En cuanto a los perros, habían sido servidos en los restaurantes y los cachorros vagabundos que quedaban, eran habitados por pulgas cibernéticas, competidoras irreconciliables de los piojos. Así, nuestro personaje se sentía el ser más desgraciado de la tierra, deambulando por aceras y rincones, sin vivienda ni bocado, hasta que un día, ya al borde del llanto, entró en una casa y vio un manojo de seis hermosas hebras de cabello, tensas y rectas, y decidió alojarse allí, cayéndose de la felicidad y ya preparada su mandíbula para alimentarse de sangre. No se trataba de una cabellera tan abundante como su anterior vivienda pero al menos eran seis hebras larguísimas, quizás el remanente capilar de un algún calvo.
No duró mucho la felicidad de nuestro piojo. Tratando de chupar la sangre, se esforzaba con los dientecitos de su trompa en encontrar el cuero cabelludo, caminando inútilmente a lo largo de los filamentos. Fue entonces cuando, al dar un traspié, escuchó un melodioso do y con estupefacción se dio cuenta de que en realidad no eran las seis hebras de una cabellera sino las cuerdas de una guitarra verde abandonada en el rincón de una habitación sin muebles ni habitantes.
El amor brujo
o la historia de la guitarra y el piojo
Manuel Guillermo Ortega
(Guillermo Tedio)
TEDIO, Guillermo. El amor brujo o historia de la guitarra y el piojo. Medellín, Editorial Lealón, 2008.
A los niños que no podrán leer esta historia
porque en lugar del estudio y el juego,
tienen la dolorosa obligación de trabajar,
hostigados por la injusticia social.

Portada e ilustraciones de Jeison Ariza
1
Había una vez un piojo que desfallecía de hambre, cansancio y anemia, buscando una cabellera donde vivir, porque en aquella ciudad contaminada todos habían quedado calvos. El aire envenenado por el humo de las chimeneas y los automóviles les había tumbado el cabello y las cejas a los hombres, mujeres y niños. Desesperado ante semejante falta de vivienda humana, intentó alojarse en la pelambre de algún animal pero se encontró con la desgracia de que en aquella ciudad mercantil no existían animales. Unos habían sido cazados y eliminados para exportar sus pieles y los que se encontraban prisioneros en el zoológico, no tenían pelo porque una fábrica de maquinillas de afeitar había convencido al administrador de que los animales se veían mejor rasurados.

2
El piojo, prendido a las cuerdas de la guitarra verde, recordó que el dueño de la cabeza donde antes vivía, era el director de una orquesta sinfónica. De nombre Mossar —no confundirlo con Mozart—, el músico tenía una larga cabellera y una suculenta hemoglobina con sabor a chocolate, y se pasaba las horas ensayando con su orquesta El amor Brujo, de Manuel de Falla, así que él, el piojo, de tanto escuchar los ensayos y los conciertos, era capaz de tararear la melodía y aun, se le ocurrió de pronto, interpretarla saltando sobre las cuerdas y tocándolas con sus paticas y sus dientes. Alguna vez el piojo había leído que la música sirve para quitar el hambre y el aburrimiento porque llena el alma de emoción y el estómago de viento y ritmo.
Se preguntarán ustedes por qué nuestro amigo abandonó aquella cómoda vivienda donde tenía una abundante cabellera para arroparse y una sabrosa sangre achocolatada. Elemental, mi querido Watson, porque el director de orquesta quedó calvo una vez en que fue a dar un concierto en la Vía Cuarenta, zona industrial de la ciudad. En aquella urbe, ceñida de agua y madurada al sol, la sala de conciertos estaba situada en el sector de las fábricas, y la biblioteca, en la zona comercial de los bacanes pregoneros, seguramente una medida estratégica de la alcaldía para democratizar el ritmo de los libros y el conocimiento de la música. Así que cuando el director dirigía la interpretación de “El verano”, de Las cuatro estaciones, de Vivaldi, su estrafalaria cabellera comenzó a caerse corroída por el smog y el aire contaminado. Fue así como nuestro amiguito, el piojo —creo que a estas alturas de la historia, ya ustedes y yo podemos considerar amigo a este chupasangre—, perdió su suculenta residencia.
