Lateral sur
Élmer Hernández Espinosa
Escritor nacido en Ibagué (Colombia)
Cuento ganador del Primer Puesto en el Concurso Nacional de Cuento
"Leopoldo Berdella de la Espriella", organizado por el Túnel de Montería, 2008.
Jurados: Guillermo Tedio, Nelson castillo, Leonardo Berdella Guzmán.
Tocayo y Javier hicieron la clave al otro lado de la tapia y yo miré a mamá. Sabía bien que no me daría permiso de salir, mamá, lo sabía porque usted llevaba el trapo en la cabeza con el que se sostiene las tajadas de papa que le bajan ese dolor de cabeza que le quedó del último parto. Y no me dejaría ir porque más tarde, cuando usted quisiera recostarse un poco, sería yo quien soplara el carbón, volteara las arepas, las quitara de la parrilla y las apilara en los canastos. Oí de nuevo la clave y supe que tendría que salir. Cómo explicarle, mamá, ese afán que me oprime el pecho y que me empuja a obedecer la clave y por encima de todo salir a encontrarme con ellos. Sin que me viera, porque en ese momento usted movía el manubrio para que la masa de maíz brotara blanca y cayera sobre la batea, llegué a la puerta, salí de la casa y escalé la tapia. Brinqué, y allí estaban Tocayo y Javier. Caí riéndome y ya me aguardaba un puñetazo en el estómago y una patada en el culo, mamá. Tocayo y Javier huyeron muertos de la risa y yo fui tras ellos con todas las ganas de darle a cada uno su sopetón en la cocorota. Tocayo dijo que fuéramos a mirar a las nenas de la universidad y de paso a levantar algunas monedas. Pero no era necesario que lo dijera porque siempre hacíamos lo mismo: subíamos hasta el portón de la universidad y fisgábamos a las muchachas que entraban y salían; luego nos sentábamos en el andén, al lado de los carros estacionados en la calle y esperábamos a los dueños… Por cuidar los carros nos tiran uno que otro peso, pero son pocos, porque aunque muchos tengan carro los universitarios los mantienen limpios. Si yo quisiera ir a la universidad, mamá, sería por las nenas que estudian allá. Por lo demás no, porque los que estudian se la pasan sin plata o apenas con la plata para emborracharse los viernes en la noche. Y hoy es viernes, mamá. Los viernes hay harto carro que cuidar y hartas muchachas metidas en esos vestidos tan bonitos, tan distintos unos de otros y que provocan en uno miradas que yo no sé, tal vez porque hay ilusión y miedo en el pecho, mamá. Javier dice que ya lleva una buena colección de ombligos, porque no mira sino los ombligos. A Tocayo le gustan las piernas. Yo me quedo con los ojos. Si yo tuviera que coleccionar algo coleccionaría miradas, mamá. Me gusta mirarles los ojos a las muchachas y dejar que la mirada se escurra de los ojos a los pies. Pero me gusta empezar y quedarme un rato en sus ojos, aunque ellas no me miren, y no me miran, mamá, o me miran con desdén.
Tocayo, Javier y yo llegamos a la avenida, cerca del asadero de pollos. Ahí paran las busetas que recogen a los estudiantes, las que van y las que vienen, a toda hora y apenas separadas por la hilera de árboles. Ahí se estacionan hasta que se llena el cupo y a los choferes poco les importa que se enverraquen los pasajeros que no son de la universidad. Ahora no era sino atravesar la avenida y subir por la calle de la universidad. Pero llegamos corriendo y tuvimos que parar en seco porque venían muchos carros y los carros siempre van a toda mecha. Tocayo empezó a pedirle plata a la gente del paradero de acá y Javier lo acompañó. Yo no pido plata porque me da pena. Usted lo sabe. Y entonces la vi, mamá. Como no estaba con nadie yo me acerqué para verle los ojos. Es cierto que ya la había visto pasar muy cerca de mí otras veces, pero nunca le dije nada, distinto a lo que hacen Javier y Tocayo. Me le arrimé un poco y ella volteó a mirarme con ojos de miedo, pero luego se tranquilizó, quién sabe por qué. Yo le sonreí y le pregunté que si estudiaba en la universidad. Me dijo que sí y que venía todas las noches. Volví a encontrarme con esos ojos y entonces caí en la cuenta de por qué me gustan tanto. En la casa todavía usted guarda los retratos de cuando era joven, y hay uno donde usted está encaramada en una carroza de caballos al lado de alguien que fue reina de belleza. Usted lo contó una vez. Y en el retrato usted viene saludando y viene sonriendo y viene mirando, y sus ojos y su sonrisa son como los de esa muchacha que me gusta tanto, mamá. Yo lo comprendí y de golpe me atacó la risa. Riendo, ella me preguntó que de qué me reía, y yo, con la cara acalorada y unas ganas raras de irme y de quedarme, le dije que no se lo podía decir, y ahí llegaron Tocayo y Javier y me empujaron, mamá, y me dijeron "¡Camine, Donjuán!", y como atravesaron a la carrera la calle, por delante de una de esas busetas detenidas, yo corrí detrás de ellos, pero alcancé a gritarle a la muchacha que tenía unos ojos muy lindos y también, mamá, alcancé a verla sonreír. Y no alcancé a nada más… Sólo oí mi grito y los gritos de Javier y de Tocayo y de la gente, y me vi volar y golpearme con algo arriba, la rama de un árbol tal vez, y aporrearme con algo abajo y luego sentí que algo pasaba por encima de mí… Después una quietud sin dolor. Algunos gritaron "¡Lo mató, lo mató!". Y otros "¡Ya debe estar muerto!". Creo que a mi alrededor había mucha gente, la gente del asadero y los estudiantes que esperaban su buseta y los que se emborrachaban en las tabernas.
