La Galería
Dirección:
Álvaro Suescún T.
alvarosu@hotmail.de

Roberto Rodríguez:
El arte de la caricatura
(Sala II)

Textos de Miguel Iriarte, Eduardo Márceles Daconte y Leo Castillo

































































Roberto Rodríguez:
El hombre que desafió el surrealismo

La primera noticia de Roberto Rodríguez me llegó a manera de un dibujo a lápiz en pequeño formato que representaba un caballo y una mujer en un paisaje atravesado por distintos detalles excéntricos. En ese momento, finales de los años ochenta, el caballo, los detalles y la composición intervenida por ciertos planos surreales prefiguraban lo que llegarían  a ser los elementos identificables de un trabajo que no aparece registrado como debiera estarlo en el canon de la pintura del caribe colombiano o en el panorama del arte nacional. La obra de Roberto Rodríguez es solo conocida y reconocida por unas pocas personas.

Y es cierto, la presencia de Rodríguez, barranquillero, desertor de la escuela de Bellas Artes de nuestra ciudad porque “a las pocas semanas de mi ingreso supe que no me darían lo que estaba buscando”, reclama de nuestras artes plásticas una revisión de los parámetros estéticos y referentes visuales estén estos conectados con lo convencional y previsible de lo pictórico, o con lo más avanzado y vanguardista que se hace en nuestro medio. Es claro que su lejanía de los espacios de exhibición, de los salones nacionales y de todo aquello que pueda resultar desgastante para la obra artística y para la vida del propio artista, le ha producido una abierta reserva, si no hostilidad, que a pesar de excluirlo de ciertos círculos le ha servido también para construirse un mundo de trabajo y de representación muy personal que lo ha llevado a ser una figura excepcional de nuestro arte.

Sin embargo han sido dos barranquilleros quienes mejor se han acercado a la obra y a la personalidad de Rodríguez. El primero es el médico e investigador Joaquín Armenta, quien en el primer catalogo del artista reconoce y califica los primeros elementos identificatorios de su trabajo (que vamos a ver, presentes de muchas formas, en lo sucesivo) y halla en sus “metáforas oníricas”, la presencia de la arquitectura en forma de templetes o baldaquines a veces renacentistas a veces barrocos; fachadas de catedrales y perfiles de ciudades; animales en particular del caballo arquetípico davinciano; la superposición de espacios y planos espacio-temporales y finalmente la presencia del ser humano.

La segunda persona es la poeta María Matilde Rodríguez quien en un párrafo breve traza en clave un perfil afortunado del artista y de su arte: “La vida de Roberto Rodríguez es drástica y disciplinada. No cree que las salidas sean fáciles. Por eso le pone lámparas al cielo de un bosque, esconde las caries en la boca de una mujer hermosa, y cualquier despistado que crea ver preciosismo en su pintura tiene que ir al oculista y cuadrarse el ojo para encontrar el horror. Las cicatrices se palpan en la mirada del pintor y en la mirada que vuela del cuadro hasta la mesa y se sirve caliente para el que quiera alimentarse”.

Lo importante aquí es situarnos frente a la obra de Rodríguez para mirarla en ese plano diferencial en el que él se ubica frente a lo más visible y representativo de nuestro panorama. Lo primero que esta mirada nos ofrece es un trabajo que no encaja en los referentes formales y conceptuales a que estamos acostumbrados. La prolijidad del oficio; la calidad de su factura; la ambición de los formatos; el discurso argumental de su relato visual; su inscripción resuelta a una poesía surreal que en virtud del resultado desafía claramente el cliché de lo surreal previsible, fabricado y sucedáneo que enfermo de gravedad a mucha pintura latinoamericana. La superación  del simple prodigio compositivo y el virtuosismo técnico que se detiene en la profundidad de las ideas, es lo que queda siempre claro en términos de su búsqueda  y aquello que hace del trabajo de Roberto Rodríguez un caso singular entre nosotros.

