Las manchas del jaguar:
Salvedad de Voto

Javier Moscarella V.
javiermoscarella@gmail.com

Prólogo a la segunda edición (Santa Marta, Litoguía Impresores, 2005), 
de Las manchas del jaguar, novela de Clinton Ramírez C.
I. En las cortes y en las corporaciones se preserva este antiguo derecho a disentir de la opinión mayoritaria, lo cual sigue siendo sin duda, una de las muestras más profundas del ser social, esto es, la posibilidad de la otredad, de la diferencia. En el caso ahora me ocupa, creo que puede aplicarse este recurso. Se trata de la segunda edición de Las manchas del jaguar y cuyo autor, Clinton Ramírez, me consultó si podía hacer algunos cambios a la versión original publicada por la Casa de la Cultura de Montería, como resultado del Primer Premio Nacional de Novela que le concedió esa entidad.

Durante los 47 días y 13 horas que duró esta larga sesión mantuve mi posición sin modificarla un ápice, a pesar que a cada segundo me preguntaba si podía partir un capítulo en dos o tres pedazos, o mover una frase del lugar que le había sido asignado por los fulgores originales de la creación, o cambiar una palabra por otra (ejemplo: agua de viranga en vez de bebida). Otras preguntas eran más temerarias como cambiar la forma de hablar o de vestir de un personaje, desaparecer un personaje que ya no le simpatizaba y que a través de los años le venía atormentando en sueños. Llegué a temer que a medianoche llegara a llamarme para consultarme si podía cambiar el título.. .por lo cual opté por desconectar el teléfono.

Exasperado no tuve más remedio que acogerme al recurso feliz
de la salvedad de voto para, de paso, salvar mi responsabilidad ante la historia. No hubo argumento capaz de hacerle entender a Clinton que se trataba sólo de una segunda edición. Le conté, por ejemplo, que una de las emociones estéticas más grandes de mi vida,  ocurrió
cuando estuve en el Museo de Orsay frente a un cuadro de Vincent van Gogh que admiré desde niño en las revistas que traían los barcos de la Flota Blanca, y que pensara cuál sería mi frustración, si al voluble pintor se le hubiera ocurrido retocar el cuadro cambiando la textura del color invisible que se siente en la habitación o emparejar les maderos de la cama... No aceptó el argumento. Daniel, mi hijo, que nació el año que se editó por primera vez la novela, trató de convencerlo con el razonamiento de que a él no le gustaría que cada vez que fuera al cine a ver su película favorita, se encontrara con cambios en los personajes, las historias, los diálogos, al punto que en cada ocasión tuviera la impresión de estar viendo una película diferente a la que a él le gustó desde el primer momento. Le traje a otros amigos compasivos para que le dieran ejemplos parecidos —o aún más dramáticos—, pero él siguió obstinado en su intento de cirujano (¿carnicero?), quitando allí una coma, introduciendo un retoque por allá, destasando una inerme frase, arrancando una palabra para poner otra... No había nada que hacer al respecto.

En Clinton se cumple con asombrosa precisión la sentencia de Kundera según la cual, "La novela es el paraíso imaginario de los individuos", y en ese reino no hay verdades, ni consensos, sino sólo la creación absoluta, individual, con todo lo aterradora que pueda parecer. O en palabras más descarnadas de Rulfo, ese otro guía literario de Clinton: "A mí me han criticado mucho mis paisanos porque cuento mentiras, porque no hago historia o porque todo lo que platico o escribo nunca ha sucedido; y así es".

Como la amenaza no cesaba, llegué a consultar a un amigo exmagistrado para invocar la protección de las nuevas cortes internacionales que se han erigido como un intento desesperado para amparar a la especie humana de los crímenes atroces. Clinton adivinó mis intenciones y después de un agotador tira y afloje decidió entregarme el original de la segunda edición para que la leyera (como ya había sucedido en la primera versión) y de paso la presentara. Con emoción leí en una sola sentada las 138 cuartillas y con enorme alivio comprobé que Las manchas de! jaguar conserva la frescura e intensidad del original y que si hubo los temidos cambios son tan imperceptibles como el paso de la aurora al día radiante del trópico.

II. Por ello con más calma en el corazón y la mente más serena, dejo constancia en esta nota de varios hechos que son significativos de esta novela en particular y de la obra en su conjunto de Clinton, la cual conozco de manera muy detallada.

