Las tres casas
de Marvel Moreno
Jacques Gilard
Universidad de Toulouse - Le Mirail
Tomado de la revista Huellas, Barranquilla, No. 47-48, 1997, pp. 10-20.
Sólo puedo hablar de las tres casas que le conocí, tres apartamentos distintos en París, a lo largo de los casi veinte años en que la vi con alguna regularidad, la que me permitía la distancia que media entre Toulouse y París; o casi, porque hubo algunos viajes tan breves que no me fue posible visitarla. He hecho un recuento y he llegado a la cifra de treinta y ocho encuentros en París —más uno en Toulouse.
Sin embargo, acordémonos brevemente de la casa de Barranquilla, la mansión del barrio del Prado, mitificados el barrio y la mansión por los relatos de Marvel, en los que aparecen con tanta frecuencia. Era la vivienda de la rama materna, los Abello —familia patricia que había dado a Barranquilla un alcalde ilustrado y emprendedor. La casa ya no existe, pues desapareció en la racha de especulación sobre terrenos y viviendas de los años 70 y 80, por culpa de los "marimberos" y del miedo a la inseguridad. Ahora, el Prado está protegido por sabios reglamentos de urbanismo, pero es demasiado tarde para muchas de esas casas de ensueño, y lo era ya hace años para la mansión de los Abello. Luego habría que acordarse de la etapa mallorquina; no sé muy bien en cuántas casas de la isla vivió Marvel, todas seguramente en el pueblo de Deyá, pero su atmósfera aparece rescatada en algunos de sus relatos, y también en las páginas de Años de fuga, la novela de Plinio Apuleyo Mendoza, primer esposo de Marvel.
Y vino, en los tiempos post-68, con la revista Libre y el trasfondo del caso Padilla, la etapa de París. Tampoco sé con exactitud en cuántos apartamentos vivió Marvel sucesivamente en los primeros años. Quizás habitó un tiempo en el sector de la calle de Alesia, cerca de la Porte d'Orléans, en el distrito 14. Jacques Fourrier me asegura que Marvel conocía el barrio por vivir allí su médico. Pero recuerdo su reacción ante un texto de Ramón Vinyes (el "sabio catalán" de Cien años de soledad); yo preparaba entonces para Colcultura una selección de escritos de Vinyes y había traducido al castellano fragmentos de su diario íntimo de refugiado político en Francia; le envié una copia a Marvel y ella se maravilló ante una frase en la que Vinyes hablaba de las campanas de ese barrio, cuyas notas parecían flotar largamente en el aire antes de caer lentas hacia los oídos de los habitantes : "Era exactamente así", me dijo Marvel, admirada por la capacidad de síntesis que había en el catalán. Así fue como supe que había vivido ella también en ese barrio, por un período breve o muy breve, si no recuerdo mal lo que me contó por teléfono ese día (era en junio de 1980) —lo cual no resulta realmente contradictorio con el testimonio de Jacques Fourrier.
Rue Croulebarbe, 75013 Paris
Más adelante, no sé muy bien, salvo una etapa en el barrio de Clichy, en la frontera de un sector caliente de sex-shops y prostíbulos. Como ya iban creciendo Carla y Camila, las hijas del matrimonio, y era mejor alejarlas de ese universo, Marvel y Plinio se mudaron tan pronto como les fue posible. Fue hacia la primavera del 75. Se instalaron en la rue Croulebarbe, en el distrito 13. Allí fue donde conocí a Marvel.
Era una calle ancha y sin embargo apacible, llena de curvas que debían recordar sus oscuros orígenes de caminito rural, reñido todavía con la rigidez ortogonal del urbanismo que impuso el barón Hausmann hacia 1860. Apenas dejaba uno el bulevar donde se abría la estación del Metro y entraba en la rue Croulebarbe, se respiraba otro aire y se oían ruidos más naturales, ya no el zumbido incesante y ensordecedor de los motores. Un poco antes de llegar al rascacielos donde vivían Marvel y Plinio, se ensanchaba la calle para formar una plaza a la que daban los edificios del Mobilier National, talleres y depósitos de los muebles de la República. Y había que enfrentarse con la prueba del ascensor : diecisiete pisos que el aparato subía con una velocidad que me dejaba aturdido. Arriba, era Marvel quien abría la puerta.
