Sombra
en los aljibes
Jesús Sáez de Ibarra
Vice-Rector de la Universidad Metropolitana de Barranquilla (Colombia)
Ensayista, poeta y columnista cultural
Tomado del periódico El Heraldo, edición del viernes 21 de noviembre de 2008.
Acabo de recibir tu libro y no quiero retardar una nota de recibo. José Luis, muchas gracias. Lo he abierto al azar y he encontrado una "Oda a la tinaja del Sinú": “la tinaja que hoy reposa tranquila en el rincón de sombras de la casa. Esta belleza apacible, hija del barro enamorado destreza de unos dedos brutales puesta en la quietud de un rincón de una casa de tablas contribuye, sin saberlo, con la ausencia de cada sol a la incompleta felicidad del mundo”.
La escritura de José Luis Garcés González es directa, telúrica, muy próxima a las raíces, raíces de tierra, raíces de agua. “No hay duda, me gusta que las palabras lleven lluvia, que sean húmedas. Que floten como flores de agua. Acepto, no todas las veces las palabras llevan lluvia pero hay que intentar que estén muy cerca del aguacero”. Indudablemente la escritura de José Luís tiene raíces de río. Así mismo su escritura está hecha de tiempo, de lenta maduración: “grano a grano, gota a gota, crece el maíz. Cuál es la prisa. Nunca trasgredí la palabra de Heraclito. En la lentitud irreversible está el milagro”.
He abierto el libro al azar, al puro desgaire, como siempre he leído los libros de poemas. Casi en las páginas finales me he encontrado con versículos que recuerdan las odas de Pablo Neruda. Así, su "Canto al mango": “En el espléndido mango maduro que cuelga solitario de la rama, hierve toda la energía amarilla del sol. Cuando se le da el primer mordisco los jugos que lloran de su pulpa no son más que lagrimas de luz”. Recuerdo también con cariño su poema a la naranja. “Me como una naranja (o una mandarina) y cuanta tristeza me da botar las semillas. No ignoro que en ellas, pequeñas e insignificantes, van o pueden ir miles de arbolitos que luego crecerán y darán frutos y más tarde irán a los mercados, a las manos de los vendedores, a las bocas de los compradores, que al final volverán a tener otras semillas entre las manos y presentirán en ellas, de nuevo, los arbolillos al viento. Los frutos entre los labios”. Es el juego de la vida.
Con el título de "El albañil" se nos ofrece un poema fuertemente social. Un poema en el que la precisión y la fuerza de las palabras, la síntesis y la protesta estallan en breves líneas. “Cava los cimientos de la casa extraña. Siembra la piedra. Introduce el hierro. Erige las paredes. Repella el bloque. Inserta las puertas. Instala la sombra enquistada en el techo. Hace y brilla los pisos y la entrega al dueño. Luego se va a dormir, con su familia extensa, a su maltrecha casa de alquiler”.
En "Breve canto por los niños de Bagdad" la escritura de José Luis Garcés hace un remanso de ternura, de cariño activo por los niños de la absurda guerra: “Bagdad está lejos, la sangre está cerca, mi boca besa tu sangre, niño herido de Bagdad. Recíbela. No tengo otra flor que me aproxime a tu distancia”.
Estas líneas no son una pretensión de crítica literaria, sino un saludo de urgencia, un acuso de recibo express, ya que modestamente hago mía tu reflexión: “Para leer tu libro de treinta poemas, 40 minutos me han bastado. Tú para escribirlo, empleaste media vida. Con qué rapidez devoramos lo que otro ha construido con la tristeza de su corazón”.
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© Jesús Saez de Ibarra
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IX – Número 35
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2008
PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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