo, no se ha exiliado sin motivos, no frecuenta ningún círculo que no sean el de  la redonda órbita de unas presencias que se anticipan a su memoria. Me gusta la gente consecuente. La que prefiere que sus hijos aborden los trenes menos peligrosos, la que pasa de largo frente a las trampas de una aureola sintética, la que ha sido tocada por el  ángel y anda por hay como si no fuera con ellos.

IV. Recuerdo una serie de dibujos sobre Monstruos de la mitología cotidiana. No sé quien los tendrá; pero si mis ojos no me fallan, estos dibujos contenían las visiones que invadieron los diarios en el fin de siglo. Pensé entonces en un cuaderno de Goya en tinta negra, no por el lenguaje técnico, sino por que la revelación era la misma. Un hombre en cualquier tiempo, bajo cualquier escuela, en cualquier forma, luchaba por denunciar el horror con la sutileza de un dibujo. Niños perfectos que salían de cascarones conectados a un enchufe eléctrico. Un hombre convertido en una teta gigante, una mujer que justo en la mitad de su cuerpo se mudaba en guardarropas.

Ya el místico había pasado por la época donde mujeres desnudas navegaban en el sepia de su belleza. Fue la primera plana mayor que años después se verticalizó y se convirtió en  ángeles con juguetes amarrados a sus tobillos, con gotas de sangre surcadas en una frente escondida o sencillamente pintaba ángeles rotos empacados al vacío.

La gente comenzó a comprar los cuadros.
Y vio Dios que esto era bueno
Entonces Roberto dejó de pintarlos.

Buscó luego la transparencia del agua en la pintura y lo logró. El agua de sus cuadros podía beberse. Se podía tomarla en la cuenca de la mano y humedecer la frente. Volvieron las mujeres, hombres, niños a bañarse en el mar de la pintura. Era el tiempo en que vivía en la capital. Hay un cuadro de esa época denominado Vergüenza donde la metáfora que distinguía al rompe el color de cada claridad era más importante que la pintura perfecta del hombre que simultáneamente se tapa el rostro, sostiene un espejo y carga la tapa de vidrio que refleja al fondo una línea de agua; mucho más importante aún que las conjeturas del cuerpo. Recordé a Reverón. No hablo de la forma, de la métrica o el ritmo. Yo habló del hombre que busca el camino de la Luz en la pintura.

En Colombia cada pintor es dueño de un color. Le corresponden, en ese orden de ideas, las trasparencias y el color azul. Azul cielo, azul vergüenza, azul pálido como un niño con hambre. Azul feo, azul con tigres, azul con nubes, azul con aerosoles y humos de las fábricas, azul de olas, azul de ojo azul, azul azul, azul.

V. La vida de Roberto Rodríguez es drástica y disciplinada, No cree que las salidas sean fáciles. Por eso le pone lámparas al cielo de un bosque, esconde las caries en la boca de una mujer hermosa y cualquier despistado que crea ver preciosismo en su pintura tiene que ir al oculista y cuadrarse el ojo para encontrar el horror. Las cicatrices se palpan en la mirada del pintor y en la mirada que vuela del cuadro hasta la mesa y se sirve caliente para el que quiera alimentarse.

He vuelto a verlo. Anda preocupado por que las cosas no mejoran. Mucha gente se ha ido del país por la puerta de atrás. Solo la rabia es posible. Una jauría se asoma en sus lienzos. Perros apostados a un hambre feroz y resistente. Perros con las lágrimas a punto y la cola entre las patas. Huesos para perros. Sangre para perros. Perro para perros. País para perros.

Su ceja derecha sigue arqueada. Paulatinamente se ha ido ausentando de la forma. Una luz iridiscente le atraviesa los ojos. Los perros se han marchado a una galería de otro país donde contarán las penurias de este tiempo. El místico prepara la rabia para esparcirla en el óleo de unas manchas sin formas donde se adivina un paraíso en el fondo de un verde que navega con dirección precisa. Ahora una línea de lunas  cuelga en su noche y una vela humea los cráteres que acaba  de firmar.

