
No negué a la roca
su labranza con mi agua
I
Eres como la ola que se despeña contra la ardiente arena...
Lástima que siempre te regreses sin contemplar
este morir de espuma entre mis pies descalzos.
II
Seré ave de tu cielo
con las alas extendidas para siempre, surcándote veloz,
acariciando la brisa y la humedad que me adelanta,
trazándote camino en tus tormentas, en tus tantos tifones,
evitándote relámpagos, nubes grises,
tratando de amarrarme con el pico a un trozo de tu azul...
o de tu rojo.
Y cuando el cansancio termine por vencerme,
cuando el aliento por la inmensidad de tu distancia se me corte,
cuando no tenga ya ala tensa,
ni brisa, ni humedades impulsoras,
me arrojaré al horizonte en que te quedes,
a tu ardiente, abrasador y único ojo.
III
Sé mi confesor,
No he pecado aún y me arrepiento.
Absuelve mi única culpa, la del amor que se escapó,
la del amor que voló lejos...
Cerré ya el libro de mi existencia,
Adiós, historia.
Si escapó algo de polvo, no me juzgues.
¿Mi voluntad final?
Dame un poema y lo pondré en mi lápida callada
para rezarte en ella cada noche,
cuando tu corazón no esté para abrigarme,
cuando el olvido borre en ti cada recuerdo.
IV
Caen estrellas a lo lejos
y su polvo ciega mis sentidos.
Te veo venir entonces, con una rosa en cada dedo,
bajo la luna.
Polvo de estrella, droga para mi espíritu adicto a los abrazos.
Beso una a una las diez flores
y se manchan mis labios de salitre.
Comienza a gustarme ya tu pelo
y ese anillo blanco me arrebata,
sobre todo, si solo él cubre tu cuerpo.
Con mi saliva riego tu rosal de diez botones,
a lo lejos caen estrellas,
se me truncan los sentidos y hasta vacilo en mi delirio,
pero nunca se me seca la garganta...
V
¡Seré semilla! —dijo el fruto— ¡y luego árbol!
y daré sombra fresca y flores nuevas...
Y Dios gustó escuchar, porque sabía de lo bueno y de lo bello.
Pero, ¿acaso no era él quien escribía el destino de las cosas?
Sopló el barro y lo transformó en mariposa.
VI
Hilachas de lienzo, arrastradas por el viento,
salen de casa del Hacedor.
Busca la Perfección y mezcla enigmáticos colores.
En su amarga búsqueda destruye todo lo antes salido de sus manos,
rasga ya los antiguos lienzos,
rompe Ángeles, deshace Diablos...
Mientras los jirones fantásticos se arrastran con el polvo,
ha salido el Poeta, con los dedos aun sangrantes...
Y se hizo la luz... y se hicieron las sombras...
VII
Fui, o acaso creí ser, manantial.
Mas dejé a la hoja seca recorrer mi cuerpo
y no negué a la roca su labranza con mi agua
y el cuerpo se me llenó de otoño
y el camino de guijarros pulidos.
Solo quedó de mí un hilillo que el sol secará al amanecer,
seré entonces, o acaso creeré ser, nube.