Había mucha gente, mamá, pero no tanta como esa tarde de domingo en el estadio. Usted no lo sabe, pero hace como veinte días Tocayo, Javier y yo fuimos al estadio. Era un clásico de esos que llenan los estadios, y nos fuimos a pie, cuarentaitrés cuadras, mamá, y de moneda en moneda logramos las entradas para lateral sur: las más baratas, mamá. Y el partido estaba muy bueno, aunque desde allí no se ven bien las jugadas. Uno entra a lateral sur más como por hacer alboroto, y saltar y cantar y acompañar al equipo del alma. Usted me viera, mamá. Por eso cuando terminó el primer tiempo yo le dije a Javier y a Tocayo que me iba de ahí, que saltaría la malla, que pisaría la pista atlética y que atravesaría un pedazo del gramado hasta la malla de las graderías donde el partido se ve de frente. Ellos se rieron de mí por la cantidad de policías que vigilan el estadio. Además, alguna vez supe de alguien que hizo lo mismo, pero como no coronó se lo llevaron para el calabozo. “Yo corro muy rápido”, les dije, mientras trepaba la malla. Y claro, cuando salté a la pista tres policías trotaron hacia mí con los bolillos en la mano. Y corrí, corrí mucho y los dejé atrás, bien atrás, pero cuando pisé el gramado un policía que no supe de dónde salió me cerraba el paso; no sé, mamá, cómo hice, pero con un amague logré escapármele y oí que el estadio me ovacionaba a rabiar. El policía estaba bravo y me chillaba cosas que ni para qué le cuento, mamá. Aparecieron otros y uno me lanzó su bolillo, que esquivé en la carrera; y corrí más y vi que la gradería estaba cerca y oí que la gente me vitoreaba y que abucheaba a los pobres policías que no me alcanzarían nunca. Todo era lograr la malla y tener el tiempo para subir, por eso aceleré y al llegar salté lo más alto que pude, luego trepé como una araña y brinqué al otro lado; los policías me miraron con odio, mamá, y uno de ellos me dijo: “Después nos vemos, negro hijueputa”. Yo no le puse cuidado sino que me metí entre las personas que me aplaudían y que me daban palmaditas y que me pasaban bolsas de agua y me decían “¡Así se hace, negro!”, “¡Bravo, negro!”, “¡Siéntese aquí, negro!”, mientras los demás no paraban de madrear a los policías. Yo no se lo conté por no preocuparla, mamá.
Como ese día, también ahora había mucha gente al lado mío, pero no creo que estuvieran Tocayo y Javier. Tal vez ella también estuviera allí, contemplándome, un poco sorprendida. Me imagino que Javier y Tocayo se fueron espantados hacia quién sabe dónde, y diciéndose el uno al otro: “¡Qué hacemos, marica, qué hacemos!”, sin saber qué hacer con sus vidas. Es que es cierto que los tres nos queremos, mamá.
Alguien me palpó y me cogió la mano y el cuello y creo que me puso un dedo debajo de la nariz. Me pareció ver que un estudiante y un policía me subían a un carro. ¿Y mamá? Cuando oí la clave creí que alcanzaría a regresar para terminar de hacer las arepas. Ahora ya no sé. Tal vez Tocayo y Javier le avisen. Tal vez el universitario o el policía. Creo que usted se quitará el trapo de la cabeza y que rodarán las tajadas de papa por el piso. Creo que usted llorará y le dolerá la cabeza. Pobre mamá.
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© Élmer Hernández Espinosa
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IX – Número 35
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2008
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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