La primera vez fue el 7 de noviembre de 1975. Yo iba ese día a entrevistar a Plinio sobre su libro de relatos, El desertor. Marvel estaba dando una clase particular de español. Me hizo pasar y esperé a Plinio al otro lado del salón. Cuando llegó éste iniciamos el diálogo sobre El desertor, con el trasfondo de la clase particular. En un momento dado, Plinio se puso a hablar de las bucólicas campiñas de su provincia nativa, Boyacá: brincó Marvel, o poco menos, se olvidó de la clase, intervino y declaró perentoria que los boyacenses eran capaces de cortarle la cabeza a cualquiera , de un machetazo, sin motivo ni remordimiento ("¡Bucólico, Dios mío!"). Había hablado la costeña siempre desconfiada hacia los "cachacos". Marvel no empleaba palabrotas en vano, pero las empleaba cuando tocaba. Ese día no dijo más, pero yo sabía qué era lo que subyacía a su intervención: en las calles de su Barranquilla, al cachaco no solamente lo llaman cachaco, sino que le dicen habitualmente "cachaco hijueputa", y si no lo dicen, lo piensan. Todavía suena en la grabación la voz de Marvel expresando —sin malas palabras— su filosofía barranquillera.
En el piso diecisiete de la rue Croulebarbe, el salón tenía luz, mucha luz, la del día que entraba abundantemente por las cuatro ventanas desde donde se veía todo París. No estoy seguro de que entrara mucho sol, pues el apartamento debía dar hacia el norte, salvo quizás en las últimas horas de la tarde y me digo ahora que sólo en la primavera y el verano. Pero había épocas del año, cuando el cielo de París se mantiene tercamente nublado, en las que también entraba la negrura de la atmósfera exterior y había que prender la luz eléctrica para espantar la tristeza. Recuerdo que así era ese 7 de noviembre de 1975, y también en marzo de 1978, una tarde en la que visitaron sucesivamente a Plinio y Marvel el dramaturgo cubano Eduardo Manet ("Me vendría bien estar en el trópico, con hamacas y mulatas", dijo) y el novelista peruano Rodolfo Hinestroza.
Era una pieza de paredes blancas, casi totalmente desnuda de adornos. Había una mesita de trabajo, con la máquina de escribir de Plinio, y los sillones, sobre todo los sillones, de cuero obscuro, altos y blandos. O había al menos uno: el sillón de Marvel. Haciendo memoria, me doy cuenta de que no hay manera de volver a ver el asiento en que me instalaba yo para iniciar los largos diálogos con ella. En los tiempos de la rue Croulebarbe, siempre, siempre la vi sentada en ese sillón de cuero, el único que recuerdo visualmente, con sus largas piernas de reina de belleza, siempre enfundadas en un ceñido blue-jean, cruzadas a la manera de los sastres. Es la imagen indeleble que conservo, aunque no sé si hay una sola foto con esa actitud arquetípica de Marvel. El sillón era importante también porque era el que usaba para escribir. A sus pies, o sobre
la mesita baja que tenía al lado izquierdo, siempre había un cuaderno escolar o dos o tres, cuadernos de espiral, cuyas páginas se veían cubiertas de la letra inconfundible de Marvel y suscitaban en mí la tortura de la curiosidad siempre insatisfecha, pues Marvel se negaba a dejar leer una sola línea de lo que consideraba inacabado. El encendedor de gas y los paquetes de Marlboro (que a la larga la iban a matar, confabulados con el lupus que ella combatía valientemente desde hacía unos años) siempre al alcance de la mano: fumaba constantemente mientras escribía (decía ella) lo mismo que cuando conversaba (lo veía yo).