Invoquemos nuevamente a Kundera, en su doble condición de practicante y crítico del arte de la novela, cuando cuestiona la idea paradójica de la modernidad según la cual este género (considerado como uno de los fundadores de esa modernidad) ha sido condenado a desaparecer. Propone a contracorriente múltiples posibilidades para su remozamiento invitando a escuchar unas llamadas que desde diversos ángulos han realizado grandes novelistas desde los inicios del género. Una de estas llamadas nos permitirá comprender cómo un autor del trópico, en una aldea perdida del Valle de Cienaguas, como lo es Clinton, logra producir una novela tan compleja y vigente como la que el lector tiene ahora en sus manos. Se trata de la llamada del tiempo, esto es, aquella que "incita al novelista no a limitar la cuestión del tiempo al problema proustiano de la memoria personal, sino a ampliarla al enigma del tiempo colectivo, del tiempo de Europa, la Europa que se gira para mirar el pasado, para hacer su propio balance, para captar su propia historia, al igual que un anciano capta con una sola mirada su vida pasada. De ahí el deseo de franquear los límites temporales de una vida individual en los que la novela había estado hasta entonces encerrada incorporando a su ámbito varias épocas históricas (Aragón y Fuentes ya lo han intentado)." [los subrayados son nuestros)

Anotemos aquí un hecho revelador: Fuentes, el escritor y pensador mexicano co-responsable según Kundera de esa llamada del tiempo, es sin duda uno de los novelistas americanos más significativos de nuestro tiempo y uno de los más próximos a la orientación novelística que ha seguido Clinton desde sus comienzos. Fuentes fue quien propuso en 1992 un "Decálogo para el novelista contemporáneo", algunos de cuyos enunciados nos parece pertinente revisarlos a continuación a propósito de esta segunda edición de Las manchas del jaguar:

1 y 2: "La novela no informa, la novela imagina" y "La novela hace visible la parte invisible de la realidad": si algo podemos capitalizar de la obra de Clinton en general y, de esta novela en particular, es su creciente búsqueda de los territorios de la imaginación, que cohabitan con los de la realidad pero pasan desapercibidos a la historia, a los sentidos, a la razón. Muy en la línea de lo aquí planteado, Octavio Paz, a quien leemos en interminables tenidas, intuyó que "el poeta y el novelista descifran el habla colectiva y descubren la verdad escondida de aquello que decimos y aquello que callarnos. De ahí que todas las grandes obras literarias sean cables de alta tensión no eléctrica sino moral, estética y crítica".

5, 6 y 7: "La novela crea realidad", "[…] ensanchando el territorio propiamente humano" y […] se da nueva vida a la tradición y nos obliga a leer el pasado como lo legaron": en la superficie temática de la novela de Clinton (y de la casi totalidad de su obra) se percibe la Zona Bananera cuya importancia en la historia económica y política de Colombia y América Latina ha sido reconocida y estudiada por la historiografía nacional e internacional (en esta última se destacan los trabajos de los profesores Catherine Le Grand de la Universidad de Me Gilí, Canadá, y Vittorio Capelli, de la Universidad de Calabria, Italia). En la novelística se creían agotadas las posibilidades de esta región debido a las universalmente reconocidas novelas Cien años de soledad de Gabriel García Márquez y La casa grande de Alvaro Cepeda Samudio. No obstante, la dramaturgia de Guillermo Henríquez (con la obra El cuadrado de astromelias, entre otras) y la novelística y cuentística de Clinton, mostraron nuevas facetas profundamente humanas y permitieron ver con otros ojos el legado al que estos dos autores están entrañablemente ligados. O como lo dijo Kundera atrás, lograron "captar su propia historia, al igual que un anciano capta con una sola mirada su vida pasada". Estos nuevos matices evidentes en Las manchas del jaguar nos permiten afirmar que en sus páginas "se crea una nueva realidad".

Volviendo al decálogo de Fuentes, el punto 8 nos facilita crear una asociación extraordinaria con la llamada del tiempo de Kundera. Veamos: "La novela, así, crea un nuevo tiempo […] en el que el pasado deja de ser museo y el futuro una especie de fantasma (ideológico) inalcanzable, para convertirse el pasado en memoria y el futuro en deseo, a condición de que ambos ocurran hoy, aquí, en el presente, a través de nosotros, los hombres y mujeres vivos en este instante, en el tú y el yo que suman un nosotros".

Esta confluencia entre Fuentes y Kundera es a nuestro modo de ver uno de los signos fundamentales de la nueva narrativa que surgió en América Latina a mediados del siglo XX y de la cual Clinton es natural heredero. Con una historia recientemente incorporada al Viejo Mundo pero con los mitos ancestrales palpitando en la conciencia (y aún corporizados como es el caso de los protagonistas de la historia indígena en la Sierra Nevada, los negros yumecas del barrio París de Ciénaga y los campesinos y propietarios mestizos de los tiempos de la United Fruit Company), es indudable que los tiempos pasado, presente y futuro terminaron licuándose en la vida cotidiana, en los asuntos sociales, y especialmente en el arte, siempre tan sensible a esas vibraciones no objetivas del espíritu humano.

