La narradora Marvel Moreno
y su crítico más acucioso, Jacques Gilard
Para quien era testigo admirativo de la elaboración del primer libro de la colombiana Marvel Moreno, fue más que una sorpresa descubrir la obra de la puertorriqueña Rosario Ferré: era como oír acentos entrañablemente familiares en una voz desconocida. A casi veinte años de distancia sigue deslumbrando la íntima relación que existe entre esos dos libros de cuentos de los años 1970, dos libros que se fueron elaborando en casi perfecto paralelo sin que sus respectivas autoras supieran la una de la otra [1]: Papeles de Pandora [2], de Rosario Ferré, y Algo tan feo en la vida de una señora bien [3], de Marvel Moreno [4]. Intentaremos aquí poner de manifiesto lo que era y sigue siendo por encima de los años una asombrosa hermandad.
Rosario Ferré y Marvel Moreno pertenecen a la misma generación y ambas surgen del complejo de la cultura caribeña. La viven con el punto de vista de mujeres e intelectuales que han nacido en la élite social, es decir que, formadas en un ambiente que era de recelo frente al mestizaje negroamericano, terminan adoptando una actitud de connivencia con ese poderoso ingrediente cultural de sus sociedades respectivas -que también son una misma sociedad, la caribeña. La pertenencia a la élite genera en ambas una lucha con las censuras de su medio, una lucha que sin embargo deja intactos tanto una forma de nostalgia como unos cuantos mitos, desembocando por otra parte en cuestionamientos, más profundos, de viejos y nuevos conformismos. Se ven la una y la otra íntimamente vinculadas con el ámbito físico y afectivo de sus ciudades de origen: Ponce en el caso de Rosario Ferré y Barranquilla en el de Marvel Moreno, dos ciudades que representan identidades y comportamientos fuertes enfrentados con el prestigio de las capitales y los estragos de la dependencia económica. En ambos casos, por consiguiente, se advierte una defensa matizada de valores a la vez señoriales y locales.
Tanto en Rosario Ferré como en Marvel Moreno, por una cuestión de tipo generacional, hay una aguda conciencia de los aportes de su tiempo, aportes que también plantean ineludibles exigencias. Primero en lo relativo a la literatura hispanoamericana. Ellas son testigos del estallido del boom, un hecho que vuelve evidentes para los escritores jóvenes unas cosas que no lo fueron para una gran mayoría de sus antecesores (en especial la necesidad de un alto rigor profesional), pero lo presencian en una etapa que ya es para ellas de tanteos literarios, cuando han almacenado gran cantidad de lecturas y han intuido o determinado lo que han de ser sus derroteros propios. El boom sólo es un impulso más en la madeja de impulsos de donde empezaban a surgir sus proyectos respectivos; es un reto y un estímulo. En segundo lugar, los vendavales de la época —en el Mare Nostrum americano, con Cuba en el epicentro —significaban un trasfondo ineludible que marca las obras de ambas. Íntimamente mezclados aparecen allí el despertar de las minorías, la reivindicación feminista y las luchas de liberación del Tercer Mundo— punto este último en el que la puertorriqueña había de presentar una particularidad, dada la situación colonial de su isla nativa. Aquí es por consiguiente donde se deben ver los rasgos que, aunque de exigua importancia, diferencian los procesos de las dos escritoras.
Tal vez convenga mencionar primero lo que separa sus relaciones con la literatura. Esta fue materia de estudio académico para Rosario Ferré, quien fundó además y dirigió una revista literaria, Zona de carga y descarga, y puede definirse no solamente como una escritora sino también como una literata, habiéndose dedicado con alguna regularidad a la columna de prensa y al ensayo. Marvel Moreno, en cambio, es exclusivamente escritora; si bien participó en la aventura de la revista Libre y vivió entonces intensamente la crisis de la conciencia latinoamericana que fue el caso Padilla, lo hizo más por el lado de la política que por el de la literatura; sus estudios superiores fueron de ciencias económicas, y ella aparece más bien como una apasionada e intransigente autodidacta de las letras, formada por las lecturas que adelantó desde la niñez, escribiendo también desde muy temprana edad, si bien esperó hasta los treinta años para publicar su primer cuento ("El muñeco", 1969) [5] .