A su derecha estaba la jaula de los canarios (no recuerdo haberlos oído cantar), una alta jaula dorada de formas elegantes. La jaula, o más bien los canarios, eran un motivo de guerra, porque en el apartamento también estaban las gatas. Tres gatas, que se acercaban obstinadamente a la jaula con su flexible y reptante caminado de cazadoras. La más codiciosa era Salomé, la gata siamesa, la preferida, la inolvidable Salomé.
En ese salón del piso diecisiete, en el rascacielos de la rue Croulebarbe, fue donde Marvel escribió casi todos los cuentos de su primer libro, Algo tan feo en la vida de una señora bien. Aunque no creo hoy que fuera así exactamente: valdría mejor decir que los terminó casi todos, porque los tenía que llevar adentro desde hacía varios años. Cuando la conocí, habían salido solamente dos relatos. El primero, y único que terminó en Colombia, "El muñeco", era de 1969. Unos meses antes, Juan Gustavo Cobo Borda había editado "Oriane, tía Oriane" en Eco.
En mi primera visita al apartamento de la rue Croulebarbe, una vez concluida la entrevista (y también la clase particular de español), me dijo Plinio que Marvel escribía y ella protestó y se pasó a otro tema. Dos meses después, Plinio me envió "La sala del Niño Jesús", supongo que después de quitárselo casi a la fuerza, y me resultó obvio que había que publicar el texto en la revista Caravelle, para la que yo estaba preparando un número especial dedicado a Colombia. Mi entusiasmo por el cuento fue el punto de partida de una relación hecha de afecto y admiración, y el primer puntal de esa relación fue el rápido proceso mediante el cual plasmó Marvel el resto del libro. A partir de entonces, enero de 1976, sólo tardó año y medio en concluir el libro. Conservo todo el correo de esos años y allí tengo la reseña de cómo y cuándo fueron saliendo los relatos que me enviaba ella. Era su segundo lector después de Plinio. Tuve el inmerecido privilegio de ser la mirada exterior que necesitaba Marvel y fui el anuncio del público que había de leerla algún día. Esa complicidad de envíos, lecturas, llamadas telefónicas y encuentros fue un gran momento de mi vida. Cuando salió el libro, Marvel me dijo en la dedicatoria, que redactó en francés : "Es casi divertido dedicarle este libro a quien hizo posible su existencia."
Con el pasar de los años, estoy cada vez menos seguro de haber sido para Marvel la mirada crítica que ella necesitaba, pero no importa tanto, pues también estoy más convencido de que —aunque pensara ella lo contrario— la escritora sabía muy bien lo que iba haciendo, y sólo fui, con esa admiración que se renovaba en la lectura de cada cuento que me llegaba, la voz de aliento y el estímulo que le hacían falta no sólo para seguir adelante, sino para cuajar en tan poco tiempo el mundo que llevaba adentro. En cinco meses de 1977 escribió "La noche feliz de madame Yvonne", probablemente el relato de más reciente concepción, cuya idea me parece haber nacido con la inminencia y necesidad de rematar el edificio de Algo tan feo...
Cuando la volví a ver, el 17 de diciembre de 1977, otra vez en el rascacielos de la rue Croulebarbe, en una comida costeña que ella había preparado con motivo de mi visita (una deliciosa sopa de ñame), Marvel era ya la autora de Algo tan feo..., un gran libro de cuentos. En ese momento, había superado los peores embates de su grave enfermedad y eliminado los efectos del duro tratamiento médico de pocos años antes, y ella era —también— esa noche la mujer más bella que yo había visto, un milagro de adolescencia y madurez, y con su blue-jean, su suéter, su largo pelo suelto y esas huellas leves de un sutil mestizaje (que ya no disimulaba), mucho más bella que la reina de belleza que había sido a finales de los años cincuenta.
