Tres cuentos breves

Roberto Meré
rmere@gc.edu
Profesor en Galveston College
Texas - Estados Unidos



¡Si yo no hago daño a nadie!

Yo no sé por qué en el pueblo me odian. Yo no molesto: no me meto en las vidas de los demás, ni nada de eso. Yo sólo vivo mi vida. Es cierto que tengo necesidades, y ¿cómo le voy a hacer? Tengo que trabajar, y pues, como yo sólo sé robar, pues me tienen muina allá abajo. Sólo por una vaquita o un burrito que se les ha extraviado por mis rumbos, no quiere decir que yo quiera hacer el mal, ¡no! Y si se murió el  sacristán, fue por su culpa, por no querer soltar las limosnas de los pobres, pues yo soy muy pobre, así que me tocaban. El asunto de la hija de don Nacho, eso fue por puro amor. Yo sí la quería pero ella, necia, que no, y se me pasó la mano.  Pero no la quería matar; fue un accidente. Y no me pueden culpar por tomarme mis tragos, si es mi gusto; yo me los pago, y pues, ni modo si echo pleito; para eso anda uno borracho ¿o no?  Para colmo, nomás se están riendo de los gestos que estoy haciendo, pues no se dan cuenta que se siente muy feo estar colgando de este lazo, y todo por nada, pues.  

  
Confusión

En el fondo de la canasta llena de galletas, estaba el cuchillo ensangrentado. Había matado al pobre animal por una confusión de personalidad no atribuible a la niña. El problema era vengar el terrible trauma infantil.  Su intención no fue matar al pobre lobo de trece cuchilladas (mala suerte de todos modos). La razón fue que ella siempre quiso mostrar al mundo sus bellos rizos dorados, y su malvada abuela la obligaba a usar esa maldita caperuza roja.  


Encuesta
                                                                                                                                                               A Miguel

Bien dicen que las brujas no existen, pero de que las hay, las hay.

Se me mandó llevar a cabo una encuesta sobre mis alumnos. Para ello, la administración envió a una mujer a mi salón con los documentos. Todo era normal. Mis alumnos trabajando y yo observando. La mujer, que había parecido común y corriente, empezó a transformarse de manera tal que no cabía duda: era una auténtica bruja. La voz, la cara, el pelo y toda ella enfrente de la clase se convirtirtieron en un ser espantoso. Sólo yo me di cuenta del cambio; nadie lo vio, ¡sólo yo! Ella notó mi cara de terror y supo que estaba descubierta. Me transformó en sapo. Ahora sólo doy clases en un charco convertido en una modesta escuela de ajolotes.   
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©   Roberto Meré

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IX – Número 35
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2008

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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