Volver a empezar
Luz Marina Velandia
Estudiante de Humanidades y Lengua Castellana
Universidad del Atlántico
Barranquilla - Colombia
La buseta la dejó en la calle Murillo con la carrera Veinte de Julio, la avenida estaba descongestionada y daba la impresión de ser un poco más temprano. Eran las diez de la noche, la luna de aquel 15 de octubre se había ocultado tras las nubes cargadas y un olor a lluvia suave, a rocío de madrugada, invadía todos nuestros sentidos. Era una mujer joven, de cabello amarillo con unas iluminaciones rojas, de ojos pintados de azul aguamarina. En las mejillas se le notaba un rubor exagerado y sus labios protuberantes se veían cubiertos de un rojo sangre. Aún bajo toda esa máscara inusual, se descubrían los rasgos de una mujer extremadamente hermosa, de expresiones fuertes y violentas. La miré mientras cruzaba la calle a paso lento como soñando. Llevaba un traje largo amarrado a la cintura, de una tela satinada negra que parecía un abrigo por sus solapas. Lo entreabría la misma brisa que dejaba ver unas piernas delgadas y algunas lentejuelas de una falda azul. Se perdió tras una puerta iluminada con un aviso de neón: Disco Show Posesión.
Las luces (no el aviso) me distrajeron en alguna fatuidad sobre la percepción del color y la función de la luz en ese proceso. Ella se hizo precisamente verde antes de pasar el umbral de la entrada, la percibí como una piedra preciosa, y pensé que ella lo era todo sin pasado, que sólo me importaría hacerla parte de mi presente. Luego de unos minutos comprendí que me había dejado paralizado, que su belleza se había apoderado de mis sentidos, no pude seguirla y en ese momento no me importaba. Lo único que deseaba era verla caminar bajo el sol de medio día, con el rostro limpio, el cabello recogido, y que me mirara a los ojos.
Algunos dicen de mí que soy un pelao rutinario, trabajo todos los santos días como me enseñó mi padre. Soy hijo único, producto del amor una hermosa costeña color caoba y un cachaco del Tolima, de esos que trabajan todo el día y al que el sol de esta tierra —que deja su huella en todos— le robo la tez blanca, real en algunas fotos de juventud. De ellos aprendí la fuerza para enfrentarme a la vida y la costumbre de fumar por todo, ahora solo conservo a mi mamaíta y el recuerdo de mi padre. Todo hasta aquel viernes era tranquilo, lógico y fácil de superar. Solo bastó con verla una sola vez para que la armonía en mí se interrumpiera. Este moreno flacuchento ahora tenía otro propósito: Volverla a ver. No había dejado de ser rutinario, solo empezaba a cambiar de rutina.
Cada noche a la misma hora, esperé verla bajar de una buseta, hasta pagaría por solo contemplarla cruzar la calle; sin embargo, hay ciertas cosas del destino que nos ubican en situaciones espacio-temporales que terminan marcándonos por siempre. Después de aquel 15 de octubre, no volví a verla. Don Toño, el vendedor de cigarrillos de la esquina, se convirtió en el ser más familiar de mis visitas nocturnas. La primera noche, el frío y la impaciencia me impulsaron a fumarme cuatro cigarros, hacía ya un tiempo había disminuido la cantidad de nicotina de mi cuerpo, pero ese día no encontré otra forma de disimular el pulso nervioso, con ellos pude entretenerme para no preguntarles por ella a todos los que por allí pasaban, entraban y salían: esa mujer sin nombre del vestido negro que parecía estar fundida en la noche, ser parte de ese espacio, que era como un espectro nocturno, que había cautivado mi recuerdo. Día tras día esperé frente o cerca para que no sospecharan de mí, no me importaba si era entre semana o simplemente festivo, lo único que en realidad se hacía importante para mí era ella. Conservaba la esperanza de verla nuevamente, con su cabello suelto y esa magia que es toda ella y que la hacía mía por completo, en mis sueños de ojos abiertos. Sin embargo, nunca llegó. Pensé en la posibilidad de que fuese una alucinación, una proyección de mis deseos, hasta en si no estaría afectado por algún tipo de locura.
Después de un tiempo, cuando me convencí de que esa avenida había vengado en mí una deuda que no me pertenecía, dejándome el embrujo de su recuerdo, volví a mi cordura abandonada: concluí que Brigith no era real, tuve que darle ese nombre para no perderme en su recuerdo, para no atormentarme con la imagen de una mujer sin nombre. Me cansé de llamarla “ella.” Llevaba dos cervezas en la cabeza y la firme convicción de que no volvería. Esa noche vestía unos jeans azules, una camisa manga corta a rayas, mis zapatos de la suerte —unos botincitos color café que compré con mi sueldo y con los que me habían pasado cosas buenas—, un escapulario de plata que compré por la moda y el cabello recién cortado como hacía un mes. Fue entonces cuando descubrí que había pasado todos los días de un mes, parado diagonal al estadero, fumando y esperando ver bajar a ese embrujo de mujer caribe.