Ya para entonces Marvel se estaba convirtiendo en novelista. Lo era ya el día de julio del 77 en que terminó la redacción de "La noche feliz de madame Yvonne", que es más una novela corta que un cuento. Era el texto de transición hacia el otro género. Al final de ese verano, devorada por los nervios, trató durante unos días de hurtarle el cuerpo a la necesidad de emprender la obra mayor, pero no hubo más remedio que "salir a cazar el tigre", como anunciaba en una carta del 17 de septiembre de 1977. Y se hundió en la redacción de En diciembre llegaban las brisas. Ya había avanzado algo cuando la vi en diciembre, pero esa noche, en compañia de la sopa de ñame, se habló sobre todo de dónde publicar. Iba a ser un largo esfuerzo la búsqueda de un editor para sacar Algo tan feo..., muy largo y agrio, y el resultado fue lamentable: la editorial bogotana que por fin lo acogió apenas lo dejó circular, siendo sin embargo tan gran libro.
Pero ya había empezado la larga navegación de la novela en proceso. Me decía Plinio, en una carta de mayo del 78: " Marvel lleva tres capítulos —de 25 o 30 páginas cada uno— de su biblia barranquillera, en la que se anda paseando impunemente por tres generaciones. ¡Qué desmesura!" Seguí siendo el testigo de la elaboración del nuevo libro, un testigo no más lejano que en el caso de los cuentos, pero sí frustrado pues no recibía ya nada por correo. Marvel no enseñaba nunca nada antes de estimar que el texto había alcanzado la debida categoría estética. Había pasado algo especial sin embargo: me había nombrado albacea de la novela. Enterada de que las escaleras y mangueras de los bomberos de París no alcanzaban sino el piso quince de los rascacielos, no quería que se perdiera la novela en caso de incendio, y yo sería por lo tanto el encargado de preservar las partes ya presentables del manuscrito. Pero tenía que haber un período en el que el fuego y la enfermedad dejaran vivir a la escritora, pues ella no me enviaría nada mientras no considerara que lo escrito merecía sobrevivir. El fuego y la enfermedad la dejaron en paz, y el 13 de septiembre de 1979 Marvel echó al correo la primera parte de la novela (he conservado los dos sobres superpuestos en que iba el manuscrito). Pero me estaba prohibido abrir el sobre interior antes de la muerte de Marvel o, si ella vivía, antes de 1985. Ni el lupus ni el fuego nos habían jugado sucio. Al contrario: con la primera parte de la novela, Marvel se había ganado un pedacito más de inmortalidad literaria.
La estructura de En diciembre... lleva la marca de su entorno material, y es fruto de ese proceso que se inició y desarrolló entre dos miedos. Cada parte de la novela se basta a sí misma : si bien se completa con las otras dos y las completa a su vez, puede caminar sola y tiene un significado que la convertiría —de quedar trunca la redacción por decretodel destino— en un libro autónomo. Como el temor al incendio no era el único tormento de Marvel —ella sabía que podía matarla su enfermedad en cualquier momento—, las condiciones de la casa no son la única explicación, pero no es del todo inexacto decir que también los diecisiete pisos del rascacielos de la rue Croulebarbe y los quince pisos de eficacia de los bomberos son un poderoso elemento estructural que tengo el deber de entregar a la meditación de semiólogos y estructuralistas. ¡Alto ahí con las especulaciones demasiado sutiles, señoras y señores! En ello sigo y seguiré siendo el albacea de la novela.
Rue de Ridder, 75014 Paris
Y siguió Marvel escribiendo la novela. Pero al cabo de un poco más de un año, ya no fue en el salón del piso diecisiete desde donde se podía ver todo París. Marvel conoció a Jacques Fourrier y se separó de Plinio. De boca de éste lo supe, creo recordar, en noviembre o diciembre de 1980, en uno de nuestros encuentros en los que íbamos revisando mi traducción de su novela Años de fuga. A principios de enero de 1981, una llamada de Marvel me dio a conocer su nuevo domicilio y su nuevo teléfono. Jacques Fourrier me entregó hace unos meses las cartas mías que Marvel había conservado y así es como sé ahora que fue el día 8 de enero del 81 cuando le comenté en una carta esa llamada, que debió ocurrir la víspera o la antevíspera.