Esto quizás permita comprender por qué en Las manchas del jaguar, hay una mirada tan contemporánea, tan humana, de un drama que se vivió a unas intensidades, que rayan a veces en la crueldad, y que pasados los vientos de la desolación, siguen vigentes hoy a través de los herederos de ese mundo en el lenguaje, en la manera de percibir el futuro, en la forma de relacionarnos con el Estado, en la asunción de la sexualidad, y aún en una misteriosa asociación con la muerte. No alcanza a comprenderse este universo con las coordenadas de Eros y Thánatos imaginadas por el famoso profesor austríaco o con el llamado de Husserl, sobre el olvido del ser en un desesperado intento porque Europa volviera a poner el corazón en los asuntos esenciales.

No. Aquí se trata de algo mucho más complejo de comprender: el desgarramiento de seres condenados socialmente entre la opresión y el libertinaje, los disfrutes del sexo que nos hacen ángeles/demonios, la muerte con su carga de castigo/premio, la amistad al rojo/blanco de las causas perdidas, el tránsito permanente por el filo de la navaja entre legalidad/ilegalidad. Un mundo que no termina de cuajar en un proyecto de vida. En fin un mundo entre el caos y el orden en el que todos los tiempos se revuelven, devuelven, envuelven y desenvuelven. Un tiempo que es todos los tiempos. A esas notas imperceptibles de la llamada del tiempo es a las que responde la novela de Clinton.

III. El título de la novela es una buena oportunidad para ensayar la lectura que proponemos a continuación. El jaguar es quizás el animal más emblemático de América (especialmente de las culturas indígenas sepultadas, sobrevivientes y/o revividas). En la Rueda Profética de los textos mayas del Chilam Balam se lee: "Año tun 2 ix, Jaguar, será el tiempo de la pelea violenta, el tiempo en que arda el fuego en medio del corazón del país llano, en que ardan la tierra y el cielo, en que haya de tomarse el espanto como alimento; el tiempo en que se implore a los cielos". Aquí podríamos preguntarnos: ¿Cuántas veces ha pasado esta rueda profética por el territorio americano, cuántas veces se ha repetido el Año del jaguar en la Zona Bananera de la novela de Clinton? El jaguar —o Tigre americano— encarna los miedos atávicos de un continente donde se rezuman todos los vinos de la historia universal. Por eso en los mitos Kogis —descendientes de los desaparecidos Tayrona de la Sierra Nevada—, cuando se advierte su presencia en los relatos de los mamas, se transmite el temblor original que causa su elástica figura: "Kasindukua estaba comiendo gente. Estaba vestido de tigre. La gente lo vio pasar en el arroyo y estaba asustada. La gente se preguntaba: ¿De dónde viene? Tenemos que matarlo! ¿Pero cómo? ¡Las flechas no sirven!".

Ahí está impávido el ser mitológico inmune a la muerte y anunciador de muerte. Por ello en su piel, resultó muy apropiado escribir la historia de unos personajes que viven en esos tiempos de vida/muerte de la Zona Bananera imaginaria, donde todos conforman las manchas del felino, esas rosetas misteriosas en las que podríamos adivinar sus influencias recíprocas como las que ejercen los astros sobre nosotros, según afirman los nigromantes. Es por lo tanto, la memoria de todos la que nos plantea Clinton sin importarle cuántos entrecruzamientos se puedan producir a partir de la narración de la vida de Emiro (o mejor de su muerte), y como sabemos que los muertos no pueden recordar, nos suelta esa avalancha de susurros, de gritos, de múltiples memorias que se enredan como una selva, en medio de la cual salta el jaguar. Es en palabras de Kundera el "enigma del tiempo colectivo".

