Jacques Gilard,
el investigador enamorado

Julio Olaciregui
Julio.OLACIREGUI@afp.com
Escritor colombiano residente en París

Desde el primer momento Jacques Gilard fue para mí sinónimo de un intelectual europeo, socialista, orgulloso de sus milenarias raíces campesinas —en su caso occitanas, del sur de Francia— abierto, atento a nuestra mestiza cultura caribeña.

No tenía nada que ver con ese ambiente de los círculos literarios parisienses del siglo XIX —al estilo de lo que cuenta José Asunción Silva en su novela De sobremesa, traducida por él al francés— que podíamos imaginar mientras comenzábamos a frecuentar la Alianza Francesa, situada entonces en una casa solariega, a una cuadra del hotel Majestic.

Cuando se apareció en nuestra ciudad, por ahí en 1975, ya enseñaba en la Universidad de Toulouse, pero aún no era profesor titular, y estaba investigando para su doctorado en literatura sobre El Grupo de Barranquilla.

Nos hicimos amigos de inmediato. Yo acababa de dejar la redacción de El Heraldo, donde tuve la suerte de iniciarme como periodista al lado de Alfonso Fuenmayor, pero debí esperar como todo el mundo sus investigaciones para acceder a los tesoros guardados en los archivos del diario.

Años después, el propio Gabriel García Márquez se admiraría al recibir los volúmenes de su obra periodística, anterior a Cien años de soledad, compilada por este francés que dejaría salir a flote siempre, en sus prólogos, traducciones y rigurosos textos académicos, ‘La obsesión del investigador enamorado’.

Ahora que se ha ido tan de repente al cielo de los buenos recuerdos —uno es lo que es y los recuerdos que va dejando— pienso que en mi decisión de viajar a Francia a estudiar literatura influyó mucho el haberlo conocido en la oficina de El Espectador en Barranquilla, a un paso del llamado Centro Cívico.

Él salía de los archivos de El Heraldo, en ese entonces en su vieja sede, a un costado de la Plaza Colón, y llegaba hasta mi oficina al caer la tarde y me contaba exaltado lo que había encontrado.

No habían pasado aún diez años desde la publicación del libro que nos reveló a Gabriel García Márquez y él estaba desenterrando los cimientos, los planos, los ensayos, las cábalas, los juegos imaginativos del creador de Macondo, antes de su cristalización en la gran obra, contenidos en aquellas columnas llamadas La Jirafa.

Jacques había sido jugador de rugby en sus años mozos. Era alto, fuerte, de manos y brazos pecosos, y su perfume francés, su calva incipiente de intelectual, su seguridad al hablar, recreando nuestra historia literaria en un castellano sin acento, pero con matices habaneros, rioplatenses, madrileños, mexicanos o paraguayos, lo hacían atractivo, interesante, seductor, cualidades que él, aun cuando era tímido, iba descubriendo y aprovechando. Lo que más le gustaba era exponer ante un auditorio sus reflexiones y luego invitarnos a cenar y a tomar vino, rodeado por muchachas, colegas o simples estudiantes.


En defensa de nuestra vocación

Han pasado más de 30 años desde entonces. “El tiempo vuela ligero”, como dice Totó la Momposina en una canción, y ahora estamos orgullosos, aunque tengamos ‘cenizo el pelo’, no solo de tener hijos cumbiamberos, sino de nuestros amigos y del entusiasmo que nos contagian para leer y escribir libros.

Puedo dar fe que la fraternal y alentadora presencia de Jacques Gilard en la Universidad de Toulouse, su interés constante por la cultura latinoamericana —literaria, musical, política, deportiva— nos dieron un gran impulso. El ejemplo más palpable de su generosa recepción aquí en Francia es sin duda lo ocurrido con la obra de Marvel Moreno (1939-1995).

En un texto suyo de 1997 que puede leerse en Internet, ‘Las tres casas de Marvel Moreno’, él describe con humor esa obsesión suya de investigador enamorado, capaz de decir cuántas veces habló (38) con esta escritora, “la mujer más bella que yo había visto, un milagro de adolescencia y madurez, y con su blue-jean, su suéter, su largo pelo suelto y esas huellas leves de un sutil mestizaje (que ya no disimulaba) mucho más bella que la reina de belleza que había sido a finales de los años cincuenta”.

