Crítica de 1966, escrita por el fundador del Nadaísmo, Gonzalo Arango,
para la primera exposición de Álvaro Barrios en Barranquilla,
titulada Dibujos, Collages & Comics.

Lo mejor que puedo decir de Álvaro Barrios es que existe. Ustedes dirán que es poco, casi nada. Pero se equivocan. La existencia de este barranquillero es tan importante, que sin él su pintura no existiría. Bendigamos su venida al mundo por azar, como suceden los hombres que tienen que suceder. Hoy celebramos su caída de algún planeta loco, 20 años después, en esta exposición que revoluciona maravillosamente la realidad y nos pone a contemplar un nuevo rostro de la belleza con mirada asombrada y demente. Su primer alarido, supongo, sacudió los cuadros que decoraban la clínica de maternidad, esas flores tan bellas y ese sagrado corazón de Jesús se debieron escandalizar en su pureza con la presencia del feo bichito que acababa de irrumpir un medio de "naturalezas muertas" para cumplir una misión sagrada: profanar la Belleza.

Barrios con su aventura estética ha venido a turbar las viejas verdades del arte; a pintar la realidad con un realismo mágico, penetrando las apariencias hasta descubrir el secreto de la nueva belleza. Su pluma, más que dibuja, roe la realidad en busca de su esencia.



























































La existencia de Álvaro Barrios como artista es irrevocable. Avanza como una invasión, nos arrastra. Nada ni nadie podrá detenerlo en su desafío y en su audacia en estas exploraciones de dar la imagen más fiel y más absoluta de la belleza de nuestro tiempo. No necesito ser profeta para predecir que de sus manos está naciendo una de las obras más durables del siglo 20 en Colombia. Por el momento diré que estos dibujos afirman su verdad a partir de una negación: La que rechaza en nosotros una serie de valores tradicionales y nos golpea la sensibilidad con la furia de su feúra irreverente. En cierto sentido su pintura es atea, si esto puede expresar la rebelión de un artista que concibe la realidad y la recrea libremente a través de una subjetividad sin compromisos ni servidumbres con el objeto.

























































































El ingreso de Barrios al arte de vanguardia habría que saludarlo y celebrarlo como la respuesta a una necesidad estética de nuestra generación. El Nadaísmo exigía ser expresado en este lenguaje aniquilante, de forma y contenido agresivo contra las patrañas de esa Belleza Eterna que consiste en transplantar la realidad de la raíz a la esencia, como se transplanta una flor a un florero, como si el artista fuera un jardinero y no un creador. En Barrios el proceso es inverso: él sacrifica la realidad a su dignidad de artista, que consiste en ser libre de crear el mundo según su verdad, que es la única manera de crearlo.























































Ya casi amanece y el tren de Barranquilla jadea impaciente esperando un elogio para la exposición de Álvaro Barrios que sucede a mil kilómetros de este silencio que trata de adivinar la bella y explosionaría feúra de sus cuadros. No he podido decir nada. Mi elogio para Barrios perdió el tren. Entonces, le deseo feliz viaje a este abrazo que va por Jet, no sólo para su gloria: también para su naufragio.












































































Álvaro Barrios:
Sus sueños pinturas son

Fausto Panesso

Tomado de la Revista Diners No.245, agosto de 1990.

Nazco en Cartagena el 27 de octubre de 1946, y ahí vivo solamente siete meses. Y si lo digo así, es porque me parece que eso aclara el equívoco de que yo soy un pintor cartagenero. Si se quiere, en honor a la verdad, sí soy un pintor costeño, y barranquillero, que es donde he vivido siempre. Llegué a Barranquilla en un cesto de cuna, y ahí comencé a coleccionar mis primeros recuerdos, esos recuerdos de viento... hechos de viento, que me pides para hacer esta entrevista.

Mi infancia pasa en una Barranquilla que se mueve en contravía del tiempo, y en la que no había afán para nada. Yo vivía sobre la avenida del Prado, en uno de los barrios más tradicionales de la ciudad, por donde pasaban muy pocos automóviles, y lleno de casaquintas muy espaciadas unas de otras, y vegetación por todas partes; grandes casas de puertas abiertas, pues era muy segura, en donde todo lo que se respiraba era calma. La palabra prisa no se había inventado todavía, y todo el ambiente estaba lleno de cosas amables.










































Por decir algo, a nadie se le ocurría pedir flores por teléfono, simplemente se recogían del jardín. Cuando se quería hacer un arreglo muy especial, se le pedía a la vecina que regalara unos ramos de corales, que eran las plantas de Barranquilla. Los floreros se arreglaban con ellas. Las frutas se comían, a nadie se le ocurría hacer arreglos con ellas.