En segundo lugar importa fijarse en la diferencia de las vivencias políticas. En Rosario Ferré deja una profunda impronta la situación colonial de Puerto Rico. Es hija de un ideólogo y líder insular cuya carrera culmina en la propia gobernación de la isla —lo cual no impide que ella adopte sin mucha demora, una vez inmersa en la vida literaria, una postura independentista. La oposición que reiteradamente estipulan los cuentos de Rosario Ferré entre las grandes familias tradicionales y la ascendente burguesía entreguista le debe mucho a la dolorosa cuestión del estatuto de Puerto Rico: las alienaciones condenadas en esos cuentos aparecen claramente vinculadas a la condición colonial de la isla. Son otros, lógicamente, los condicionamientos que obedece la formación del universo de Marvel Moreno, si bien surge un casual parecido —pero no por casual menos efectivo— al concederle una gran importancia a la grieta que divide la cultura y la nacionalidad colombianas entre costeños e interioranos ("cachacos"). Las vicisitudes históricas del tiempo de formación también tuvieron su papel, por medio de las huellas profundas que dejó la "Violencia" colombiana (de la que se supo preservar Barranquilla) y sobre todo de los contactos con las redes urbanas que apoyaban la lucha guerrillera en los años 60, y de una rápida y completa desilusión; la comprobación de que hubo grandes errores en los planteamientos y el desarrollo de luchas que primero parecieron urgentes y decisivas devolvió a Marvel Moreno a un interés duradero por rasgos más estables del panorama social y cultural de su tierra y su ciudad nativas.
Las diferencias aquí subrayadas pueden explicar ciertas características individuales en el tratamiento de algunos de los temas comunes a las dos escritoras, pero de ninguna manera llegan a afectar una identidad a la vez profunda y llamativa entre sus universos respectivos. Antes de abordar el aspecto temático, el que nos va a ocupar aquí, evocaremos rápida y superficialmente lo que podría ser objeto de un estudio prolijo, el problema de las formas. El caso es que, tal vez como efecto de sus estudios de literatura, Rosario Ferré parece haber dedicado más atención a la cuestión formal, ilustrando con indudable virtuosismo los procedimientos de escritura entronizados por el boom. Es sólo una cuestión de cantidad, pues Marvel Moreno también practica esos procedimientos, sólo que en forma mucho menos sistemática —como si de su frecuentación de los clásicos hubiera sacado una gran reticencia hacia lo que amenazaba convertirse en una moda. Cuestión de grados, en realidad, pues tanto Rosario Ferré como Marvel Moreno han integrado los aportes de los grandes escritores hispanoamericanos de su tiempo. Y ambas se reencuentran plenamente— salvo las perspectivas distintas nacidas de vivencias individuales - en el manejo de una temática compartida.
Un sabio manejo de lo real maravilloso
Rosario Ferré y Marvel Moreno se estrenan como escritoras cuando Carpentier, Rulfo y García Márquez han restituido a la literatura esa línea de lo maravilloso que el realismo decimonónico había expulsado de la novela y el cuento y que sólo la literatura fantástica había preservado en una forma necesariamente ambigua. En el ámbito del Caribe —tal como lo habían demostrado e ilustrado Carpentier y García Márquez— existía esa posibilidad de lo real maravilloso, que es dimensión inherente a la vida cotidiana en las clases populares y que la élite social no desconoce. El rescate que de esa dimensión acababa de efectuar la literatura caribeña fue aceptado por Rosario Ferré y Marvel Moreno, con una mayor facilidad en la medida en que esa dimensión les era muy familiar, pero lo aprovecharon con mesura por no creer que se debiera tratar de un rasgo distintivo obligatorio de la narrativa hispanoamericana. Por tomar lo maravilloso con naturalidad, tuvieron toda la lucidez necesaria para considerar que no era un ingrediente imprescindible de cualquier relato, y en efecto distan mucho de usarlo sistemáticamente —demostrando así su desconfianza hacia lo que en un tiempo pudo pasar por infalible receta, y la conciencia que tienen de lo que ha de ser su propia literatura, herencia ineludible pero que ha de manejarse en forma autónoma y personal.
Es Rosario Ferré la que menos ha acudido a lo maravilloso. En "La muñeca menor" se relata el irónico castigo que las fuerzas telúricas de la isla infligen a la deshumanización que ha significado el ascenso de una burguesía sin alma; una causalidad misteriosa e implacable genera un ambiente de cuento de hadas que podría haberse convertido en un rasgo propio de la autora y que ésta prefirió no volver a usar posteriormente. "Cuando las mujeres quieren a los hombres" propone la inexplicable permutación final entre la prostituta negra y la burguesa esposa blanca, que intercambian sus envoltorios corporales. En "La caja de cristal", la venganza del protagonista contra sus parientes aburguesados aparece como un castigo en nombre de los valores de la tierra. En otros cuentos, prevalece más bien una atmósfera alucinada que enriquece y trasciende la realidad sin verdadera ruptura, y hace pensar en el realismo mágico —con su originario sentido pictórico. Entonces, el mundo se ve a la manera que lo ve Marina a través del papel celofán, en "Marina y el león".