De modo que a Marvel la seguí visitando, pero ya en el No. 4 de la rue de Ridder, en el distrito 14, una callecita tranquila a dos pasos de la rue Raymond-Losserand —célebre entonces por un "squatt" escandaloso— y cerca de dos grandes hospitales parisinos cuyas ambulancias nos enviaban de vez en cuando las estridencias de sus sirenas. Era una casa apacible, de cuatro pisos, de una arquitectura característica de los años 20. Marvel y Jacques Fourrier vivían en el segundo piso, de modo que —aunque había Ascensor— siempre pude subir hasta allí en forma natural y pedestre. Como había que avisar desde abajo, Marvel siempre me esperaba en el marco de la puerta de entrada. La pieza donde me recibía era clara pero exigua, y había que abrir más de una vez la ventana para disipar las nubes de humo que se acumulaban de tantos cigarrillos que fumábamos ella y yo mientras conversábamos. Los gatos armaban a veces sus bochinches. Marvel había llegado a la rue de Ridder con su inseparable gata siamesa, Salomé la inolvidable, y Salomé tenía al principio serios conflictos con Loustic, el enorme gato blanco de Jacques Fourrier, conflictos de los que salía la gata siempre vencedora, con el irrestricto y —dicha sea la verdad— nada imparcial apoyo de Marvel. Al cabo de algunos meses, el deprimido Loustic fue regalado a una amiga colombiana en cuya casa vivió hasta bien entrados los años 90. Luego Marvel compró otro gato, otro siamés, al que dio el nombre del dios egipcio Horus. No fue fácil la convivencia entre Horus y Salomé, pero convivieron. Salomé murió en una fecha que no recuerdo, hacia el 85 según me dijo hace poco Jacques Fourrier, pero en cambio sí tengo bien presente la vez que Marvel me dijo por teléfono que estaba derramando por la muerte de Salomé todas las lágrimas de su cuerpo. Un poco después apareció otro gato más, un birmano azul, que recibió el nombre de Shalom. No tengo tantos recuerdos de Shalom; veo su imagen, sé que nos saludábamos a la manera de los gatos, un secreto que le revelé a Marvel, pero no mucho más.
El apartamento de la rue de Ridder fue el nuevo marco de la labor de Marvel. Y fue otro sillón, un sillón de color claro, donde se sentaba a escribir, de espaldas a la ventana (como en la rue Croulebarbe, me digo yo ahora), con los mismos cuadernos escolares de espiral, el encendedor de gas y el paquete de Marlboro. Los gatos podían hacer de las suyas más a sus anchas, y Marvel podía concentrarse en la escritura sin que interfiriera ninguna inquietud : la jaula dorada y los canarios se habían quedado en la rue Croulebarbe. En la rue de Ridder se continuó y concluyó la segunda parte de En diciembre..., y se redactó también la tercera. Fui recibiendo los sobres correspondientes, pues seguí siendo albacea de la novela. Ya no había el temor del incendio, pero subsistía el de la enfermedad. Cuando llegó el último de los tres sobres (uno solo esa vez, y ya no dos superpuestos: obviamente, Marvel estaba ya más tranquila), recibí permiso para abrirlos, los tres, y leer la novela —a la que le faltaba aún el epílogo con que la conocemos hoy.