Tengo un recuerdo muy marcado respecto de las palabras. Por entonces, nadie decía okey, que es simplemente un anglicismo. Los vientos de las palabras eran muy franceses. Recuerdo, por ejemplo, que nadie tenía toca-discos, se tenía radiola; donde se guardaba la ropa de los niños se llamaba chifonié; donde se guardaban los platos se llamaba bifée. Y el chofer lo sacaba uno a pasear al bulevar. Por ahí se paseaban las novias con sus enamorados, que cuando se iban a casar, llevaban en su mano un bouquet. Y eso, hablado en costeño, es surrealismo puro.

Pero cosa curiosa, Barranquilla entonces no era tan caliente, o al menos yo no recuerdo que lo fuera, aunque desde entonces, y como siempre, en diciembre llegaban las brisas.















































Nos reuníamos todos en el Parque Santander a jugar, y a cada niño lo llevaba su aya; así, pues, era una reunión de niños jugando en el centro del parque, y ayas en una esquina cotorreando. Los domingos, la Orquesta Filarmónica de Barranquilla daba unos conciertos al aire libre; ahí asistíamos vestidos de domingo, que era una indumentaria en contravía de la ciudad.  Ibamos vestidos de paño y corbata, algo totalmente anacrónico. El uniforme de colegio era saco cruzado azul turquí y pantalón gris. Creo que es la única vez en mi vida que me he puesto esa indumentaria. Por entonces, yo no soñaba ni presentía que quería e iba a ser un artista, aunque dibujaba desde los cuatro años. Yo dibujaba todo lo que veía pasar por la calle, desde mi centro de observación que era la terraza de mi casa: las cosas, la gente, los carros... y a todo le ponía palomas.

Seguí dibujando, dibujando. Mis cuadernos de geografía, historia, matemáticas, tenían una página de tarea y otra de dibujo, y esa fue una constante, incluso hasta la universidad. Y es que mi vida se iba nutriendo de fantasía, producto de los libros de cuentos como los de los hermanos Grimm, y de las tiras cómicas que devoraba una tras otra. Estas me las auspiciaba y me las compraba mi mamá, pues ella tenía la teoría que esa era la semillita para sembrar el hábito de la lectura, cosa en que a la postre tuvo razón.














































En el bachillerato hice mis primeras acuarelas: eran jardines idealizados. Al comienzo simplemente jardines, y al final del bachillerato comencé a pintar, sin saber por qué, plazas y plazas de Italia, que sacaba de las postales. Casi como premonición de la importancia que ese país iba a tener para mí.

Toda mi relación con el arte religioso se limitaba a mi experiencia de cada mayo con el pizarrón. Mis profesores, tal vez más convencidos que yo mismo de que era un artista, me ponían a pintar en el tablero, con tizas de colores: ¡Vírgenes! Lo divertido es que como las festividades tomaban todo un mes (yo estudié con hermanos lasallistas), tenía que hacer una Virgen semanal; la pintaba el lunes y la borraba el viernes. Entonces, sin quererlo y sin saberlo, irrumpí como un pionero haciendo obras efímeras, movimiento que haría furor en Europa, décadas más tarde.  ¿Quién iba a pensarlo?














































Todo esto sigue siendo surrealismo puro. Pero el súmmum se da con mi versión de la plaza de San Pedro, que pinté por encargo de los profesores para el anuario de grado. Era una plaza enorme, la más grande del mundo según me habían dicho, a la que llené de personajes y palomas y en donde puse al Papa a volar sobre ellos. Cuando llegué a Roma, cuatro años más tarde, lo primero que hice fue comprar un mapa de la ciudad y correr, correr por toda la ciudad hasta ella, para ver cuánto se parecía a la mía. Sufrí una gran decepción: La mía era mucho más grande, mucho más extraña, y mucho más bella! Creo que ese dibujo estudiantil fue el primer Barrios que pinté en mi vida, y la semilla de todos.