También se preguntarán por qué Mossar, siendo un artista tan importante y con tan fina educación, tenía un piojo en la cabeza. Sencillamente porque los músicos geniales no se bañan nunca, no porque les guste estar sucios sino porque no pierden el tiempo en minucias. Piensen en los piojos que tenía Beethoven. Con ellos, nuestro director de orquesta y Ludwig, ocurría algo así como cuando ustedes quieren patear pelota en el parque y su mamá insiste en hacerles perder el tiempo con el baño.
Pues bien, nuestro director tampoco quería malgastar el tiempo persiguiendo a un insignificante piojo cuando había tanta música bella para interpretar en el mundo, y además porque tenía la necesidad —fea manía, decía su neurótica mujer— de frotarse el cuero cabelludo. La esposa no sabía que solo si se rascaba la cabeza, el hombre se inspiraba y era entonces capaz de dirigir con virtuosismo las composiciones de Falla y de Vivaldi. De modo que el piojo y el músico habían firmado un pacto de sangre en el que se convenía que el uno podía vivir sin sobresaltos en la cabellera del otro, con manta y bebida a bordo, a cambio de producir una intensa picazón en la talentosa cabeza. Además, si en mitad del concierto, un director se rasca la mollera, ello no es signo de mala educación sino una muestra de genialidad para la gente ignorante que generalmente va a los conciertos a lucir una camisa o blusa de marca o el peinado de moda.

3
El pobre piojo, sin frazada, sin cuero cabelludo y sin familia, en la soledad de aquella habitación a donde lo había llevado su ansiosa búsqueda, se entretenía tocando “La danza del fuego” y se olvidaba de su hambre de sangre. Debo aclarar que a los piojos les gusta la hemoglobina porque provienen de los sueños de los vampiros, historia que les contaré en otra oportunidad.
Una noche en que lograba su mejor interpretación de Falla, sobre las cuerdas de la guitarra verde, en la soledad de aquel aposento, el piojo sintió llegada la hora del parto. ¡Sorpresa! Hasta aquí les había hecho creer que se trataba de un piojo niño, de un piojo hombre, de un piojo macho. Pues no, aquel piojo músico era hembra, un piojo niña, un piojo mujer. Sé que les interesa saber cómo quedó embarazada. Había un apuesto y elegante piojo que se la pasaba engañando piojitas quinceañeras vírgenes y hasta liendres con la mentira de que era accionista de un banco de sangre. Pues a los encantos de este piojo, sucumbió nuestra heroína y quedó seducida, embarazada y abandonada.
Así que nuestro personaje, al que seguiremos llamando el piojo y no la pioja, llegada la hora dolorosa del parto, se quedó quieto, sudando, soplando en una bolsa, contando hacia atrás, pujando y esforzándose hasta que depositó sobre las cuerdas, dieciocho huevecillos de los que salieron veinte piojitos. Ya sé la pregunta que me van a hacer. Sencillamente porque de uno de los huevos nacieron trillizos. Les advierto que fui campeón en aritmética.
De inmediato, los piojitos comenzaron a ir y venir por las cuerdas de la guitarra, buscando biberones de sangre, llorando sin lágrimas y chupándose las paticas, con lo que le hacían cosquillas al encordado del instrumento, de tal modo que de un momento a otro, la guitarra verde se vio sacando de su caja de resonancia El amor brujo, feliz con las rítmicas cosquillas que aquellas paticas desesperadas le producían.
Confórmense con saber que los piojitos habían heredado las dotes musicales de la madre y probablemente la capacidad para engañar y echar mentiras del padre don Juan. No, el papá de los piojitos no se llamaba don Juan. Esa es la historia de Juan Tenorio que ustedes no tienen por qué saber.
En fin, en la habitación abandonada, sin público ni aplausos, por las noches y sobre todo en el calor del mediodía, la guitarra emitía su furioso concierto del amor embrujado.