Mientras tanto, se había desarrollado el para mí apasionante episodio de la traducción de Algo tan feo..., que interfirió por unos meses en la redacción de la tercera parte de En diciembre... Los contactos con Editions des Femmes se habían hecho en la primavera del 82, se había firmado el contrato y, a mi regreso de Colombia, en el otoño de ese año, inicié la labor de traducción. Una vez revisado y pulido con notas manuscritas el primer chorro mecanografiado de la traducción de un cuento, hacía una copia limpia, que le enviaba a Marvel. Cuando se habían acumulado tres o cuatro cuentos, yo viajaba a París y trabajábamos en la lectura crítica de mi versión. Fueron tres viajes, difícil de olvidar el primero pues coincidió con la noticia del premio Nobel otorgado a García Márquez, o sea que tuvo lugar el jueves 21 de octubre de 1982. Luego viajé a principios de diciembre y una vez más pocos días antes de Navidad. Largas horas de trabajo compartido, leyendo en voz alta para juzgar el ritmo, comparando los méritos de sinónimos, buscando cómo restituir mejor una imagen original o dar a entender qué es de verdad un olor, o una luminosidad, o un sonido propio de Barranquilla. Riéndonos a veces en la perplejidad (¿ qué cliché emplear para decir tontamente que la tonta secretaria de "La eterna virgen" ha tenido sus reglas?), y otras veces, las más, sudando largamente sobre el equilibrio musical de una frase compleja : recuerdo un hermoso pasaje de "Ciruelas para Tomasa", cuatro líneas al máximo, que nos tuvo en jaque no sé cuánto tiempo y se resolvió unos días después por teléfono. En forma general, el francés no tolera las frases largas, y el caso era que Marvel escribía frases a veces muy largas, a la manera de Faulkner y Virginia Woolf, dos autores en cuyas versiones francesas puede apreciarse con frecuencia, por indebidas segmentaciones, el pésimo efecto de esa limitación de mi idioma. Yo mismo me había fijado, desde antes de empezar, la meta de no cortar nunca las frases de Marvel y tenía que pasar la duras y las maduras, en no pocas ocasiones, para llegar a un resultado satisfactorio, que no se maltratara la sintaxis, ni la semántica, ni la línea musical de la frase; fue lo que pasó más de una vez, y muy en especial con ese pasaje de "Ciruelas para Tomasa". También hubo los dolores del parto que asumí en su totalidad, enfrentándome con las inapelables negativas de Marvel ante cada solución que le proponía, para traducir el título de "El muñeco", y la iluminación que vino en el momento mismo de pasar en limpio la versión definitiva —cosa que le avisé inmediatamente por teléfono y suscitó en ella un grito de satisfacción o de alivio. A veces, saturados por la búsqueda e incapaces ya de dar un paso más, esperábamos el regreso de Jacques Fourrier para someterle el punto dudoso, que él examinaba en forma circunspecta, proponiéndonos unas soluciones entre las que Marvel escogía la que mejor funcionaba— y me tocaba, en los días siguientes, hacer el balance, resanar y zanjar. Marvel sabía apreciar las posibilidades del francés. Lo hablaba muy bien, pero era una escritora tan escrupulosa en su propio idioma que tenía una prudencia infinita hacia la otra lengua : podría haber escrito un buen francés, pero no lo hizo nunca. En cambio, su agudo sentido de la lengua hacía de ella una formidable compañera en ese ejercicio y fue otro privilegio que tuve a propósito de Algo tan feo...: firmé entonces y sigo hoy firmando la traducción en un ciento por ciento, es mía y la siento mía, salvo que esa labor creativa se hizo en ósmosis maravillosa con quien había concebido ese universo. Y cuántos paquetes de cigarrillos habremos quemado durante esas tardes largas e intensas del otoño y el invierno de 1982 en el saloncito del segundo piso de la rue de Ridder.
Allí se terminó después la redacción de la tercera parte de En diciembre…, allí vivió Marvel el proceso que llevó a la edición de la novela por Plaza & Janés de Barcelona, y allí inició una nueva etapa en 1986: "Barlovento", que también publiqué sin demora en Caravelle, inauguró la serie de cuentos que constituyeron el volumen El encuentro y otros relatos. Los primeros de la serie nacieron en la rue de Ridder, y los últimos en la tercera casa de Marvel.