Marvel Moreno utiliza más abundantemente lo maravilloso y lo hace con matices variados. "Oriane, tía Oriane" aún resulta cercano a lo fantástico, dada la vacilación que puede suscitar en el lector entre explicación natural y explicación sobrenatural, pero el universo de sus personajes es indudablemente el de lo maravilloso dentro de lo cotidiano: el fantasma de un joven suicida de la Belle Époque tiene una relación sexual con una niña, sobrina nieta de su hermana, usando ésta a aquélla como carnada para revivir indirectamente una remota pasión incestuosa. En "El muñeco", la última mujer de una gran familia venida a menos cree en la presencia de los espíritus y en el poder de la magia —aunque el verdadero drama radique en sus bloqueos ideológicos. La protagonista de "La muerte de la acacia" mantiene con su entorno relaciones misteriosas (su complicidad con los pájaros) y disfruta de poderes cuya naturaleza no se llega a aclarar. La aristocrática abuela, en "Ciruelas para Tomasa", vive en empatía con los marginales y los brujos, mientras los monólogos de Tomasa evidencian una mezcla asombrosa de demencia y lucidez, cercana a la videncia. En "La noche feliz de Madame Yvonne", el relato se centra principalmente en una vidente, la cual, gracias al conocimiento que tiene de la élite local, a una certera penetración de los afectos humanos, y a una compasión verdadera, consigue ir más allá de las apariencias y tener auténticas visiones; si bien el personaje se mueve en la línea divisoria de medicina y videncia, se está sin lugar a dudas en un universo regido por los astros.
En ambas autoras, como se ve, hay una conciencia aguda de los mecanismos de lo que podría pasar por mera superstición y de su decisivo influjo en la relación del hombre y la mujer caribeños con sus semejantes y su entorno. Si integran ese elemento capital a sus ficciones, se niegan sin embargo a explotarlo de manera indiscriminada o ilimitada; lo usan en función de la economía interna de cada relato, demostrando tener una actitud muy crítica hacia lo que podía haberles asegurado un éxito fácil pero transitorio, y se orientan así lúcidamente hacia sus personales vías creativas.
Eludiendo los peligros de las sagas familiares
Es llamativo observar que tanto Marvel Moreno como Rosario Ferré han logrado mantenerse a salvo de la línea —también grávida de éxitos transitorios— que parecía brindarles Cien años de soledad. Es precisamente lo que permite cobrar conciencia de que ambas habían leído profundamente a Faulkner antes de aparecer la novela de García Márquez, con lo que estaban aptas para aprovecharlo en forma personal, sin someterse al atractivo peligroso de la saga de los Buendía. Más allá de lo que significan las peculiaridades irreductibles de las vivencias personales, está claro que ambas se negaron a sí mismas, cada una por su lado, el facilismo destructor de escribir a su vez, miméticamente, sus sagas respectivas. Lo subraya la lectura de Papeles de Pandora y Algo tan feo... por la elección deliberada de lo fragmentario; en los relatos de Rosario Ferré y Marvel Moreno, donde importa el drama de un momento, la evocación de la saga se hace solamente en retrospecciones. Los libros posteriores de ambas —En diciembre llegaban las brisas [6], de Marvel Moreno, y Maldito amor [7], de Rosario Ferré— confirman la solidez de esta elección, o de esta negativa.
Marvel Moreno elige un momento álgido, de la época contemporánea en algunos casos ("El muñeco", "Algo tan feo...", "La noche feliz..."), de la niñez de una mujer de los años 60-70 en otros casos ("Oriane, tía Oriane", "La Sala del Niño Jesús", "Ciruelas para Tomasa"), para revivir tiempos y valores pretéritos. Es el pasado de las grandes familias, con frecuencia empobrecidas, el que determina las actitudes generosas; actitudes de las que son incapaces los encumbrados de turno, nuevos ricos sin delicadeza ni aliento. La decadencia económica puede ser un hecho cumplido (la mayoría de los cuentos de Marvel Moreno) o puede haberse conjurado ("La muerte de la acacia"), pero la herencia moral constituida por el ejemplo de los antepasados sirve para enfrentarse con las exigencias de los tiempos nuevos.