4
Por aquellos días había llegado un circo a la ciudad. Se trataba de una pobre carpa arruinada cuyos payasos no hacían reír a nadie porque con sus grandes narices rojas y sus absurdos zapatones ruidosos producían aburrimiento en los pocos espectadores, quienes abrían la boca en largos bostezos.
Los maromeros se caían de los trapecios después de fracasar en el triple salto mortal y se reventaban sin gracia contra los bultos de aserrín, de donde salían con la boca llena de virutas, y entonces alguien del público se sonreía de lástima, en un acto de misericordia.
El domador no lograba convencer al público de su coraje y valor cuando metía la cabeza en las fauces porque el león se había negado a cepillarse las muelas y había perdido la dentadura. Además, tenía un aliento tan quemante a cebolla que los asistentes se cubrían la nariz con los pañuelos y algunos calumniadores decían que no eran vientos delanteros sino posteriores.
El lanzador de cuchillos se equivocaba muy a menudo y la ambulancia de la Cruz Roja siempre estaba a las puertas de la carpa para llevarse a la víctima, generalmente un payaso, con un ojo de menos.
El mago no lograba sacar del sombrero al conejo porque este se resistía a salir si no le hacían carantoñas y cosquillitas y el mago no sabía hacer carantoñas ni cosquillitas porque antes había sido general de cinco soles y los generales de cinco soles, personas muy serias y ocupadas en hacer la guerra, consideran una vergüenza y una pérdida de tiempo aprender a hacer carantoñas y cosquillitas.
Solo la pequeña bailarina de cintura de avispa y labios de sandía sacaba la cara o las caderas por la patria del circo y lograba arrancarle a aquel público difícil uno que otro aplauso sincero. En fin, era un circo fracasado, el más fracasado de los circos de todo el fracasado universo.
El director de aquella hermandad de miserias era un niño que había ido arruinando el espectáculo heredado de su familia porque, como no le gustaban los payasos de su propia carpa, invertía todo el dinero de las entradas en comprar boletas para ir a los otros circos exitosos que visitaban la ciudad, y en obtener montones de cucuruchos de crispetas y de algodón azucarado. Era un tragón que pesaba, con apenas doce años de edad, más de doscientas libras, y aunque gustaba del fútbol, los payasos no lo dejaban jugar en la liguilla que organizaban en sus ratos libres, bajo la carpa, ni siquiera si traía el mejor balón del mundo. De allí que a sus espaldas, los maromeros lo apodaban Maleta Llena.
Mientras el circo estaba en la ciudad, el dueño, cargado con dos baúles repletos de crispetas y muchas nubes de algodón de azúcar, arrendó una habitación en la casa donde estaba la guitarra verde con los piojos, porque quería evitar quedarse en la carpa del circo y correr el riesgo de que la pequeña bailarina lo viera embutiendo crispetas y untándose la cara de azúcar rosada.

5
Una noche en que no podía dormir pensando en la suerte de su pobre espectáculo, Maleta Llena escuchó que una hermosa música salía de la habitación de al lado. No sabía que se trataba de El amor brujo, de Falla, pues la música siempre le había parecido aburrida, quizás porque no sabía bailar y solo se conformaba con el rataplán de los redoblantes que anunciaban su circo de menesterosos: La Crispeta Maromera, damas y caballeros. Pero aquella música que le llegaba por debajo de la puerta y a través de las paredes, le pareció bellísima.
Lleno de curiosidad, salió al pasillo, empujó la puerta de la habitación contigua, que se abrió con un chirrido de bisagras sin grasa, y buscó al intérprete de la melodía pero solo vio la habitación desocupada, sin muebles, con la guitarra verde abandonada en un rincón, emitiendo su asombrosa música.
Se me había olvidado decirles que Maleta Llena era miope y aunque el optómetra le había recetado unas gafas cuyos vidrios eran más gruesos que el fondo de una botella, él se resistía a usarlas porque le estorbaban para comerse las crispetas y el algodón de azúcar. Así que por su miopía, no pudo saber que la guitarra sonaba debido a que el piojo y los piojitos, desesperados por el hambre, la tocaban con sus paticas y dientes. En aquel momento se le iluminó el cerebro. Pensó, lleno de júbilo, que podía presentar en su circo a aquella guitarra que se ejecutaba sola, e imaginó un nombre rimbombante para tan prodigioso acto: La Algodonosa, damas y caballeros, guitarra mágica, ladies and gentlemen, única en el mundo, encantada por el sabio Crispetón.