La luna iluminaba las calles, se asomaba grandiosa y redonda. Quise caminar hasta mi apartamento, la avenida no estaba sola. La calle 43 se alcanzaba a ver larga, los locales estaban cerrados. En la estación, un grupo de policías que conversaban me miraron fijamente cuando pase frente a ellos y después comprendí que era yo quien los estaba mirando. Las ventas de comida rápida y jugos, las fotocopiadoras y las afueras de la universidad pública permanecían casi desoladas desde que cambiaron a los estudiantes a la sede vía Puerto Colombia. Los únicos que sobrevivieron realmente fueron los billares donde ya no se discute sobre la academia al calor de una fría… Perdido en mis elucubraciones, en algún momento me sentí confundido… Me senté en un muro, mirando hacia a los alrededores y de pronto me llegó un recuerdo repentino: Estaba caminando por la carrera Veinte de Julio y justo frente al DAS, cuando me faltaban unas cuantas cuadras para llegar a casa, me entró el impulso de volver a esperar a Brigith, era un deseo posesivo que coartaba mi libertad, era como un animal atraído irremediablemente hacia su presa…
Diez minutos después me bajaba del taxi en el instante en el que la rubia de vestido negro cruzaba la calle, corrí a su encuentro y la miré a los ojos para que supiera que hacía mucho la había estado esperando, pasó a mi lado y su mirada era dispersa pero tierna, lo que la hacía cada vez más el objeto de mis deseos. Entré tras ella, la oscuridad y las luces intermitentes no me ayudaron mucho. Brigith había desaparecido, estaba seguro de que esa noche tendría que conocerla, en mi reloj la hora marcaba las 11:20 de la noche. El estadero mantenía un estilo arquitectónico árabe, sus grandes columnas, sus arcos grabados y las pequeñas cúpulas color ocre me daban la impresión de estar transportado en el espacio a uno de esos hermosos castillos árabes. Yo me sentía como un ladrón a punto de ser descubierto y miraba a todas partes.
Las muchachas eran muy amenas con los clientes, todas rubias, de maquillaje exagerado, pero ninguna de vestido negro. Me senté en la barra, pedí una cerveza que empecé a tomar con cierto gusto que desconozco, me atendió una mujer joven a la que llamaban Yulieth, de rostro fileño y muy delicado, que servía sensualmente, cada movimiento suyo incitaba, cada palabra suya aturdía, pero no tenía el embrujo de ella. Dos o tres meseras que me parecieron la misma y a las que identifique por sus nombres, no por sus rostros, lucían un biquini rojo de lentejuelas del que caían por sus caderas diminutas moneditas sonoras, y caminaban descalzas: Karime, Betty y Chechi. En las varas bailaban Taty, de senos voluminosos, espalda ancha y pocas caderas, y Dariana, de ojos verdes, cuerpo esbelto y piel tersa. En la variedad está el placer parecía ser el lema. Llevaba una hora en la barra, una docena de cervezas y ya conocía el lugar. Le pedí un trago de whisky a Yulieth y mientras me lo servía le pregunté por la mujer de vestido negro. Ella me respondió en tono de complicidad:
—¡Ah! Con que te gusta la rara —y se fue del otro lado de la barra a atender a otro cliente.
¿Cómo así que rara? Si ella tiene todo perfecto, será por eso que me embrujó, tendrá alguna maldición. Me perdí en muchas incertidumbres, pero por lo menos tenía la certeza de que no estaba loco y de que esa mujer de vestido negro sí existía. Después se volvió a acercar y me dijo en secreto:
—Con ella tiene que ser con cita, así que tendrás que esperarte para otro día —creo que debió notar el desasosiego en mi rostro porque agregó: —Lo mucho que puedo hacer por ti es darte el número telefónico, pero no le digas a nadie como lo conseguiste.
No le dije nada y salí corriendo.
Antes de ese 15 de octubre conocí a Manuela, la recordaba como frescura, como brisa de diciembre: la piel, el cabello y los ojos húmedos. Pero Manuela me dijo que yo no era suficiente. Siempre supuse que yo no era suficiente, pero jamás pensé enfrentarme a unos labios rosa que me lo dijeran sin el menor remordimiento y sin ninguna culpa. Ella era Manuela en versión caribe o lo más cercano a una mujer hermosa para la que yo podría ser algo.