Rue des Couronnes, 75020 Paris
No recuerdo exactamente cuándo fue que Marvel me dijo que ella y Jacques Fourrier debían mudarse, por causa de una decisión que les acababa de comunicar el dueño del edificio. Estoy seguro de que se lo oí en el saloncito, de viva voz, y no por teléfono. Entonces llego a pensar que tuvo que ser en mayo del 89, en un viaje rápido que hice entonces a París, al cabo de más de un año de no ir. La mudanza se hizo poco después, en junio. Cuando la traducción italiana de En diciembre... ganó el premio Grinzane-Cavour, Marvel fue a recibir el premio, y Jacques Fourrier aprovechó para efectuar el trasteo, ahorrándole los cansancios y sinsabores de esa operación. Cuando ella regresó de Italia, encontró ya instalada su nueva casa. Era en el distrito 20, en la rue des Couronnes, un quinto piso cuyo salón recibe por un lado una intensa luz, mientras que el fondo queda en la penumbra. La rue des Couronnes también es una calle tranquila, quizás más que la rue de Ridder, y tiene una leve pendiente. Abajo está el bulevar, un bulevar africano, con una población negra y árabe. En este sector era donde Marvel, mientras tuvo la fuerza, sacaba a paseo a la perrita, una novedad del mes de julio de 1989, extraña para mí que solamente había conocido en Marvel la pasión por los gatos. La minúscula y vivaracha Donina (había habido una primera Donina en la mansión de Barranquilla, probable explicación de la novedad) entró en la vida de Marvel poco después del viaje a Italia, y fue el signo animal de la vida que llevó Marvel en la Rue des Couronnes, de sus últimos seis años de vida. En los bucles, los brincos y los ladridos de la perrita se habían convertido algunas de las escasas liras que significó el premio literario italiano. Donina acompañó a Marvel hasta después de muerta, y vive ahora —sensible, inteligente e inquieta— como mutilada del afecto de su ama. El que no soportó la irrupción de Donina fue el bondadoso Horus, y el siamés con nombre de dios egipcio fue regalado a una casa amiga donde sigue llevando una vida feliz de gato tranquilo.
Al apartamento de la rue des Couronnes no fui tantas veces. Eran ya años en los que siempre me escaseaba el tiempo y, viajando yo con menos frecuencia, se hizo también cada vez más fuerte la proporción de viajes que no eran sino una ida y vuelta de veinticuatro horas o menos. En esos casi exactos seis años que Marvel pasó allí, debo haber ido cuatro veces. El teléfono, en cambio, siguió funcionando y el correo me traía puntualmente cada texto que Marvel escribía. De los cuentos de este período, tres más fueron publicados en Caravelle, hasta "El revólver" que salió pocos días después de morir su autora. En la rue des Couronnes se concluyó la serie de cuentos que formaron El encuentro y otros relatos, y se inició otra serie que consta de los suficientes textos como para dar un nuevo libro ; tocará algún día, espero que muy pronto, buscarle un título para su edición en volumen. Y también escribió Marvel otra novela, El tiempo de las amazonas.
A la casa de la rue des Couronnes pertenece por consiguiente la tercera y última etapa de la trayectoria literaria de Marvel. Ya era otra persona, y al decirlo no me refiero a los problemas de salud que se agudizaron fatalmente en esos años. Es cierto que sus pulmones pagaban el altísimo precio de tantos marlboros fumados en veinte años de escritura despiadada, pero no hubieran sido tan terribles sus efectos de no haber quedado Marvel irremediablemente debilitada por el lupus. Y fue en efecto esa combinación de males lo que la terminó matando, pero era otra cosa su estado de ánimo, que le da a las obras del final una tonalidad específica: escritos los cuentos de Algo tan feo..., exhalado con En diciembre..., esa biblia o summa de lo barranquillero, todo lo que quería expresar Marvel, ella estaba como apaciguada. La serenidad también le venía de su matrimonio con Jacques Fourrier, un matrimonio extraordinariamente feliz, hecho de amor y de sabiduría. Todo lo que vivió entonces, al menos una vez concluido En diciembre..., era un portentoso regalo de la vida: hay en adelante una indudable marca de alegría en la escritura de Marvel, incluso en los relatos más trágicos o sombríos de esa etapa. (Aquí cuelo una alusión ineludible: ella, que tanto sabía de enfermedades y sufrimientos físicos, se sintió afectada hasta lo indecible por los males implacables que terminaron matando a dos de sus grandes amigos pintores, Darío Morales y Luis Caballero). Era, como hubiera dicho ella, una ñapa, una grandiosa "ñapa". Hablaba de sus dolencias, claro que sí, pero no quería molestar a sus amigos con ellas, y la obra, que iba prolongándose más allá de lo previsto, era lo que importaba. Una "ñapa" para la posteridad, más motivos de complicidad con el público que ella ya tenía sin lograr creerlo de verdad. Creo que ése fue su único tormento: el de sentirse o creerse desconocida en lo que era. No era verdad, pero hay que admitir que le llegaron pocos ecos, y eso le dolió más que cualquier órgano de su cuerpo.