Al día siguiente, el propio Maleta Llena fue por las calles de la ciudad, acompañado de los payasos que no hacían reír a nadie, rataplán, de los maromeros que se caían sin gracia y comían aserrín, rataplín, del domador que quedaba en ridículo con su león sin dientes, rataplán, del cuchillero desatinado que dejaba tuertos a los payasos, rataplán, del mago que no sabía hacerle carantoñas ni cosquillitas al conejo, rataplán, de la pequeña bailarina que movía con ritmo las caderas, rataplín, plin, plin. Iba anunciando él personalmente el maravilloso espectáculo de la guitarra mágica, ladies and gentlemen, única en el mundo, señores y señoras. De modo que las gentes, esperanzadas de que aquella noticia de portento novedoso fuera verdad, acudieron al circo en cantidad considerable.

6
Colocada en el centro de la pista circular, ejecutándose sin mano ni artificio mecánico, la guitarra verde dejó escuchar la más hermosa interpretación de El amor brujo. Así que en las próximas funciones, el circo La Crispeta Maromera se llenó de bote en bote, como dicen los locutores de fútbol cuando los estadios se estremecen repletos de fanáticos.
Entonces, se produjo en el escenario el milagro de que los payasos arrancaran estruendosas carcajadas al público con la pantomima del hombrecito inflable que pierde el aire y se cae y en seguida su compañero, con una bomba mecánica, lo llena de gas que se le sale por la boca, así que el otro debe colocarle un tapón y todo va bien hasta cuando el aire se le escapa por el fundamento.
Y los trapecistas no se cayeron ni comieron aserrín sino que hicieron el triple salto mortal, dejando en suspenso a los observadores.
Y al viejo león, no se sabe por qué causa de encantamiento, le salieron unos espantosos colmillos que paralizaron de pánico los corazones de los espectadores cuando el domador metió la cabeza entre las enormes fauces.
Y el cuchillero, inspirado por su hija, la bailarina, quien se ofreció de blanco, lanzó doce dagas afiladas, sin tocarle un pelo, así que la ambulancia de la Cruz Roja esta vez tuvo que irse sin herido. Debo decirles, aunque sé que ustedes ya lo intuyen, que el tragantón de crispetas y nubes de azúcar estaba enamorado de la danzarina pero era muy tímido y no se atrevía a expresarle su pasión, así que simplemente la miraba en silencio, con unos ojos hipnotizados de tonto.
El mago se acordó de que antes de ser general de cinco soles había sido comadrón y le hizo carantoñas y cosquillitas al conejo que salió y luego desapareció, confirmando la poderosa magia del amo.
La pequeña danzarina bailó una mazurca mientras Maleta Llena la miraba alelado, chupándose los dedos untados de azúcar rosada.
Alguna vez el gordo había encontrado un papelito en la mesa donde merendaba: “Si pesas menos, podrás volar más alto”, con la estampa de unos labios rojos. Era obvio que lo había escrito ella y que iba dirigido a él, tragón sin redención, paquete sin forma de cien kilos. Quería que se cumpliera el sueño de su cabezota. Estaba perdidamente enamorado de la bella hija del cuchillero pero su glotonería era superior al amor. Aquella deliciosa y hermosa criatura de prodigio le ponía por condición dejar de tragar. ¡Ayayay, más podía la gula de su estómago que el amor de su alma!

7
Pero no todo fue gozo y ganancia bajo el sol de la carpa. Un día, las cosas se torcieron en el circo por la aparición del Honorable Inspector de Sanidad. Este era un hombrecito que ante las cosas contrarias a su voluntad y creencias, siempre dictaminaba con un tono doctoral: «¡Habráse visto!» Medía un metro con veinte centímetros, ni uno más ni uno menos. Era cegato pero este defecto lo suplía con una enorme lupa que le había comprado a los gitanos cuando estos fueron echados de Macondo como mercachifles de engaños.
