Publicado por Editorial Planeta, de Buenos Aires (Argentina) y la familia Zuccardi, en el año 2007, salió el libro Vino para contarnos, una antología de relatos con el tema del vino, seleccionados por la escritora Graciela Gliemmo, quien dice en la contraportada:

De manera espontánea, casi natural, el vino se desliza en el juego sutil de la seducción, cuando las miradas acarician, donde hay festejos y reencuentros, a través de las citas amorosas y las reconcialiaciones, en medio de las afectuosas reuniones familiuares, en la charla entre amigos, propiciando la liberación de escondidas fantasías y recuerdos. Los cuerpos se distienden y se acercan, los límites se vuelven menos rígidos, los pensamientos fluyen, caen los prejuicios y se dibuja un espacio donde los sueños y los deseos se vuelven posibles y a través del cual fluyen el lenguaje, la comunicación, las palabras. El vino es una suerte de mago que, con su alquimia milenaria,  inexplicable, propicia la creación de relatos y nos convierte en narradores de nuestras propias vidas. Literatura y vino van de la mano, se buscan, se convocan. Crean puentes invisibles, nos lanzan al mundo y desatan nuestra imaginación. Nos vuelven un poco poetas.

Alcemos nuestras copas para brindar por esta fiesta de los sentidos, en la que trece narradores de primera línea  nos invitan a disfrutar de estas historias que confirman una vez más que, como dice en sus versos Jorge Luis Borges, nuestro anfitrión de lujo, el vino nos acompaña por ingual en "la noche de júbilo o en la jornada adversa".

Los autores incluidos son:

Ana María Shua (Prólogo), Jorge Luis Borges (dos poemas), Gabriel García Márquez, Ángeles Mastreta, Pablo Neruda, Felisberto Hernández, Gabriela Esquivada, José Luis Garcés González, Julio Acosta, Vicente Battista, Branco Andjic, Juan José Saer, Marta Nos, Efraím Medina y Edmundo Paz Soldán

De esta espléndida antología, publicamos el cuento "Fernández o las ferocidades del vino", del escritor colombiano José Luis Garcés González:


Cuenta Fernández, después del primer vaso de vino, que la semana pasada perdió a tres mujeres. Huyeron de él. Más de mentiras que de verdad. Pero él les siguió el juego, les continuó el trucaje. Todas lo insultaron. Dijeron sentirse ofendidas y burladas, y pronunciaron las palabras definitivas: “No te quiero ver nunca más”. Una lloró frente a él. La otra lo increpó por teléfono. Y la otra, aprovechando que él había ido a su casa, entre gritos lo llamó mentiroso, infame y deshonesto. A todas escuchó con suficiente entrega. Pero a ninguna le trató de modificar el concepto o la decisión. Él les siguió el juego. Fernández es frío pero apasionado, justo pero indiferente. O cínico y cruel, como dice una de ellas, la más morena y la más agitada sexualmente. Lo que es la carne del caos o el caos de la carne.

Cuenta Fernández, después del segundo vaso de vino, que ellas hicieron su test, se lo presentaron a él y lo perdieron ellas. La de pelo negro y abundante rabió porque él no la llamaba por teléfono. Prometió y no cumplió, dijo ella. Y él dice que es verdad en parte, pero que los teléfonos de los países subdesarrollados no se hicieron para citas de amor. No gustan de ellas. Ese fue el pretexto. Después, la rabia, la palabra lejana, el cuerpo lejano. Ayer ella le mandó un Marconi: que la vuelva a llamar, dice, y besos. Fernández dice que no, que no la vuelve a llamar, que la distancia la regó ella y que ahora le toca regarla. Fernández es así: cruel.

Cuenta Fernández, después del tercer vaso de vino, que la más morena o el caos de la carne le inventó un idilio, y de pronto salió asegurándole que él se iba a vivir con una mujer que había comprado —“ella tiene plata, no me lo niegues”— y que ahora lo estaba amoblando. Fernández nada contestó. Él, generalmente, no contesta infamias. Mira, escucha, calla. Eso hizo con el caos de la carne. Como él era todos ojos y silencio, ella le manoteó frente al rostro y luego se echó a llorar. Llora con facilidad el caos de la carne.

Cuenta Fernández, después del cuarto vaso de vino, que la otra mujer, un pelo largo teñido de viento, lo acusa de indiferencia y de concupiscencia (contradictorio el Fernández) y de no sacarla a las fiestas y a los actos sociales donde pueda divertirse. Ella, donde pueda divertirse ella. Fernández, tranquilo, le respondió que él no va a fiestas ni a actos sociales, que no le interesan, pero que respeta los gustos de ella. Ella puede ir, pero ella dice que sola no sale mientras tenga un hombre que dice ser su marido. Fernández, de inmediato, le rectifica. Le aclara que él jamás en parte alguna ha dicho que es su marido, pues eso de ser marido es una responsabilidad del cuerpo, y un poco del alma, y no almuerzo de dominio público. Entonces ella volvió a la carga y lo sindicó de darle vergüenza salir con ella, pues ella no es médica ni abogada ni licenciada ni poeta. Y la voz se le entrecortó y el rojo hizo amenazas en sus ojos. Fernández, muy pausado, le aseguró que él no sale con médicas ni con abogadas ni con licenciadas ni con poetas. Que él se baña, se viste, de nadie se despide y sale con su sombra.

Después del quinto vaso, bebido hasta la absoluta claridad del fondo, Fernández rompió contra el borde de la mesa la botella de vino. Los vidrios cayeron cerca de sus pies. Y como siempre la vida se aproxima al melodrama, un vidrio en forma de estilete le quedó en el espacio entre el pulgar y el índice. No se alarmen, ninguna herida le hizo. Sacó un pañuelo discutible, se limpió las esquirlas y dijo adió con la mano violenta. Fernández marchó como siempre ha marchado: combinación desconcertante de felicidad y tristeza. Duro y sensible. Carnívoro y asceta. Rumbo a la pensioncita de su propio arrabal, a ese cuartico plagado de libros y pensamientos fuertes, de polvo y de animales nocturnos que lo ven deshojar sin afanes el calendario de la vida.

Seguramente leerá hasta la madrugada los cuentos que están en el primer tomo de las obras completas de J. C. Onetti. Allí abordará, por enésima vez, “Justo el treintaiuno” y “El infierno tan temido”, dos de los textos que después de una lenta lectura le dejan un golpecito de tambor en las profundidades del estómago o una ráfaga de mal ácido en la comisura de la izquierda. Así sufre y él lo acepta. Y es posible que antes de dormirse tenga los ojos infectados de lágrimas, y entienda que todo este dolor es el precio idóneo por mantenerse vivo. Entonces irá al sueño sin volver a percibir en su ya viejo corazón el caos de la carne o las ferocidades del vino.
________________________________________
©   José Luis Garcés González

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IX – Número 36
Enero-Febrero-Marzo de 2009

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 – 9290
Narrativa

PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

El URL de este documento es:
http://casadeasterion.homestead.com/v9n36fern.html
Fernández
y las ferocidades del vino

José Luis Garcés González
jlgarces2@yahoo.es