Llego a Italia con el primer premio que gano como artista: un segundo lugar en un concurso convocado por la embajada italiana, en torno a la obra del Dante, y que ganó Bernardo Salcedo con una obra que levantó polvareda y discusión, recuerdo todavía el título, "Lo que Dante nunca supo: Beatriz amaba el control de la natalidad". La mía se llamaba "La Divina Comedia", y estaba hecha a base de dibujos pegados; era un collage del siglo XX, en el que estaban desde los astronautas hasta Los Beatles. Los críticos, cuando la vieron, decretaron que yo tenía una gran influencia del movimiento pop, y de Lichestein. Y era la primera vez que yo oía mencionar estas dos palabras! Inconscientemente me había acercado a uno de los movimientos que siento más apasionantes en el siglo XX, y que en verdad, después, cuando ahondé en él, marcó mi obra. Y para seguir hablando en tono de pintura culta, también se me ha adjudicado una gran influencia surrealista, y debo aclarar que, aunque admiro profundamente la obra de un De Chirico, o un Magritte, no tengo nada que ver con ellos. Las bases surrealistas que pueda tener me llegan en todo lo onírico, desconcertante y extraño que me dio esa Barranquilla de mi infancia.

Entro a la Universidad de Perugia, a estudiar pintura e historia, y luego hago todo el periplo europeo, Alemania, Holanda, Francia, pero para sintetizar, la única ciudad que excedió mis fantasías de viajero adolescente fue Venecia, tanto como muchos años más tarde llegaría a serlo Nueva York,  En la primera encontré el clasicismo puro, y en la segunda, el modernismo arrollador, y creo que esas son dos constantes, tanto de mi obra como de mi personalidad. A Nueva York he regresado cada año de mi vida desde que la conocí, y es que me resulta asombroso que en la esquina del Metropolitan vendan un horroroso perro caliente y tú puedas entrar con él en la mano al Museo para ver una retrospectiva de Picasso y Braque; y que al mismo tiempo siga siendo una ciudad que no posa de "culta", porque es simplemente dinámica. Esto lo digo a propósito de Bogotá, la única ciudad que no soporto en el mundo; la siento petulante y pretensiosa. Jamás demoro más tiempo de lo que la diligencia que voy a hacer me requiera; siento que en Bogotá se fían más de la apariencia, del cómo se viste, del cómo se habla. Por ponerte un ejemplo, pienso que el día improbable que se hiciera una exposición de Picasso, no faltaría quién comentara lo mal enmarcada que está.

Lo digo más allá del comentario banal de mis fobias. Es que creo que al artista joven, Bogotá le hace mucho daño, porque lo lleva a hacer un arte "internacional" por que sí, por ese complejo de ciudad cosmopolita. Entonces ese artista joven, sin mucha personalidad ni humana ni estética, pierde las raíces de su terruño, su identidad, para producir el arte que le exigen, sin ninguna investigación, sin ninguna profundidad, simplemente haciendo concesiones para lograr estar a la moda.

Por eso me gusta vivir en esta mi Barranquilla, donde nadie me ha impuesto condiciones y en donde todo lo que he soñado dormido y despierto, ha quedado en mi obra.

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© Álvaro Barrios
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LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282
LA GALERÍA
Museo Virtual de Artistas del Caribe, MUVAC

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IX – Número 36
Enero-Febrero-Marzo de 2009

PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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La Galería

Coordinación:
Álvaro Suescún T.
alvarosu@hotmail.de

La fea belleza
de los dibujos de Álvaro Barrios
(Sala IV)
Por Gonzalo Arango
Tarjeta-estuche en memoria de Brian Jones, 1970. Tinta sobre papel, 70 X 141 cmts.
Álvaro Barrios,
en compañia de los personajes de su mundo pictórico
A la vanguardia de América
El Nadaísmo no tiene fin
Manifiesto amotinado
Los tres dibujos anteriores fueron exhibidos
en la exposición de Álvaro Barrios,
en la galería "Casa de Don benito", Cartagena de Indias, 1965.
Tarjeta de invitación
a Exposición Colectiva
Dibujo, 1966
En Barrios
hay una permanente reescritura
de Marcel Duchamp
Cumpleaños de Sherrie
La vidente y su esfinge
Un jardín de Maxfield Parrish
Dibujo a lápiz, 60 x 80 cmts.