En los cuentos de Rosario Ferré, la actitud general de los personajes de la vieja élite resulta muy semejante, sólo que se complica con el ingrediente de la perspectiva nacionalista —por medio de la cual la traición a la tierra y a la identidad hace más evidentes los estragos de la vulgaridad en los advenedizos, depurando más aun la herencia moral que deben asumir los últimos miembros de la aristocracia. Son las grandes familias de la sacarocracia puertorriqueña enfrentadas con la mutación de la sociedad insular. Tampoco hay saga pese a que los cuentos "La caja de cristal", "El abrigo de zorro azul", "El jardín de polvo", "Marina y el león" —centrados desigualmente en torno al personaje de Marina— aparecen como el asomo de una novela que no se ha publicado y probablemente tampoco se ha escrito. Estos cuatro cuentos evocan un mundo semejante al que vemos agonizar en "La muñeca menor". Se trata de familias en que los personajes fieles a sus valores presencian la corrupción de sus parientes por la mentalidad burguesa y la entrega a los intereses norteamericanos. Otros cuentos ilustran diversamente el rechazo a la penetración de los valores del Norte: "Amalia", donde la decadencia moral se materializa en la sospecha del incesto; "Mercedes Benz 220 SL", "La Bella Durmiente" y "El collar de camándulas", donde se presencia la muerte de quienes combaten a la vulgaridad sin saber usar las armas adecuadas. Rosario Ferré presenta además la particularidad —vinculada con la cuestión colonial— de sugerir la posibilidad de una rebeldía del medio físico, de las fuerzas telúricas, ante la contaminación —ambiental y ética— que ha venido a mancillar toda una geografía.
En la afirmación de la vigencia de ciertos valores morales —ya no sociales— frente al alud del arribismo y el mercantilismo, se ve que van al unísono las dos cuentistas. Reivindican una forma añeja de generosidad —tal vez mitificada— que les parece ser una posibilidad para los tiempos nuevos, a condición de que se adapten inteligentemente a las condiciones del presente, adaptación que no sería de ninguna manera una renuncia a lo esencial. Ahí es donde se marca a la vez su reconocimiento y su reticencia ante la línea que parecía haberse impuesto con Cien años de soledad a los escritores hispanoamericanos, precisamente porque Papeles de Pandora y Algo tan feo... son aprovechamientos originales, críticos desde el principio, de los modelos faulknerianos. Hay un mundo común en los orígenes, el de la sociedad de plantaciones y latifundios, un marco compartido en lo imaginario, el de las historias de familia, pero también ambas autoras conciben la saga familiar no como motivo para un relato exhaustivo sino como pauta para una evaluación del presente y para forjar un porvenir —y es donde asoma una característica femenina, no solamente en la escritura, sino también en una cierta concepción de la historia y de la vida colectiva.
El horror a todas las mutilaciones
Aquí es donde nos encontramos con mayor nitidez ante la evidencia de que ambas obras son literatura femenina. No podrían, por cierto, definirse tan fácilmente como literatura feminista, pese a los elementos comunes que con ésta se les pueden reconocer —y el caso es que ninguna de las dos ha sido reivindicada como tal por un movimiento militante, habiendo al contrario expresión de ciertas reticencias a propósito de los planteamientos de Rosario Ferré. De hecho, ni ésta ni Marvel Moreno piensan en la escritura como una militancia, y la lectura de sus relatos insinúa más bien que incluyen sus obras una reivindicación que pretende abarcar por igual a las dos mitades del género humano. Si contra algo protestan ambas, es contra la mutilación, cualquiera que sea (del cuerpo, de la inteligencia, del afecto) y cualesquiera que sean sus víctimas, niñas o niños, mujeres u hombres. Evidentemente, son primero las mujeres y las niñas víctimas de la sociedad machista, católica y burguesa, pero no son solamente ellas.
En los relatos de Rosario Ferré, a primera vista, es la mujer la que aparece sistemáticamente como la víctima de la mutilación. Es negada como persona, sobre todo por la ascendente sociedad burguesa ("La muñeca menor"). En otros casos, es una víctima que no se conoce a sí misma como tal, por acatar y asumir, hasta vigorosamente, el punto de vista del tosco dominador masculino, que es al mismo tiempo un perfecto burgués: "Mercedes Benz 220 SL". Puede ser sofocada no solamente como mujer sino también como artista, a la vez explotada económicamente y acosada moralmente: "La Bella Durmiente". Hay casos más complejos. Como en "Cuando las mujeres quieren a los hombres", cuento en el que la esposa se ve negada en su sensualidad al mismo tiempo que la concubina lo es en su dignidad. O como en "El collar de camándulas", en que la burguesa que se enamoró de un guitarrista callejero termina regresando en condiciones humillantes al hogar y se vuelve definitivamente muda. Pero no son solamente las mujeres las víctimas de la multiforme mutilación. El protagonista narrador de "La caja de cristal" destruye con una bomba la vieja casona de familia y suprime a sus últimos parientes para protestar contra la pérdida de valores auténticos. Es al menos un gesto de rebeldía que no deja de ser a la vez un acto de afirmación. La misma situación, sólo que sin rebeldía y con la sola salida de la locura, se encuentra en el recurrente Juan Jacobo de "El jardín de polvo" y de "Marina y el león"; y con la salida del suicidio en el Bernardo de "El abrigo de zorro azul".