Corrí por todas partes sin perder de vista la entrada de Posesión, mantenía una emoción inexplicable, me sudaba el rostro y por fin tenía un sentido en el alma. Supuse que iba a escribir muchos libros con ella, que le compondría canciones y que le haría muchos retratos. No tenía ni idea de cómo hacerlo, sin embargo, toda ella me hacía sentir que a su lado todo era posible. El número era un código que desde mi celular no me permitía llamar. Un call men’s de la esquina marcó el número pero nadie daba respuesta, le pedí desesperadamente que insistiera, que era importante para mí. Del otro lado contestó una máquina que me permitía escoger entre dos opciones: conversación o cita. Pedí la cita y me informó que hasta el próximo mes no podría dar más cita, que intentara dentro de una semana. Y volvió el embrujo a poseerme. ¿Por qué no podía conocerla? ¿Por qué tanto protocolo? Sería por eso que era rara. Recordé que podía hablarle, pensé que así la conocería mejor, reconocería su esencia, su ser… Me respondió una mujer con una voz demacrada y triste, de aspecto sonoro senil. Le pregunté por la chica de la cita, me explicó mucho sobre el asunto y me dijo que para hablar con ella, tendría que haberla conocido y quedar de acuerdo en charlar ciertos días. Le pedí, le rogué, casi le supliqué a la mujer para que me dejara conocerla, le conté cómo había sido mi historia con ella y la conmoví. Me dijo con la misma voz pero ahora en un tono misterioso:
—Ella no tiene nombre, tú le designas uno y ella solo ve a quien quiere ver. Vuelve a llamar en 30 minutos.
El sonido de la comunicación interrumpida se me metió en la cabeza como un golpe constante dentro de mí, lo sentía como un fluido gelatinoso que se estiraba entre aquel espacio y yo. Casi no me resignaba a entregar el teléfono. Miré el reloj de pulso un Scwatch que me habían regalado en alguna navidad y que parecía indestructible y de una batería eterna. Eran las 12:10 de la mañana, tendría que esperar hasta las 12:40 para volver a marcar, hablé con el de las llamadas un rato pero pronto no soporté y tuve que preguntarle hasta qué hora estaba allí.
—Vea, hermano, mientras esto esté prendío, yo no me voy —me dijo.
Eso me tranquilizó un poco y volví a la barra, imaginándomela, disfrutando un aroma empapado de ella, de su aura, de su plenitud. Yulieth estuvo algún tiempo mirándome mientras atendía a borrachos inservibles que derramaban el trago antes de llevarlo a su boca y a los cuales solo les despertaba obscenidades. Me llevó una cerveza, cortesía de la casa, y se retiró meneando sus caderas de una manera que ningún hombre podría ignorar. Los minutos eran perpetuos, el reloj no corría, llegué a creer que hasta ahí había durado su efectividad, le pregunté la hora a dos o tres personas y, para mi tormento, el mundo se movía a paso lento, como burlándose de mí; el corazón y todo el sistema circulatorio estaban en destiempo. Experimenté una especie de quebranto, todo quedó a oscuras, sentí un adormecimiento involuntario. Lo último que alcancé a decir fue Brigith.
Abrí los ojos desesperadamente, un teléfono era mi único pensamiento, me senté y traté de identificar el lugar donde estaba. No puede ser, es de día y estoy en mi cuarto. Me maldije, grité, grité y me maldije. ¿Cómo este cuerpo no podía resistir precisamente el último instante cuando se abría la oportunidad de conocer a Brigith? Ahora, ¿cuánto tiempo me tocaría esperar? Su embrujo se posesionó de mí, quedé sumido en un trance, maldiciéndome por la estupidez que había cometido. Las manos frías y delicadas de una mujer me acariciaban y escuchaba una voz muy lejana que decía:
—¿Qué tienes? Despierta —abrí los ojos y Yulieth me acariciaba. —¿Te pasó algo? Es mejor que vayas a casa —me dijo en un tono maternal.
—No. No es nada. No puedo creer que todavía sean las 12:30 del medio día —le dije mientras miraba el reloj para disimular mi asombro.
—¿Seguro que te sientes bien? Mira que yo no voy a cuidarte toda la noche —y esbozó una sonrisa coqueta y amistosa.
—Tranquila. Todavía me sobran fuerzas. Hasta para ti.
Me perdí en ella, viéndola desaparecer del otro lado de la barra, con el movimiento de caderas más sensual que yo hubiese visto jamás.
De pronto recordé que debía llamar, esta vez llevaba una seguridad que ni yo mismo me creía del todo. La mujer del otro lado me dijo:
—Bueno, a mí puedes llamarme abuela.
—Bien, abuela, entonces de ahora en adelante la seguiré llamando así.
—Haces bien —y soltó un suspiro ajeno a sus palabras.
—¿Me solucionó algo? Por favor, dígame que sí.
—Bueno…, todo en esta vida tiene solución. Estáte tranquilo.
La cita se confirmó para ese mismo día a las 2:00 de la madrugada. Me advirtió que su comportamiento era en ocasiones extraño. Pero que si quería ganarme su cariño, hablara mucho.