El resultado más evidente es la impresión certera de que no parece una obra concebida y producida por un pintor barranquillero en Barranquilla, y eso, que parece poco, no lo es si pensamos en lo poderosamente distractora y disuelta que puede resultar la ciudad misma para quien pretende concentrarse en un proyecto estético personal. La desestimación de los referentes previsibles del imaginario cultural y social de nuestra realidad local, regional, o nacional, para inventarse espacios ilusorios urbanos o naturales alterados por toda la gestualidad surrealista de su pintura, contribuye en mucho a generar esa excepcionalidad de su trabajo.”Es otra cosa”, pudiera ser la frase con la que calificaríamos la experiencia.

Experiencia que los barranquilleros han podido apreciar en las dos exposiciones simultaneas que Rodríguez ha querido ofrecer a la ciudad en dos galerías diferentes. Más de 70 obras que constituyen casi toda la historia artística de una producción de más de 20 años, de este creador que se presenta hoy con un trabajo contundente y revelador que lo sitúa en un momento definitiva de su carrera, en la que se presiente muchas cosas todavía por venir. Obras que por decisión personal han sido expuestas  más en espacios internacionales de los EEUU que en las galerías de Barranquilla y Bogotá, pero que llegan probablemente en un momento en el que nuevas cosas se agitan en la ciudad y el país.

Uno podría filiar parte de la obra de Rodríguez con cierta pintura y forma de dibujar de grandes artistas norteamericanos que en los años 60 y 70 migraron desde o hacia la publicidad para crear un estilo de ilustración que sobresalía por la espectacularidad de su técnica  y por la calidad del  acto imaginativo. Lo que en ellos es la representación hiperrrealista del modelo o la alteración surreal del objeto o de su atmósfera, en Rodríguez termina procesado por un proyecto critico del mundo contemporáneo en el que la ironía, el humor, la broma imposible, lo paradojal, y siempre un despliegue de técnica que a través del dibujo, del color, del objeto escultórico, de la exactitud o de la simple sugerencia, hacen de cada obra una pieza dispuesta para interpelar a su espectador más próximo.

Lo más reciente de su trabajo titulado cuadros negros, y que le da título a esta doble muestra antológica agregan nuevos elementos a su trabajo. De los fondos transparentes en los que habitan figuras protagónicas y detalles alejados con trucos para el ojo ha pasado a atmósferas confusas y obscuras en las que se destaca una válvula o un remache para representar las bodegas de los barcos mercantes en los que escapan de nuestra realidad nacional miles de polizontes.

Miguel Iriarte










































Envés y revés en la obra de Roberto Rodríguez

Las artes plásticas del momento actual son la suma de todas las tendencias que han ocupado un lugar preferencial a través de nuestra historia.

De ahí que es fácil advertir que el arte se nutre del arte. No es una coincidencia que estemos pasando por una etapa denominada Posmoderna en la cual los artistas consecuentes con su ubicación cronológica están conscientes de su papel creativo y receptivo de una herencia estética que es imposible ocultar.

En este sentido, me atrevería a situar el trabajo de Roberto Rodríguez en la órbita de la posmodernidad por cuanto su obra es el resumen de un auténtico interés por recuperar los elementos esenciales que han fraguado la personalidad artística hasta el siglo XX.

Se inclina por la yuxtaposición de ingredientes contradictorios como pueden ser mujeres con el atuendo típico de tribus africanas a horcajadas sobre motocicletas de alto cilindraje o un juego de espejos o espejismos con ciudades lejanas donde gráciles modelos enseñan sus cualidades físicas como una metáfora de la soledad que identifica esta época de acendrado individualismo.

Rodríguez es en primer lugar un talentoso dibujante que ha sabido combinar la figura humana con el paisaje, y materializar en imágenes sus reflexiones filosóficas y sus preocupaciones existenciales.

No obstante, su principal contribución a las artes visuales ha sido la contundente expresividad que adquieren sus personajes desde esos perros feroces o caballos en movimiento que capturan el espíritu que inquietaba a los futuristas italianos, pasando por un surrealismo aclimatado a sus preferencias emocionales en la tradición de Magritte o Dalí, hasta las mitologías que caracterizan nuestro patrimonio urbano en una época de violentos conflictos que se resuelven muchas veces por las vías de un enfrentamiento dramático.