En el libro de Marvel Moreno, el caso más claro es el de "La muerte de la acacia", ya que la mutilación no es metafórica sino bien concreta: un aristócrata oriundo de la región andina, hombre de catolicismo fanático y enfermizo, instalado en la tolerante y tropical Barranquilla, usa el pretexto de hacer operar a su mujer de las amígdalas y hace practicar, en realidad, la ablación de los ovarios. Pero al lado de esta mutilación literal —perpetrada contra la esencia misma de la femineidad— todos los relatos de Algo tan feo... hablan de los vejámenes que sufre el ser humano, otra vez principalmente la mujer, pero no exclusivamente ella. Incluso es posible interrogarse sobre la suerte de la joven protagonista de "Oriane, tía Oriane": es cierto que su tía abuela le hace vivir un experiencia iniciática grandiosa (el amor con un hermoso y apasionado fantasma), pero al mismo tiempo la inutiliza emocionalmente para el resto de su vida, pues en adelante todo le resultará soso en comparación con esa experiencia inaugural. En "El muñeco", la víctima es un niño traumatizado por el accidente de auto en que perecieron sus padres; la anciana que lo recoge —de su familia evidentemente, pero en un grado de parentesco nunca precisado— tiene tantos bloqueos ideológicos que no sabe cómo tratarlo y contribuye a que el niño se encierre definitivamente en un autismo que a la larga lo mata, en una forma sorprendente pero nada inesperada. En "La Sala del Niño Jesús", las víctimas de la mutilación —privación de los elementales derechos de alimentación e higiene— son los niños y niñas de baja edad, procedentes de los barrios marginales, que se mueren irremediablemente de gastroenteritis; también se mutila, por cierto, en su capacidad de amar y hacerse amar carnalmente, la monja que los atiende. En "Algo tan feo..." es la mujer humillada en su natural sensualidad por un marido burgués y puritano. En "La noche feliz de Madame Yvonne", son la cuasi totalidad de las mujeres y los hombres de la buena sociedad barranquillera, sofocados por la obligación de respetar las apariencias y torturados permanentemente por frustraciones íntimas que no se atreven a quebrantar.
Ambas autoras cuestionan preferentemente el orden burgués, su hipocresía y las consecuencias de ésta en la dimensión sexual y afectiva de las vivencias humanas. En este sentido, son dos obras de protesta iracunda, que insinúan, más explícitamente en el caso de Marvel Moreno ("La noche feliz de Madame Yvonne"), que una moral femenina, un sentido más natural de la vida y del placer, bien podría ser la única vía de salvación para el género humano. Pero también hemos visto, sobre todo con "La sala del Niño Jesús", de Marvel Moreno, que la protesta no se ciñe solamente al destino de los miembros de una sola clase, ampliándose a todas las capas de la sociedad, y ello precisamente en el marco de la humanidad mestiza del Caribe.
De la aristocracia al mestizaje
En Rosario Ferré y Marvel Moreno se advierte un apego, no necesaria ni exclusivamente nostálgico, a los valores de las grandes familias que llegaron a constituirse y destacarse en el marco de la sociedad tradicional o, en todo caso, de la sociedad de "antes" —un in illo tempore que puede no ser más, a veces, que la Belle Époque idealizada. Este apego tiene como verdadera piedra de toque un rechazo a la chabacanería y a la hipocresía de los grupos ascendentes, ersatz de burguesía propio de las economías dependientes. Comparativamente es como surge la evidencia de que la aristocracia de antes sabía tener en cuenta las debilidades y necesidades del ser humano, y no tenía por qué trampear con las apariencias: las buenas costumbres y la decencia no eran cuestión de comportamiento puritano o masoquista.