VI. Bajo las escaleras de su estudio.

El caballo duerme mientras respira la oración del ángel.
El ángel esparce las cenizas con sus alas
Ahora la calle retoma los colores cotidianos
Veo un perro dormido en la acera. Y recuerdo un Rodríguez.
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© Roberto Rodríguez
© María Matilde Rodríguez
© Joaquín Mattos Omar

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282
LA GALERÍA
Museo Virtual de Artistas del Caribe
MUVAC

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IX – Número 35
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2008

PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

El URL de este documento es:
http://casadeasterion.homestead.com/v9n35rigo.html
El ojo tiene la palabra

Joaquín Mattos Omar

Durante los últimos meses de octubre y noviembre, un grupo de barranquilleros vieron de cerca a George W. Bush alentado por el mismísimo Superman con una palmadita en el hombro y unas solidarias palabras al oído: “Tranquilo, ya veremos cómo lo arreglaremos”; al tío Sam, decrépito y enfermo, recibiendo una dosis reconstituyente de petróleo a través de una sonda intravenosa por parte de un Hugo Chávez sardónicamente sonriente; y al mismo Chávez convertido en una muñeca rusa; vieron también dos túmulos en un camposanto, uno grande y otro pequeño, y al invisible inquilino del segundo —un muerto sin duda infantil— diciendo, en aparente respuesta a una pregunta del otro: “¿Cuando grande? Me gustaría ser fosa común”.

Estas escenas, estas imágenes, tienen tres cosas en común: todas son caricaturas, todas han sido dibujadas por el artista Roberto Rodríguez, y todas han sido exhibidas en dos exposiciones llevadas a cabo de manera sucesiva en Barranquilla: la primera en la galería de La Aduana, la cual estuvo abierta durante todo el mes de octubre; y la segunda en la Universidad del Norte, y que permaneció a la vista de los visitantes hasta fines de noviembre. A estas exposiciones se sumarán próximamente otras dos: la que el Centro Cultural Comfamiliar estrenará en su sede el 11 de diciembre, y la que el diario venezolano La Verdad le va a organizar a comienzos de 2009 en Maracaibo. En suma, las caricaturas de Rodríguez empiezan a gozar de un progresivo reconocimiento.

Nacido en Barranquilla en 1958, él era, sin embargo, hasta noviembre de 2007, conocido y reconocido en la ciudad nada más —y nada menos— que como un pintor y dibujante vigoroso e imaginativo, cuyos cuadros habían sido presentados en público desde 1986 en numerosas muestras individuales locales, así como en otras realizadas en Cartagena, Medellín, Nueva York y Tokio, entre otros lugares.

Pero el viernes 10 de aquel noviembre, en Santiago de Chile, durante la reunión de clausura de la XVII Cumbre Iberoamericana, el rey Juan Carlos de España increpó al presidente Hugo Chávez con una frase humillante: “¿Por qué no te callas?” Y esa frase no solo, como se sabe, haría carrera ella misma sino que daría lugar a que Rodríguez iniciara también la suya en otro género de las artes visuales.

En efecto, indignado por el incidente, dibujó una caricatura que representa al Rey, con todos sus atuendos reales y una larga lengua de dragón, gritándole su ya famoso insulto al mandatario venezolano, pero tan pequeño de estatura que su cabeza está por completo echada hacia atrás para poder mirar a un Chávez gigante que lo observa desde lo alto con olímpico desdén. La viñeta fue publicada una semana después en el diario El Heraldo y desde entonces Rodríguez no ha parado de hacer caricaturas a un ritmo de producción endiablado.

El resultado de todo ello, y como consecuencia tanto de la cantidad como de la calidad de sus sátiras gráficas, es que estas han sido publicadas, además de El Heraldo, en el diario venezolano La Verdad, varios sitios de Internet y en las revistas colombianas El Malpensante y Número (hay que precisar que en esta última se trató, en rigor, de unas ilustraciones), así como por las dos exposiciones individuales arriba mencionadas.

Las caricaturas de Roberto Rodríguez se distinguen por la impecable calidad técnica de sus trazos, independientemente del estilo de estos, que suele ser variado. Tal variedad es evidente, ya que sus trabajos presentan distintos grados de iconicidad: así, en ocasiones, la deformación de los personajes (o de las víctimas, para emplear el término de Ernst Gombrich) casi no existe o es bastante moderada, en cuyo caso sus figuras son de tendencia realista y sus anécdotas están ambientadas con detalles elaborados; pero en otras, la distorsión alcanza la desproporción y la exageración que suelen ser típicas del género, aunque eso sí: sus personajes siempre, por una parte, están fisonómicamente bien caracterizados y, por tanto, son siempre claramente reconocibles (lo que constituye una virtud en esta modalidad gráfica); y por otra, sus trazos nunca llegan a la absoluta ingenuidad, porque él se preocupa de que tengan siempre una gran factura plástica.