Para esta exposición, denominada Envés y Revés, el artista barranquillero ha trabajado un tema caro a sus inclinaciones. Retoma la imagen del Che Guevara para enfatizar su vigencia como revolucionario humanista y como mito popular. Si bien el rostro del Che ha sido popularizado en todas las disciplinas visuales, desde el diseño gráfico hasta las más sofisticadas expresiones plásticas, Rodríguez descubre facetas innovadoras cuando reproduce, a través de un dibujo cuidadoso, su emblemática figura en soportes nada convencionales como son las páginas de libros que ostentan títulos apropiados a la misión que el mártir argentino se había propuesto, tales como La odisea de un médico, Prisioneros de la esperanza o Concededme sólo el recuerdo.

Algunos de sus collages engañan el ojo en la medida que crean ilusiones visuales asimilando símbolos que remiten a la trayectoria del personaje como un ancla, un cráneo con un aviso de Coca-Cola, monedas (recordemos que fue ministro de economía en Cuba) o su amor por la naturaleza en aquellas plumas de pavorreal que remplazan el puñal. En síntesis, una obra que conmueve por su vitalidad conceptual y la riqueza evocativa de nuestra realidad continental.

Eduardo Márceles Daconte








































































Roberto Rodríguez:
El arte de la libertad

La caricatura, definida como una reducción, como un recurso agresivo, como una exageración, como un retrato (su etimología nos lleva a rittrati carichi, retrato recargado o exagerado), como degradación, está por excelencia al servicio del ataque, y alguien ha llegado a denunciar en este arte un poder superior a la oratoria de masas y al periodismo. Su fuerza corrosiva, asistida por la directa expresividad gráfica, la hace asequible a un amplísimo público, llegando al que no sabe leer ni escribir incluso, y esto hace de la caricatura un arma mortífera tan temida por los tiranos como perseguida (en Rusia, a finales del siglo XIX, fue sometida a tan encarnizada represión que virtualmente desapareció).

Satírica, aliada de la risa, arrastra al ridículo, desnudando  mediante la deformación, monstruosas intenciones disimuladas, con una eficacia envidiada por los otros medios.
Roberto Rodríguez pertenece a esta peligrosa especie, y haya clasificado, al lado de Da Vinci, Goya, Bernini, Hogart, Grukshank o Max (Max Berbohn), Edvard Munch entre los llamados artistas-caricaturistas por el dominio de la técnica y ejercicio profesional de las artes plásticas.

Pintor malévolo, para recoger la expresión de Aristóteles, nuestro artista-caricaturista se constituye en una feliz sorpresa en nuestro medio, escaso en antecedentes memorables (acaso Guillotín), y nos representa ante el país y el continente legitimado por el desempeño certero del trazo mordaz y la destreza conducida por la inteligencia de una ironía despiadada, en un alarde de excelencia estética tal, que cada caricatura viene a ser la exhibición pública de algo grotesco solapado en las acciones y ademanes del circo político tercermundista o universal. Esto deviene para el espectador en la telúrica celebración de la carcajada ante el prodigio de una aguda mirada que desnuda la esencial farsa, el delito, el descaro, la deshonestidad de los figurones públicos pillados como en un  descuido o traspiés de la comedia. En ocasiones simpático o anecdótico, siempre la sonrisa nos resarce, nos desquitamos mediante la burla cruel de las indecencias perpetradas por los "dueños del balón".

El valor civil que demanda acometer sin tapujos ni temores esta labor de asepsia moral en el plano sociopolítico, en un medio donde la mordaza autoimpuesta por los artistas sometidos a la intimidación, hace  de Roberto Rodríguez (digno cofrade de El Bosco, Doré, Rendón, Fontanarrosa, Vladdo), un notable exponente del arte de la libertad: la caricatura.

Leo Castillo
John Junieles
Álvaro Miranda
Roberto Burgos Cantor
Nahum Mont
Darío Henao
Álvaro Pineda Botero
Darío Ruiz
Antonio García Ángel
Ramón Illán Bacca
Heriberto Fiorillo
Juan Gustavo Cobo Borda
Rómulo Bustos
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Caricaturas:
© Roberto Rodríguez
Textos:
© Miguel Iriarte - Eduardo Márceles Daconte - Leo Castillo

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282
LA GALERÍA
Museo Virtual de Artistas del Caribe, MUVAC

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IX – Número 35
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2008

PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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Leo Castillo
Gabriel García Márquez
Premio Nobel colombiano 1982