Se percibe en los cuentos de Marvel Moreno el papel que desempeña el orgullo de haber sido las grandes familias capaces de imponerse en un medio difícil, tanto el medio físico como el medio humano. Si todas saben preservar la dignidad, sólo se mantienen luego en un rango prominente las que han sabido adaptarse a la evolución socioeconómica sin por ello renunciar a sus viejas líneas de conducta (es el caso de la doña Genoveva de "La muerte de la acacia"). Los nuevos nombres que aparecen no sufren un rechazo automático; basta con que hayan sabido conquistarse un espacio a precio de cierta audacia —el contrabando no es una actividad reprobable (el Daniel González de "La muerte de la acacia")— o de mucho talento y mucho trabajo (el viejo Rocanís de "La noche feliz de Madame Yvonne"). El desprecio es solamente para los arribistas desalmados o para los intrigantes —que suelen pagar con un profundo desamparo, sus propias neurosis y las de sus mujeres, su falta de respeto a la naturaleza humana. Los agentes locales del capitalismo dependiente sufren la condena moral, como también la sufren los aristócratas que se hicieron tales en el marco del poder de Estado, trátese del poder español (el don Federico de "La muerte de la acacia") o del poder republicano (los de la Cerda de "La noche feliz de Madame Yvonne"). Hay, en las auténticas grandes familias una connivencia con el entorno, que hizo que sus miembros nunca tuvieron desprecio a las clases humildes, cuyos modos de vida y filosofía sabían comprender y a veces hasta llegaban a compartir, al menos parcialmente, lo cual los mantenía inmunes a las trampas y a los sufrimientos de la hipocresía. Podría ser figura emblemática de los relatos de Marvel Moreno, incluso de su novela En diciembre llegaban las brisas, la de la noble e indulgente abuela de "Ciruelas para Tomasa".
En los relatos de Rosario Ferré se da igualmente una relación armónica de las viejas familias con su medio —y la viene a subrayar una profunda hostilidad hacia los que se someten a las delicias letales de la enajenación cultural. Hay una forma de apego al refinamiento estético y afectivo de la élite antigua, dotada de valores que los grupos ascendentes no son capaces de asumir (la figura grotesca de la Pepita-Madeleine de "Marina y el león"). Cuando esos valores se pierden, por medio de una traición imperdonable e imperdonada, desaparecen la complicidad con el entorno y la connivencia con los sirvientes; y la tierra se venga sin necesitar de intermediarios ("La muñeca menor"), o el último familiar fiel a su herencia moral cobra la traición ("La caja de cristal").
Subyacente a esa nostalgia por un orden mitificado (no hay memoria de la esclavitud en los cañaverales de Rosario Ferré) que se recuerda como más justo y humano, tal vez por las virtudes del sistema tradicional, hay una presencia constante —pocas veces explícita— de la miseria y del mestizaje. Si es cierto que Rosario Ferré y Marvel Moreno hablan con más naturalidad del que fue su propio mundo social que del mundo plebeyo, también es cierto que no ignoran ni olvidan la existencia y realidad de las capas populares.
Es Marvel Moreno la más explícita, particularmente en "La Sala del Niño Jesús", cuyo relato lo constituye el fluir de la conciencia de una abnegada monja, nacida en una gran familia barranquillera venida a menos; ella mantiene la inquebrantable generosidad de sus mayores y atiende, sin ilusión pero también sin resignación, la sala donde agonizan niños famélicos traídos de los "tugurios" que circundan a la ciudad. En otros casos, son solamente fogonazos que permiten profundos y rápidos buceos, con motivo de una anécdota afluyente o de una frase que se inició bajo una forma anodina, hasta las zonas
más tétricas de la sociedad tropical. Así, por ejemplo, la alusión fugaz a la venta de las adolescentes púberes o la evocación de los estallidos de violencia en el mundo feudal de la ganadería ("Ciruelas para Tomasa"). El cuadro trepidante de un sábado de Carnaval permite una ácida evocación de la labor caritativa de las damas católicas, capaces de ocasionar auténticos desastres cuando descuidan sus compromisos para preparar el disfraz que lucirán en la fiesta del Country Club ("La noche feliz de Madame Yvonne"). Nunca se trata, para Marvel Moreno, de pintar un fresco social exhaustivo —esos tiempos ya pasaron para la literatura, y ella ni siquiera tiene que eludir la tentación—, pero la sociedad toda alienta sin embargo en sus páginas.