El maestro Gerardo Reichel-Dolmatoff nos ha enseñado que "en la mitología Kogi el acto de ponerse una máscara corresponde al de tomar un alucinógeno, es decir, que la persona entra a otra dimensión, a otra realidad, donde 'todo está al revés'. Por ejemplo, al ponerse una máscara de jaguar, la persona ve ahora todo con los ojos de jaguar y así mismo las personas u objetos de su alrededor se transforman, todo lo cual implica un complejo de relaciones totalmente nuevas. En los actuales bailes con máscaras de los Kogi, cada una de ellas representa cierta fuerza sobrenatural que, durante el baile, 've' a las demás máscaras dentro de otra dimensión. Generalmente se observa un concepto subyacente de oposición (sélda, en kogi), de una lucha entre dos grandes categorías —de fuerzas opuestas pero complementarias, representadas por máscaras. 'Bailamos para no morir', dicen los Kogi, y así hay innumerables bailes en los cuales los enmascarados se disputan o se apaciguan para, finalmente restablecer un equilibrio (yulúka) entre las fuerzas opuestas". Esta ancestral figura del chamán podría decirse es la que asume hoy el novelista. En Las Manchas, Clinton usa una máscara de jaguar para poder ingresar a esa otra dimensión que nos está vedada en la vida cotidiana (y aún en la mirada de la historia), descubre nuevas relaciones, sutiles, complejas, entre los personajes, tocados por una cierta forma sobrenatural de percibir sus vidas, entre las cuales surge la lucha de luchas: la muerte. Esto último nos da la clave de la novela de Clinton: La muerte de Emiro (los tantos Emiros que han sido y serán) no ha sido entendida, por lo cual lo mejor es dejar ese asunto a un nivel superior de la comprensión: el arte.

Relaciones complejas son las que se establecen en una novela donde pueden reconocerse y contarse un abigarrado conjunto de vidas como manchas: Emiro, Félix, Erasmo, Régulo, Diógenes, Elvia, Bárbara, Carlos Aguilera, Jacinto, Dámaso, Chula, Andrés, Salvador Moreno, Rafael Salzedo, Silvia San Juan, Teresa Cisneros, Beba, Antenógenes Armas, El Enviado, Carlota Delicie, Casimiro, Mister Smith, el padre Samuel, Centurio Di Napolis, Domeneco Quinto, Silvina Cadena, Susana, Aníbal Enríquez y muchos más. Esa complejidad se aumenta con las relaciones conflictivas entre padres e hijos, amantes, enemigos políticos, mujeres que transmiten en el cuerpo y en el alma la herencia de las manchas del jaguar. Este, el mítico animal americano, encarna las múltiples historias de estos seres atrapados en un mundo en permanente formación, y como lo percibieron los mayas y los tayronas, salta del pasado al futuro, del presente al pasado, trayendo y llevando el mensaje de la Rueda Profética. El rugido del jaguar es la llamada del tiempo.

La complejidad de tiempos y tramas de la novela de Clinton alcanzan en la figura del jaguar un feliz encuentro, que nos permite remitir al lector a otras crípticas asociaciones, como las que propicia la obra del físico cuántico Murray Gell-Mann quien encontró las relaciones entre lo simple y lo complejo sintetizadas en un poema de Arthur Sze: "el mundo del quark lo tiene todo para dar cuenta de un jaguar caminando en círculo en la noche". Así desentraña Gell-Mann dichas interacciones: "El jaguar representa la complejidad del mundo que nos rodea, especialmente tal como se manifiesta en los sistemas complejos adaptativos. La imagen de Arthur del quark y el jaguar transmite perfectamente mi idea de lo simple y lo complejo: de un lado, las leyes físicas subyacentes de la materia y el universo, y del otro, el rico entramado del mundo que percibimos directamente y del que formamos parte. Así como el quark es un símbolo de las leyes físicas que, una vez descubiertas, aparecen diáfanas ante el ojo analítico de la mente, el jaguar es, al menos para mí, una metáfora de los esquivos sistemas complejos adaptativos que continúan eludiendo una visión clara, aunque su olor acre pueda sentirse en la espesura".

A estos universos intuidos por el poeta y por el físico, habría que agregar los que ha introducido con el jaguar imaginario Clinton Ramírez con su novela. Obra ésta que pasará el juicio de la historia como una de las más esclarecedoras de los mundos complejos que surgieron de esa mezcla de otros mundos complejos que aquí en el mortero de la Ciénaga, la Zona Bananera, la Sierra Nevada y el mítico Valle de Cienaguas, confluyeron. Y de este veredicto estoy completamente convencido. No necesito acudir al recurso de la salvedad de voto.

Santa Marta, enero de 2005.

Para ver dos trabajos críticos sobre la novela Las manchas del jaguar,  de Clinton Ramírez C., y un capítulo de la misma, ir a los siguientes enlaces:

"La palabra y la muerte", de José Luis garcés González
"El penoso trabajo de la memoria", de Teobaldo A. Noriega
Las manchas del jaguar, Capítulo XX
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©   Javier Moscarella V.

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IX – Número 35
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2008

PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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