En ese entonces Marvel Moreno estaba casada con Plinio Apuleyo Mendoza, agregado cultural de la Embajada de Colombia en París que deseaba ser escritor, pero a quien Jacques Gilard consideraba como “un atolondrado”. En una carta del 6 de diciembre de 1979, al enviarme ‘el mamotreto’ que era su prólogo a los tomos de la obra periodística de García Márquez, dice “Creo que escribí muchas páginas pensando en Plinio: el problema de la vocación que él desatendió. Eso está como en filigrana: la alternación de pesimismo y optimismo que sentí con relación a él”.

Entre el 3 y el 5 de abril de 1997, en una inolvidable primavera, Jacques Gilard y su gran amigo y colega colombo-italiano Fabio Rodríguez Amaya, de la Universidad de Bérgamo, organizaron un coloquio sobre la obra literaria de Marvel Moreno. Fue un gran momento para todos, quizás la cumbre, el máximo rendimiento y placer intelectual y amistoso de todos aquellos años de apasionadas lecturas, encuentros y textos.


Un pedagogo, un hombre tierno

Jacques siempre nos daba buenas sorpresas. En una época, entusiasmado por la obra de Manuel Mejía Vallejo, se dedicó a componer coplas, muchas de ellas de corte erótico, “yo que no escribo con mis tripas sino con mi pobre cabeza”.

Y cuando no estaba en su escritorio, en su cueva llena de libros, estaba en la ciudad universitaria de Toulouse-Le Mirail, enseñando, hablando sobre Álvaro Cepeda Samudio o la poesía gauchesca y el Martín Fierro, de vallenato o de Julio Cortázar, de José Félix Fuenmayor (Barranquilla, 1885-1966) o de Nicolás Guillén.

Soñaba con viajar a seguir investigando, pero con el tiempo ya solo se desplazaba en tren a Barcelona o a Madrid.

Quiero irme de aquí, aunque una vez que esté allí (en Cuernavaca, en Barranquilla) me tenga que desvivir preguntándome qué estará pasando acá y sienta la urgencia de regresar a dar clases y a lavar platos.
Por ahora nada: empiezan las vacaciones, y esto ya me entristece. Quisiera vivir, y solo el trabajo me da la impresión de que estoy viviendo; descansar también va a ser un remedio peor que el mal.
Por lo pronto creo que aprovecharé esta noche de final de trimestre para emborracharme dignamente [...]. Para el coloquio en la Sorbona, tengo la intención de llevar una vida muy desordenada. Así que probablemente iré al hotel y no a tu casa.

Era un hombre de amistades firmes y durante años, antes de la invención del correo electrónico, se carteó con Tita Cepeda, con Ariel Castillo, con Monserrat Ordóñez, con Beatriz Manjarrés, con la poeta habanera Nancy Morejón.

Le gustaba el ciclismo y seguía el Tour de Francia día tras día y llamaba por teléfono cuando algún ciclista colombiano ganaba una etapa.

Se preocupaba mucho porque sus alumnos salieran de sus clases bien preparados a pasar los concursos para ser profesores de enseñanza secundaria o universitaria. Era muy estricto cuando se trataba de cosas académicas, no aceptaba aproximaciones ni improvisaciones. Su seriedad y su racionalidad en los estudios lo hacían ser intransigente con ‘los lagartos’ o con quienes él sospechaba no habían investigado tanto como él.

La música colombiana conocida como vallenato —un canto colectivo— es resultado de un proceso original por el que pasó la poesía oral hispánica. Convertida en bandera de una comarca (Valledupar) a la que no pertenecía exclusivamente, aparece hoy en día como ejemplo de música popular desviada y puesta al servicio de un grupo dirigente [...]. Hoy en día podemos medir, en lo que se aparenta mucho a una rápida decadencia, los efectos destructores del desvío que ha sufrido esta música cortada de sus orígenes y transformada en una simple moda eminentemente perecedera, decía en 1987 en un artículo sobre músicas populares e identidad en América Latina.


El trabajo cotidiano y la nostalgia

Jacques dirigió la revista Caravelle —Cuadernos del mundo hispánico y luso-brasileño—, donde había ido publicando los frutos de sus investigaciones, abriendo sus páginas a muchos escritores colombianos, entre ellos Alonso Aristizábal, Santiago Mutis, Roberto Burgos Cantor, Gloria Cecilia Díaz, Miguel de Francisco, Eduardo García, Consuelo Triviño y Ramón Bacca. En 1979 sacó a la luz un cuento olvidado de José Félix Fuenmayor, ‘Taumaturgia de un cochecito’, que no figura en el libro de relatos La muerte en la calle, y que él consideró como “un cuento-programa” para Cepeda Samudio, García Márquez, Marvel Moreno y todos los que escribimos ficción en La Arenosa:

Este relato mide los cambios sufridos por Barranquilla en un período inferior a la duración de una vida humana. A través del sueño y del despertar se contraponen la cordialidad de un mundo medio rural y el ambiente áspero de la ciudad moderna.
La mutación se materializa incluso a nivel espacial con el corto trayecto entre un barrio apacible entonces situado en las afueras de la ciudad y el céntrico y bullicioso Paseo Bolívar, donde se situaba el Café Roma, tertuliadero de los intelectuales locales.