Las alusiones también abundan en los relatos de Rosario Ferré, pero suelen ser más breves aun. Donde se hace más presente el mundo de los arrabales míseros es en "Cuando las mujeres quieren a los hombres", a través de las vivencias que evoca en primera persona Isabel la negra, la prostituta. En otros cuentos la evocación es infinitamente más fugaz, como en "Mercedes Benz 220 SL", donde el burgués orgulloso de su auto menciona con desprecio la promiscuidad y la mugre que reinan en el mundo de los pobres. Se ve en cambio que las grandes familias de antaño no rechazaban el contacto con los humildes, apoyadas como estaban en las especiales relaciones del paternalismo ("La caja de cristal"). Y se advierte cómo, en todos los relatos en que el nuevo rico es protagonista, aparece con una llamativa regularidad el término de "cafres" aplicado a los grupos populares. Así es como surge el tema del mestizaje que ambas autoras han incorporado a sus ficciones bajo formas notablemente cercanas. El mestizaje, problema céntrico de todas las sociedades latinoamericanas, cobra dimensiones particularmente agudas en el mundo caribeño, donde la fuerte presencia negra exacerba los viejos recelos de la antigua sociedad colonial y donde, según reza el refrán, "el que no tiene dinga tiene mandinga" —y evidentemente la herencia genética del "mandinga" es la que más tormentos íntimos genera en quienes temen asumir lo que son.
El problema aparece poco en los relatos de Marvel Moreno. Los grandes linajes siempre han sabido que los abuelos fundadores no desdeñaron la carne oscura y no todos los nacimientos fueron de intachable legitimidad; ya pasó la época en que las ramas mestizas encumbradas exiliaban a la abuela prieta en el solar de la casa. El prestigio no necesita de semejantes artificios pues está inmune a cualquier tipo de insinuación. Esas tramposidades son para los triunfadores recientes o para los amargados. Más que el abolengo, es una lucidez muy de finales del siglo XX la que permite ver con tranquilidad esos problemas del racismo cotidiano. Pero algunos relatos los recuerdan sin embargo. En "Ciruelas para Tomasa" se subraya de paso el que la adolescente vendida en el mercado, aunque nacida en un pueblo del monte adentro, tenía la piel milagrosamente blanca —y los infundios e ironías que sufrirá en un primer tiempo procederán no de los aristócratas de la sociedad local, sino de la gente de medio pelo. Con ello nos encontramos nuevamente ante los recelos que suscitan en los relatos de Marvel Moreno (como en los de Rosario Ferré) los personajes de burgueses. El racismo se nota, más precisamente, en los de medio pelo (el maître de "La noche feliz de Madame Yvonne") y entre la gente de estirpe popular, sobre todo en los mulatos: allí hay una especie de competencia sañuda entre quienes tienen la piel clara y los que tienen facciones y cabellos "avanzados". Irónicamente —ironía nada gratuita en Marvel Moreno—, un mediocre resentimiento aparece como el motor principal de la militancia revolucionaria; es en la mente de un mulato vinculado con la guerrilla donde se formulan esas mezquinas reflexiones sobre criterios genéticos ("La noche feliz de Madame Yvonne"). Pero la cuestión no preocupa mayormente a Marvel Moreno, pues el mestizaje es para ella un problema resuelto: es un hecho, y si hay quienes se atormentan con el hecho, es un sufrimiento inútil más de cuantos aquejan a la sociedad caribeña. Al defender un principio de libertad, al abogar por la necesidad de que cada cual se sienta en paz consigo mismo (era el caso para la sexualidad, y lo es también en cuanto a pigmentación de la piel), Marvel Moreno adopta un punto de vista que, si bien puede verse como acorde con las teorías políticas más activas de los años 60 y 70, también es desde mucho antes el de la libertaria cultura negroamericana descrita por Roger Bastide.
Este punto de vista figura también en los relatos de Rosario Ferré. Aunque ésta lo desliza de manera más soterrada en los relatos de Papeles de Pandora, también estampó por otro lado la frase más clara, que puso en boca de la prostituta negra de "Cuando las mujeres quieren a los hombres": "...el cuerpo es el único edén sobre la tierra" (p. 36). Este cuento lleva a su colmo la tensión entre las razas y la resuelve también en una forma extrema, al oponer primero y al trastrocar luego a la meretriz negra y a la esposa blanca. Pero también sabe Rosario Ferré de los bloqueos del racismo. Ya hemos visto que abundaban en sus páginas las señales del recelo de los burgueses hacia los "cafres". El temor al estigma de la mulatidad asoma en Isabel Luberza la blanca : ésta sabe que, con la edad, "requintan" los indeseables estigmas de las mezclas raciales ("Cuando las mujeres quieren a los hombres"). Todo acto que nos aproxime al mundo de la calle es una concesión hecha a los "cafres", según la visión del burgués ("El collar de camándulas"). Al "cafre" hay que imponérsele, dice el burgués de "Mercedes Benz 220 SL" y así es como mata a su propio hijo, sin saber que se trata de éste, al atropellarlo con su lujoso auto-reafirmando así, al parecer, la validez de su propio criterio, y evidenciando en realidad el hecho de que todo acto de prepotencia es siempre contra la propia familia, precisamente porque el hijo había optado por romper con su clase sin romper con sus padres. De esta manera, en "La caja de cristal", el último de la familia en haberse mantenido fiel a los valores de antaño, cuando elimina a sus parientes aburguesados y yankizados, más que reafirmar esos valores, estipula el lazo que lo une a los de abajo. En "Amalia" se subrayan las potencialidades de la rebeldía y la alegría negras, con la metáfora del motín de los sirvientes, que es también una fiesta, y se vuelve a encontrar la afirmación de los mismos valores en "Maquinolandera", cuento que expresa el alcance universal de la música popular afrocaribeña.