Una tarde, antes de la presentación, el pequeño funcionario llegó a la carpa del circo con sus movimientos robóticos, desplazándose mediante saltitos de canguro pigmeo. Venía luciendo una pulcritud exquisita, desde los zapatos hasta la coronilla, muy tieso y muy majo, todo vestido de blanco, almidonado y compuesto. Llevaba colgado al cuello un emblema de plata con la figura de un zorro albino. Como todos sabían en la ciudad, se dedicaba a practicar conjuros y ya había dado pruebas de su poder, según él decía, al limpiarles el alma a tres negros mandingas del barrio La Manga y a dos mulatas del barrio Abajo.
Estas prácticas que la iglesia no había autorizado, lo envalentonaron y lo llevaron a una campaña intolerante para hacer que los negros fueran desalojados de la ciudad porque su presencia afeaba el paisaje y creaba una energía negativa. ¡Habráse visto!
Afortunadamente, los negros vendedores de maní en los alrededores de La Troja, los negros jardineros de los barrios del norte, las negras fabricantes de dulces, cocadas, alegrías y cabellitos de ángel del parque Surí Salcedo, y los negros jugadores de béisbol de Montecristo formaron un frente común contra las pretensiones del Honorable Inspector de Sanidad y se quedaron en la ciudad, invocando a Yemayá y a Changó, orgullosos de su hermosa piel púrpura, bailando cumbia y mapalé en los carnavales, y riéndose con el aire fresco y jovial de su carcajada de coco.
La cara lechosa del hombrecito mequetrefe superaba el blanco del papel bond. Tenía, eso sí hay que reconocerlo, una hermosa y larga cabellera rubia cuyos hilos ondeaban como si tuvieran movimiento propio, al estilo del peinado de la señora Medusa. El Honorable Inspector de Sanidad se enorgullecía de su melena al aire, expresión de la belleza y sanidad que él representaba, por lo que varias empresas dedicadas a la publicidad lo habían contratado como modelo en propagandas de champú.
Apenas supo de la llegada del circo, el Hombre Pájaro —así lo llamaban también— tuvo la obsesión de visitarlo para comprobar lo que él ya sabía: que los cirqueros no se bañan y que son un peligro para la salubridad de la ciudad por la enorme cantidad de virus, microbios, hongos, gérmenes, bacterias y parásitos de que son portadores, ¡habráse visto!, pero lo entretuvo el coctel brindado en la zona industrial por los fundadores de una fábrica de venenos para suicidas.
Finalmente, el Honorable Inspector de Sanidad llegó al circo con su enorme lupa y una orden para ejecutar la revisión sanitaria y entonces todos los integrantes del circo tuvieron que vivir la vergüenza y el insulto de ser escudriñados en fila india, centímetro a centímetro, en sus pieles, ropas y pertenencias, con la gigantesca lupa detrás de la cual los miraba el ojo inmenso del rostro lechoso. ¡Habráse visto!
Para asombro colérico del enano y alegría de los integrantes del circo La Crispeta Maromera, no había virus ni microbios ni hongos ni gérmenes ni bacterias ni parásitos. Y las cosas hubieran terminado felizmente en ese momento si al hombrecito transparente no se le hubiera dado por volver a examinar a la pequeña bailarina, demorándose más de lo debido sobre la hermosa piel. Allí fue cuando el gordiflón dueño del circo no pudo contenerse y le estampó al Honorable Inspector de Sanidad una bofetada que restalló como el chasquido del látigo del domador. La pequeña bailarina premió al gordo con una mirada dulce y amorosa pero al mismo tiempo reclamadora de menos kilos y crispetas.

8
Quizás fue el ardor en la mejilla enrojecida lo que hizo que el Hombre Pájaro no se diera por vencido y persistiera en seguir escudriñando con la lupa por los rincones y vericuetos de la carpa hasta encontrarse con aquella extraña guitarra verde —¡habráse visto, una guitarra verde!— que sonaba sin instrumentista, acompañada de un coro invisible de melodiosas voces.
