Moraleja de la ardilla
y otros poemas
Miguel Zapata
Assistant Professor of Spanish
Department of Modern Foreign Languages
West Virginia State University
Cuentan los profetas del Medio Oriente,
pero El Justo sabe más,
que una ardilla corría distraída
por los campos húmedos de rocío primaveral,
y que tal derroche de fertilidad
cegó sus ojos al cruzar los oxidados rieles de un meditabundo tren.
Continúan los profetas que, ya del otro lado de los rieles,
la ardilla vislumbró el tren que se alejaba, que debía ser
muy silencioso,
y notó la pérdida de su cola.
Juran los profetas que la ardilla dudó:
—¿Me devuelvo a buscar mi cola
o prosigo mi camino? —que la ardilla
regresó a buscar su cola
y otro estúpido tren, que pasó de regreso por los mismos
rieles endemoniados, y cuyo conductor había perdido
su reloj,
aplastó la cabeza de la ardilla.
La moraleja de la fábula miente sin emoción:
“No pierdas tu cabeza por una cola.”
¡Falsos profetas!
Si hubieran visto la curvilínea cola que me embrujó
en Cartago Nova
no blasfemarían.
Comprenderían que no vaciló la ardilla un segundo
en regresar por su cola.
La hubieran seguido como yo
entre la algarabía de los vendedores de acuarelas,
del estrépito de los autobuses de servicio público,
bajo el calor asfixiante del cenit, la respiración azul espumosa
de las olas de la bahía, frente al demente minusválido Blas de Leso,
en el orgullo no disimulado
del fuerte de San Felipe de Barajas,
por túneles oscuros, húmedos, orgásmicos, en pos del secreto,
del arco del estúpido tiro impulsado por la curiosidad,
hacia la ciega luz de una inútil enfermería.
Como yo, le hubieran ofrecido, gustosos,
no sólo mi cabeza y su nieve, sino también
el resto de mis años de viajero,
media jubilación,
un glacial coctel de whiskey-limonada-y cubitos de hielo,
un pequeño apartamento que se despereza al mar,
una tele, una nevera, un aire acondicionado
y un piso de baldosas resbalosas.
Pecas
Anoche soñé
que una llovizna sonriente, menuda,
de puntitos marrones
se posó sobre la blancura de pan
de mis sábanas.
Invadió con su alegría la noche, las fundas de las almohadas,
mi cama toda.
Las dos pecas mayores, gemelas, ingrávidas,
me ofrecieron su miel y pan;
juguetearon con mi boca
abrasada por el desierto y el licor.
El puntito central, cartomántico,
me auguró un destino oscuro,
hirviente, húmedo de soledad de muerte
que se precipita irremediablemente hacia
un abismo creciente de insondable misterio.
El punto inferior
me acogió en sus blandas redes,
silenció mi desandar errabundo
de viajero exiliado,
engulló mi soledad ancestral
y absorbió el manantial cálido
de mis ansias jadeantes.
Anoche soñé
que una llovizna alegre, café,
bailaba entre mis brazos
impulsada por la música de la piscina
y del licor rubio de mi fácil fraternidad,
pero a cada pase rehusaba la ofrenda
de mis manos y mi oración.
Haikus costeños
Dije: glu-glú, glu-glú, glu-glú
Toda la noche y amanecí
Con un guayabo
Guayaba: ¡No te pongas
En masculino
Porque me duele la cabeza!
De conocer el níspero,
Los dioses griegos
Hubieran odiado la ambrosía
De conocer a mi morena en su cumbia,
Los dioses griegos
Hubieran dejado raptada a la infiel Helena
Níspero, guayaba y tamarindo
Hay en los besos
De mi negra palenquera
Del material de maracas,
Guacharaca y flauta
Es mi morena; es de millo
De guayacán son las carnes de mi morena,
No de frágil cáscara
Como la ovípara Leda
Las agresivas notas de un clarinete
Penetraron mis oídos
Y preñaron mi alma de nostalgia
El poderoso imán
De su ombligo de vórtice
Succionó en mí una protuberancia
En el baño, me lavé,
Y me lavé
Y por ahí me seguí
Los pájaros de mi boca
Trinaron: fui-fuío, fui-fuío
Y la hice mía
Morena: No te muevas
Como las palmeras de la brisa
Porque a mi corazón le da mareo
Morena mecedor:
Mécete así, así
¡Ay! Así…
El sol se derritió
En mi frente, gota a gota,
Y ya estaba frente al mar
El mar viene y se va;
Ni se queda, ni parte
Como yo
El mar se acerca y se aleja,
Vive en exilio constante
De sí mismo
¡Por una mirada, un mundo,
Por un porro, todo Bécquer,
Por una alegría con coco y anís, qué no daría!