Ultimo elemento que importa subrayar, más allá de la cuestión del mestizaje, es la ósmosis cultural de que deja constancia Marvel Moreno con regularidad, al referirse a las prácticas de la brujería —que también nos remiten a la cuestión de lo maravilloso. En sus cuentos, las sirvientas suelen ser un poco brujas (en "Oriane, tía Oriane", en "El muñeco") y también lo pueden ser las amas (en "Oriane...", en "Ciruelas para Tomasa"). Así se cierra el círculo, que tiene en cuenta la realidad diaria del Caribe y recoge, podando estridencias y desmesuras, el aporte de los escritores de la generación anterior. Insistiendo cada una en ciertos aspectos y rozando solamente otros, con coincidencias a veces y con diferencias otras veces, las dos autoras exploran fraternalmente —sororalmente— el universo que comparten por legado histórico.
Estas dos obras que germinaron en un mismo ámbito espacial y humano, fundadas ambas en las vivencias de la élite, también se nutren en unas reflexiones muy parecidas sobre la literatura de su tiempo. Aunque es evidente en ellas una forma delicada de nostalgia por un mundo perdido e idealizado, pero también porque existe esta nostalgia, ambas son un llamado para la forja de una nueva sociedad a partir de conceptos propios de los marginados, trátese de las mujeres o de los grupos de color; un llamado, nutrido de compasión y de ira, para la forja de un mundo en el que ya no hubiera inútiles desamparos, ni vejámenes, ni mutilaciones.
Notas:
[1] Dicho desconocimiento mutuo me consta por mis encuentros personales con Marvel Moreno (se iniciaron en 1975 y no se interrumpieron hasta su muerte, acaecida el 5 de junio de 1995) y Rosario Ferré (1977). Esta había terminado y editado su primer libro sin saber de Marvel Moreno, de quien le hablé al visitarla en San Juan de Puerto Rico a finales de octubre de 1977 ("Es tu hermana", recuerdo que le dije entonces). Marvel Moreno terminó la redacción del último de los relatos de Algo tan feo... al principio del verano de ese año 1977, sin que yo hubiera tenido tiempo para hablarle del libro de Rosario Ferré, que leí pocas semanas antes. Sólo unos meses más tarde le presté Papeles de Pandora, cuando ya estaba iniciando la redacción de su novela En diciembre llegaban las brisas.
[2] Rosario Ferré, Papeles de Pandora, México, Joaquín Mortiz, 1976. Me refiero a este libro como a una colección de relatos por haber decidido no tener en cuenta aquí los poemas que lo integran, alternándose con los cuentos.
[3] Marvel Moreno, Algo tan feo en la vida de una señora bien, Bogotá, Pluma, 1980.
[4] Se estudiarán aquí solamente estos dos libros, principalmente por una cuestión de cronología histórica. Trataré de no tener en cuenta las obras posteriores de ambas autoras.
[5] "El muñeco", recogido posteriormente en Algo tan feo en la vida de una señora bien, apareció en el Magazine Dominical de El Espectador de Bogotá el 19 de octubre de 1969.
[6] Marvel Moreno, En diciembre llegaban las brisas, Barcelona, Plaza & Janés, 1987.
[7] Rosario Ferré, Maldito amor, México, Joaquín Mortiz, 1986.
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© Jacques Gilard
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IX – Número 36
Enero-Febrero-Marzo de 2009
PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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Élite, femineidad y mestizaje en el Caribe:
Los cuentos de Rosario Ferré y Marvel Moreno
Jacques Gilard
Universidad de Toulouse
Groupe de Recherche sur l'Amérique Latine
Institut Pluridisciplinaire pour les Etudes sur l'Amérique Latine à Toulouse - IPEALT
Tomado de:
Web sobre la escritora barranquillera Marvel Moreno, orientada por Johainna Abdala,
quien realizó estudios de Maestría y Doctorado en la Universidad de Toulouse.