Se me había olvidado decirles que los veintiún piojos, madre e hijos, además de tocar con sus dientes y patas las cuerdas de la guitarra, habían terminado haciendo un grupo vocal armonioso. De manera que en las últimas presentaciones de La Algodonosa, no solo se escuchaba la rítmica vibración de las cuerdas tiradas por los diminutos ejecutantes sino también aquel encantador tarareo de ángeles piojísticos, así que la gente aplaudía a rabiar no solo los sonidos de la guitarra mágica sino también las voces que se acoplaban como un guante de seda a las patas y dientes que pulsaban las cuerdas.
El Honorable Inspector de Sanidad colocó la enorme lupa sobre la caja de resonancia de la guitarra. Todos los cirqueros esperaban con el alma suspendida. Ninguno de ellos había reparado en la existencia de los piojos pues habían aceptado de Maleta Llena la versión de que era una guitarra encantada, pero temían que el hombrecito aséptico, escéptico, ascético, patético y peripatético pudiera encontrar algún virus en la cabeza, algún microbio en la ceja, algún hongo en el mástil, algún germen en el diapasón, alguna bacteria en la cintura, algún parásito en los trastes.
Antes de la llegada del Honorable Inspector de Sanidad, Maleta Llena, que ya no iba a los otros circos porque le gustaban sus propios payasos, había llenado los bolsillos de muchos billetes y monedas con las nutridas taquillas y había pagado los sueldos atrasados a los artistas, dejando para él una buena cantidad con el fin de abastecerse de crispetas y nubes de algodón meloso. También compró una bailarinita de cuerda que envolvió en papel satinado y entregó a la pequeña danzarina, después de dar muchas vueltas y revueltas y sobreponerse al pánico de ser rechazado por comilón.
Y como ya dije, las cosas hubieran marchado a las mil maravillas si no hubiera sido porque el Hombre Pájaro metió las narices en el circo y vio, bajo su enorme lupa, veintiún monstruos aferrados con las patas y los dientes a las cuerdas de la guitarra verde, abriendo unas enormes mandíbulas de donde salían voces que a él, acostumbrado a escuchar el martillar sobre los yunques y las sirenas de fabrica y taller de la zona industrial, le sonaron infernales.
Su primer impulso fue tomarse del zorro platinado que llevaba al cuello y gritar: ¡Vade retro! Luego se dio cuenta de que se había dejado impresionar por el agrandamiento de las imágenes producido por la lupa y se serenó. Miró a los cirqueros con una sonrisa de triunfo total, se acarició la mejilla aún enrojecida y fijó la vista nuevamente en la lupa, estudiando como un entomólogo el hormigueo de patas y mandíbulas que se desplegaba ante sus ojos.
El hombrecito no se conmovía ante el prodigio musical de aquel amor embrujado, solo tenía ojos para mirar la prueba que le permitía hacer que aquel circo indeseable, sucio y piojoso, lleno de parásitos, se fuera de su ciudad, puerta de plata, para que no la contaminara. ¡Habráse visto! Bajo la lupa, en una especie de movimiento allegro, los veintiún piojos —madre e hijos— se entregaban a su concierto, sumidos en Falla, ausentes del fallo implacable que estaba a punto de caer sobre las cabezas de los cirqueros. Por encima del hombro del pigmeo, los artistas, aunque guardaban silencio, no salían del asombro y la admiración ante aquel coro ahora visible de piojos cantores y ejecutantes. La pequeña bailarina de cintura de avispa y labios de sandía, en un gesto involuntario, buscó la mano derecha del gordiflón y la encontró llena de crispetas de maíz. Entonces se aferró a la mano izquierda que halló vacía pero untuosa de azúcar.

9
—¡Fuera! —gritó el hombrecito de nieve con una voz tan fuerte que no correspondía con su estatura. —Deberán pagar una multa por contaminar con piojos la ciudad. ¡Fuera de aquí, antes de que les decrete la cárcel! ¡Habráse visto! —dijo ya con voz más reposada y mirando con regusto a la bailarina, quien apretó con más fuerza la mano melosa y sudada de Maleta Llena.