Antes de entrar a Posesión, tomé un café fuerte, me fumé un par de cigarros para quemar tiempo y controlar los nervios que me envolataban la cabeza. No quise tomarme un trago más.
En mis recuerdos habían muchas mujeres que estaban por sus rostros en las que me habían querido y las que yo había querido. Pero en ninguno encajaba Brigith. Ella era como una fusión de sentimientos inexplicables que me controlaban, que me enloquecían. Llegué a soñar con ella a mi lado, llegué a amarla tanto, me la imaginaba desnuda en mis brazos, en el baño en una tina, con los cabellos sueltos, al levantarse un domingo en la mañana, preparando café cualquier día y para mí empezó a serlo todo. Era vida y muerte, era fuerza, era ilusión. Por primera vez me preocupaba cómo estaba vestido, me miré al espejo, lavé mi rostro agotado y abrí una caja de chicles. Me senté en la barra otra vez, como cualquier cliente, pero me sentía el más privilegiado de todos. Yulieth tuvo el placer de avisarme que ella quería verme. La miré con malicia, le agradecí su ayuda y le di un beso en la boca.
—Papito, si no le gusta, nada más es que me diga, que con un hombre como usted yo sí voy pa las que sea —y una lágrima corrió por su mejilla.
—No te preocupes, Yulieth, que a ti no te olvido.
Caminé como idiotizado por el sendero que me llevaría hasta donde Brigith, las piernas me temblaban, no sabía qué podía hablar con ella. La puerta del cuarto era amplia, de un color caoba y pulida al extremo. Antes de tocar, la abuela me abrió, imaginé que era ella, por su aspecto físico, también senil y triste. Se llevó el dedo índice a los labios y me hizo pasar a una habitación amplia, iluminada con lámparas rojizas. Las sombras aglomeraban figuras monstruosas en las paredes, que en ese mundo ilusorio parecían tener vida y se mezclaban al ritmo de la música que entraba por todas partes como tomando posesión de las cortinas que el viento movía con fuerza.
Y ella. ¿Quién es ella? ¿Dónde está ella? La anciana tenía el cabello largo y blanco, se movía rutinariamente por el lugar, caminaba a lo largo de una cama a la altura de sus pantorrillas, mientras adornaba el lugar con accesorios casi todos artesanales y coloridos. Del baño salía un sonido de agua corriendo, la imaginé bañándose, tuve deseos de espiarla, pero sabía que la anciana no me lo permitiría. Así que me resigné a esperar, después de todo, no era nada comparado con todo por lo que había pasado.
Entró con una salida de baño, su cabello recogido y el rostro natural, así como la soñé muchas veces, como siempre quise verla. Sus labios me regalaron una sonrisa tímida y bajó la mirada al suelo en un contraste de coquetería disimulada. Me sentí atrapado en alguna historieta por el piso, mudo por alguna maldición. Ella era tan solo una diosa de piel trigueña y yo un estúpido que no tenía futuro. Me dijo:
—El mundo es más de lo que vemos.
Asentí con la cabeza, aún sin entender lo que intentaba comunicarme, y le respondí:
—Es que no todos tenemos la misma clase de ceguera.
—Siempre digo lo mismo y nunca nadie lo había entendido.
—Es que nadie ha tenido la ceguera que tú has producido en mí —sonrió como quien disfruta y comprende.
—Siéntate aquí —caminé lento, abstraído por su belleza, y me abrazó.
—Siento que tú puedes entenderme —por primera vez experimenté sinceridad.
El abrazo duró mucho tiempo, nuestras almas se fundieron, sentí que la amaba, que era ternura y soledad pura, sentí que podía suplir su necesidad por siempre. Cuando volví a ver su rostro, tenía algunas lagrimas en las mejillas, y le besé la frente para robarme su dolor, bebí su llanto, buscó mis labios y los besó casi tocarlos. Con los ojos cerrados pasé mi mano abierta por su cara, desde la frente hasta la barbilla y le dije:
—Eso significa que te amo.
La noche había desaparecido, yo permanecía abrazado a ella, sintiendo lo grande de su alma, no me importaba qué día era, en qué año estaba, ella era todo para mí.
—Me tengo que ir —me dijo.
La miré con ojos de inocencia y le dije:
—No importa el lugar, pero que sea conmigo —volvió a sonreír y esta vez sentí deseo en sus besos.
Los vecinos del lugar nunca percibieron la grandeza de aquel hombre joven que salió aquella mañana de ese lugar, agarrado de de la mano de la mujer. De de ella nunca volvieron a saber. Por ahí escuché que Yulieth cuenta que vino un ángel y se la llevó como a Remedios, pero a un cielo terrenal.
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© Luz Marina Velandia
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IX – Número 35
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2008
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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