Pero, desde luego, las caricaturas de Rodríguez se destacan ante todo por la agudeza sarcástica y la crítica mordaz de sus interpretaciones de los hechos, en su mayoría políticos. Él explica que el punto de partida es siempre la rabia, la rabia que le inspiran las iniquidades del mundo de hoy, una rabia que termina sublimada en esos editoriales o filosofismos gráficos que contienen, según él mismo dice, “la pizca de cianuro que le asegura el toque gourmet definitivo”. Pero aclara que sabe contener esa rabia, esa emoción, “para no perder el control del aspecto estético”.

Sus temas casi siempre se sitúan en ese ámbito que los medios periodísticos clasifican tradicionalmente bajo el rótulo de ‘internacional’. Y en ese paisaje mundial, sin duda el asunto que más parece inquietarle es el de la carrera armamentista, emparejado desde luego con el de la guerra. Viendo el conjunto de sus caricaturas, uno recibe la impresión de estar frente a una visión casi apocalíptica que parece advertirnos que vamos hacia un cataclismo bélico que acabará por destruirnos a todos. Rodríguez dice que su sensibilidad frente a este tema procede de su perpleja y permanente fascinación ante el hecho de que la inteligencia científica esté al servicio de las armas y de la destrucción del ser humano; ante el hecho de esa tenaz aventura del hombre orientada a esparcir la mala simiente de su barbarie. “Hay un episodio más o menos reciente que para mí es la quintaesencia de todo esto”, puntualiza. “Fue un hecho que me impactó mucho: el caso del padre de un soldado norteamericano que había muerto en la guerra de Irak, y a quien las Fuerzas Militares de Estados Unidos, con el objeto de resarcirlo o de consolarlo por la pérdida de su hijo, le prometieron que iban a bautizar con el nombre de este, ¿sabes qué?… ¡una bomba que iban a lanzar contra sus victimarios!”

Los retratos de escritores y artistas vienen a conformar la otra veta temática sobresaliente en su labor como caricaturista. “Ahí está el corazón metido”, dice. “Es un homenaje a los creadores que admiro”.

De niño, Rodríguez empezó dibujando aviones y barcos, que todavía estaban lejos de ser de guerra. Poco después tuvo su primer contacto con el color: unas témperas que le regaló una tía. Después, con el tiempo, se haría un artista plástico autodidacta por convicción, no solo porque “serlo implica vivir”, según dice, sino porque cree que la academia es disfuncional, “por lo menos en nuestro medio”. Por eso se retiró de la Escuela de Bellas Artes de la Universidad del Atlántico, tan solo a los quince días de haber ingresado.

Su aprendizaje lo hizo visitando con asiduidad las galerías de Barranquilla (aunque esto parezca, cómo no, un tour de force), en particular la galería Quintero y la galería de Avianca durante los años ochenta: allí vio y estudió obras de Rogelio Polesello, Alejandro Obregón, Saturnino Ramírez, Luis Caballero, Alfredo Guerrero, Darío Morales, Óscar Muñoz y un pintor chino que le impresionó mucho: King-Chun Chan. A los grandes maestros universales los conoció a través de los catálogos y tarjetas que le traía de los museos de Europa su amigo Sergio Vega, vinculado a la sazón con el Centro Artístico. Y el dominio de las diferentes técnicas de la pintura lo adquirió ensayando una y otra vez en una suerte de empecinados experimentos de laboratorio: guiado solo por su instinto de artista, mezclaba en distintas proporciones el óleo, el acrílico y la acuarela con la trementina, el aceite de linaza, el agua.

Rodríguez tiene claro que la caricatura es una etapa que hace parte de su proceso de desarrollo como artista plástico. “Siento que con la caricatura me gradué para seguir haciendo mi trabajo como pintor”. Y una de las asignaturas, por cierto, que tuvo que aprobar para obtener ese grado fue la de literatura, que le ha permitido escribir con propiedad las leyendas y los textos de los diálogos de sus viñetas.

Pero resulta curioso observar que, en su trabajo, esa relación entre imagen y literatura va más allá de lo anterior. Lo digo al contemplar una de sus piezas en la que la paloma de la paz figura inocentemente posada sobre una superficie que parece proporcionarle una relajada comodidad ergonómica: solo que tal superficie es la de un misil. Y esta imagen, desde luego, lo remite a uno a la ‘Fabulita’ de Luis C. López, en la cual un colibrí trina alegremente: “¡Viva la paz, viva la paz!”, ignorante de que lo hace “sobre el anillo/ feroz de una culebra mapaná”.

Fíjense: Roberto Rodríguez escribió en su cuaderno de notas: “El ojo tiene la palabra”; y esa frase parece sugerir, como si fuera su natural desarrollo, esta otra: y tal palabra será cáustica si el ojo, como el de Luis C. López, es tuerto (que, como sabemos, significa literalmente ‘torcido’).