La última vez que la vi, el 20 de marzo de 1994, fue precisamente para revisar con ella y comentarle la primera versión de El tiempo de las amazonas (tuvo tiempo para revisar la novela a fondo en los quince meses de vida que le quedaban). La preocupaba el exceso de galicismos que le parecía cometer en esas páginas - pese a lo que solía yo decirle: que muchos de sus supuestos galicismos eran una manera propia de enriquecer al castellano. Siempre había alguno que se podía evitar, pero no eran tantos los casos, en total.
Ese día, una vez terminada la sesión de trabajo, nos enfrascamos ella, Jacques Fourrier y yo en una larguísima y apasionada conversación sobre mestizaje y democracia en América Latina. No sé si es porque el tema me interesa cada vez más desde hace unos años, pero lo cierto es que ese interrogante corre por debajo de toda la obra de Marvel. Yo lo había entrevisto en sus cuentos iniciales, llegando a afirmar que Marvel rescataba los valores negroamericanos de desinhibición y libertad en todos los órdenes de la vida (un comentario que la había encantado, recuerdo), y me parece que se vuelve muy evidente en En diciembre... y se confirma en algunos de los cuentos de los últimos años, especialmente en el que abrió la tanda, "Barlovento". El caso es que hubo pasión en la larga conversación de ese domingo de marzo, de hace casi dos años, y que nos prometimos volver a debatirlo en oportunidades posteriores. No las hubo, pues no volví a París en
más de un año y Marvel se murió. Cuando me acompañó hasta la puerta del edificio, esa noche del 20 de marzo de 1994, en compañía de la perrita - alborozada ésta por la breve salida del apartamento -, de repente me di cuenta de que Marvel estaba disminuida físicamente. Mientras se quedaba sentada en otro de sus infaltables sillones, era la misma mujer bella de siempre, apenas rozada por las primeras señales del envejecimiento, que no hacían más que exaltar esa belleza, pero no era lo mismo cuando se movía, aun en el exiguo espacio, vestíbulo, rellano y pasillos, del edificio de la rue des Couronnes. El agotamiento dejaba ver entonces su huella. Lo entreví apenas, me despedí de ella y corrí hacia el taxi que me esperaba en la esquina bajo un violento aguacero.
Como otros amigos, que igual que yo hablaban con ella por teléfono, ignoré que su voz sonaba distinta en el auricular y no llegué a pensar que fuera mensaje de luto el que Jacques Fourrier había dejado en mi respondedor ese lunes de Pentecostés.
No fui a París el día que la incineraron. Viajé a finales de agosto y trabajé largas horas con Jacques Fourrier y estuvo Plinio un momento, y yo tenía la impresión de que Marvel iba a aparecer en cualquier momento en la puerta del salón, para comentar con nosotros los papeles que íbamos revisando. En noviembre, invitado por una asociación de colombianos de Estrasburgo, leí por primera vez una conferencia sobre su figura y su obra; en más de una oportunidad durante la charla mi voz se resistió a salir, y tuve la impresión de que entonces empezaba a hacer mi luto. Pero aún no es el caso: desde entonces, a la hora en que anochece o cuando ya es de noche (nuestras conversaciones telefónicas no tenían lugar sino de las siete en adelante), siento con frecuencia el impulso de descolgar el aparato y comentarle algo que se me acaba de ocurrir —como solía hacer, antes—, para continuar la conversación iniciada más de veinte años atrás. Exactamente como si, en el salón de la rue des Couronnes, fuera Marvel a contestarme, como siempre.
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© Jacques Gilard
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IX – Número 36
Enero-Febrero-Marzo de 2009
PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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