Varias veces estuvimos, invitados por él, en el bello campus de la Universidad de Toulouse, donde pudimos escuchar a Juan Rulfo o a Augusto Roa Bastos. A veces él venía a París por cuestiones académicas, como cuando sustentó su tesis de doctorado en la Sorbona, o para dar alguna conferencia. También para hablar con Marvel Moreno, cuyos relatos de Algo muy feo en la vida de una señora bien tradujo al francés.

Ella estaba redactando su gran novela En diciembre llegaban las brisas, y fue emocionante conocerla, gracias a él, no solo por su belleza morena aún intacta sino porque era palpable que ella se estaba despidiendo de la vida, dedicada a escribir sobre tres grandes temas: el poder, la sexualidad y el patriarcado, dándole la espalda para siempre a todo su pasado de reina del Carnaval de Barranquilla (1959) y a nuestra ciudad, a la que nunca quiso volver.

Con el paso del tiempo, yo en París y él allá en su casa de profesor en las afueras de Toulouse, fuimos construyendo una Barranquilla mítica, hecha de evocaciones, sobre todo de músicas, olores y deseos de reencontrarnos ‘allá’, caminando por esas calles sembradas de almendros, trinitarias y matarratones, sobre todo por el bulevar de la 54, rodeados de amigos como Sigifredo Eusse, Álvaro Suescún o Lola Salcedo.

En una carta del 4 de abril de 1980 —Eduardo García Aguilar propone que todos sus amigos juntemos las cartas que nos escribió para armar un bello tomo— Jacques me cuenta que ha comprado en la estación del tren una novela policial titulada Duel à Barranquilla (Enfrentamiento en Barranquilla).

Eché un vistazo al libro, rápidamente; es una mierda, pero cómo estaré de jodido, que la sola alusión al aeropuerto Ernesto Cortissoz o al Paseo Bolívar me pone la carne de gallina [...], releyendo los papeles viejos de Alfonso Fuenmayor, Germán Vargas y los otros (ayer sentí la necesidad de escribirles) huelo esos olores de allá, y vuelvo a navegar por la densidad de baño turco de la 54, voy respirando esas vainas, la sensación de un follaje de matarratón, el calor, el polvo.


Rescatar lo que vale la pena

El 15 de noviembre de 1993 fui testigo en París de su encuentro con el poeta Álvaro Mutis.

Me interesaba oírle al gran poeta y novelista colombiano recuerdos y conceptos sobre arte e ideología en la Colombia de su juventud, sobre esos años 40 y 50 en los que, con un trasfondo —ineludible, pero por muchos eludido— de guerra mundial y luego de guerra fría y miedo atómico, el país vio desencadenarse la llamada ‘Violencia colombiana’ y surgir al mismo tiempo un puñado de jóvenes que son hoy grandes nombres de la literatura y las artes plásticas [...]. Era muy importante obtener de un testigo como Mutis sus declaraciones sobre Eduardo Zalamea Borda y Jorge Zalamea, las dos figuras más brillantes y profundas de la literatura y el pensamiento colombianos de entonces, que son también hoy en día las más olvidadas u ocultadas; su rescate es una necesidad, escribió en la introducción a la entrevista que publicó en la revista Caravelle.

La bibliografía de Jacques Gilard es considerable. Siempre trabajó y escribió muchísimo, aún después de jubilarse en la Universidad, hace tres o cuatro años, cuando también dejó de fumar. Había cumplido los 65 años y parecía sólido, tranquilo, dispuesto a saborear la vida. “Cuántos paquetes de cigarrillos habremos quemado durante esas tardes largas e intensas de trabajo”, se preguntaba.

En mayo pasado, qué casualidad, se cumplieron 30 años de mi llegada a Francia. Estuve unos días en Barranquilla y luego al regresar a París lo llamé por teléfono para contarle acerca de los amigos que le mandaban saludos. Fue entonces cuando me anunció que le habían descubierto un tumor en los bronquios.
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©   Julio Olaciregui

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IX – Número 36
Enero-Febrero-Marzo de 2009

PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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