Cuatro textos de
La raíz de las bestias
Armando Romero
Historia de una bestia
Se trata de una bestia. Lo primero que vemos de ella son dos uñas encarnadas; luego, si nos movemos un poco, observamos una floresta de capilares en el ángulo superior; más tarde, cuando nos sea posible avanzar a la izquierda, recogeremos del suelo unas lágrimas como diamantes; ese mismo día será mirar si tiene alma por los agujeros; en fin, se trata de una bestia porque al pasar por su lado sólo nos queda la seda de su cuerpo como alimento.
Los rinocerontes
A los rinocerontes los dejaron al final de la cola. Nadie sabía dónde meterlos. Todos fuimos pasando, uno a uno, por la puerta estrecha, pero ellos no pudieron entrar. Bajaron la puerta de sus goznes pero tampoco. Quitaron el marco, imposible. ¿Qué vamos a hacer con los rinocerontes?, preguntó uno. No hubo respuesta. Era obvio que no podíamos seguir adelante si no pasaban los rinocerontes. Hacía calor en el cuarto y algunos empezamos a sentirnos molestos. Los rinocerontes, al sol, estaban quietos y parecían no darse cuenta. Yo dije que por qué no los metíamos por el techo, "al fin y al cabo un tragaluz más no importa". Y así lo hicieron. Ya adentro los rinocerontes nos miraban con rostro agradecido. Entonces nos fuimos y los dejamos allí. Todavía no se ha inventado un buen método para sacar de ese lugar a los rinocerontes.
El maquinista
El tren se detuvo tarde en la noche entre los matorrales y la maleza que bordeaban el río. El maquinista no tenía idea de lo que había pasado porque venía desde hacía rato dormido con las manos en las palancas de dirección y el cuerpo erecto. Su ayudante, un muchacho negro y alto, seguía echando carbón a la caldera sin parar.
El maquinista estiró los brazos, se restregó los ojos con los puños y apuntó hacia el fondo de la carrilera el foco intenso del tren. Allí estaban los polines, los rieles, los clavos y ese cascajo entre los durmientes. Volvió a sus palancas de aceleración y cambio pero nada sucedió. El tren estaba allí, entre las chamizas, al lado del río, detenido. Miró de nuevo a su ayudante quien sin parar seguía aventando carbón a la caldera. Se sentó en el pequeño asiento de conductor y buscó el termo de café a su lado. Lo abrió y bebió un poco. No es usual que el tren se detenga sin razón, pensó, y se pasó la mano por la frente. El ayudante seguía alimentando de carbón la caldera. Se bajó de su asiento y miró por la ventana. El aire era negro sobre negro, pero se oía el ruido del río. Abrió la portezuela de la locomotora y descendió la pequeña escala hasta el suelo. Era un suelo duro y espinoso. Pensó, no sabe por qué, en su mujer y en sus hijos. Caminó a lo largo del tren revisando las ruedas y su aparato mecánico. Nada que no fuera lo normal adentro y afuera de los vagones. Llegó hasta el último vagón y siguió caminando. Poco a poco el tren se fue perdiendo a la distancia.
Nunca pudo explicar frente a la Corte por qué saltó del tren esa noche antes del abismo.
El cínico
Debo pensar en un pájaro que ocupe la mitad del cielo. A1 ponerle plumas se crean nubes; al dejarle pico se inauguran rayos; al plantarle patas se siembran tormentas. Un pájaro como ese está destinado a alimentarse de sueños. Uno es el sueño que lo sueña para mantener en alto su vuelo. Otro es el sueño que lo inventa para que é1 lo devore. Si lo miras sale el sol por entre sus pupilas; si pasas sin reparar en él cae nieve todo el día. Inventa entonces una jaula tan grande como la otra mitad del cielo, y espera paciente que entre en ella. Con la jaula en la mano irás al mercado a pregonar que estás despierto, y la jaula será tu linterna y el pájaro la luz que te ilumina.
Así dicen que meditaba el viejo Diógenes por los meandros de Alejandría.
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© Armando Romero
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IX – Número 36
Enero-Febrero-Marzo de 2009
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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