El Honorable Inspector de Sanidad fijó sus ojitos de lagartija albina en la lupa y repentinamente volvió a tomar el emblema de plata de su cuello:
—Esto no puede ser sino cosa del Enemigo. ¡Habráse visto! Unos cochinos piojos que tocan guitarra y cantan. Son cosas de Baal-Zebub. Con más razón deben abandonar la ciudad. Y les duplico la multa, piojosos. ¡Habráse visto! —expresó inclinándose sobre la lupa mientras su cabellera caía hacia adelante en una cascada rubia y sedosa.
No sé decirles qué ocurrió. Pudo ser que los veintiún piojos miraron a su vez a través de la lupa y descubrieron aumentada la vitalidad de aquel abundante cabello. Entonces se olvidaron de Falla y brincaron como pulgas hacia los bordes de la lupa y de ahí, a la melena del hombrecito, poseídos por un hambre irracional de cabellera, por unas ganas carniceras de cuero cabelludo, por una sed vampiresca de hemoglobina. Y cuando el enano quitó la lupa de encima de la guitarra y la guardó en su inmunizado estuche, se llevó ambas manos a la cabeza, presa de unas pavorosas ganas de rascarse, y comenzó aquella sinfonía de uñetazos sobre la piel del cráneo mientras los veintiún piojos se saciaban como lobos diminutos o dráculas menudos y daban inicio al coro cantado y ejecutado de El amor brujo para que la especie de los anopluros se multiplicara sobre la faz de la cabeza del Hombre Pájaro en una infinita piojamenta pues habían descubierto el delicioso reino del plasma, el paraíso perdido de los glóbulos rojos y blancos, la frondosa selva dorada del regocijo.

10
Ahora, en la melena del Hombre Pájaro, madre e hijos tenían sedosa frazada para la noche, sabrosa sangre para la barriguita, abrigada cama para el amor y dulce música para el alma. Fue entonces cuando el Honorable Inspector de Sanidad se echó a llorar como un niño que ha perdido a su madre. Los cirqueros se miraron con la risa apretada en la boca pero luego se dieron cuenta de que aquel hombrecito nunca había recibido amor y terminaron contemplándolo con misericordia y legítimo cariño de padres adoptivos. Los payasos lo cogieron en sus brazos con mucha delicadeza, como se carga a un niño recién nacido que se ha untado por debajo, y comenzaron a darle palmaditas en las nalguitas de rana, sana que sana, para que se consolara y creciera mañana, mientras de la magnífica cabellera rubia seguía saliendo el ardoroso coro.
—¡Ya lo tengo! —dijo Maleta Llena. —De ahora en adelante presentaremos la cabellera dorada que canta por sí sola —afirmó al tiempo que buscaba la cara agradecida del hombrecito.
El Honorable Inspector de Sanidad sonrió complacido, hizo brillar sus ojitos de felicidad y movió la cabeza como un bebé al que le cumplen el deseo largamente aplazado de darle la mamina. Maleta Llena se dio cuenta de que la mano de la pequeña bailarina con cintura de avispa y labios de sandía seguía prendida de la suya. Entonces tiró lejos el maíz tostado que conservaba en la otra mano y por primera vez miró a la joven a los ojos con un amor sin crispetas y sin algodón de azúcar. Ambos se quedaron congelados en una contemplación de mucho amor y vuelo alto de poco peso, mientras los payasos daban golpecitos en la espalda y hacían mimos de cariño y camaradería al Honorable Inspector de Sanidad, que sonreía verdaderamente dichoso por primera vez en su vida. La octava maravilla del mundo, damas y caballeros: ¡El Hombre Pájaro cuya hermosa cabellera canta por sí sola! ¡No se lo pierdan, señores y señoras, ladies and gentlemen! ¡Habráse visto! Adelante, el gran espectáculo del circo, rataplán, va a comenzar, taplán, no se lo pierdan, taplán, adelante, taplán, plan, plin...
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© Manuel Guillermo Ortega
(Guillermo Tedio)
© Jeison Ariza (ilustraciones)
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IX – Número 36
Enero-Febrero-Marzo de 2009
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
El Baúl de los Disfraces
ISSN: 0124 - 9290
PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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