ESCRITURAS CONTEMPORÁNEAS:
Colombia

JORGE GARCÍA USTA: 
Cómo aprendió a escribir García Márquez

Jacques Gilard
Universidad de Toulouse - Francia

Comentario de Jacques Gilard sobre el libro de Jorge García Usta
Cómo aprendió a escribir García Márquez,
publicado por Editorial Lealón, de Medellín, en 1995, 374 p.

Traducido de la revista francesa Caravelle, por Alfonso Rodríguez y María Otilia Cancino,
para la revista Víacuarenta, No. 2, Barranquilla, II semestre de 1999.


Este libro polémico propone una tesis nueva acerca de la formación del escritor García Márquez: su integración al "Grupo de Barranquilla" no tiene una verdadera significación, un "Grupo de Cartagena" al cual habría pertenecido primero, marcó una etapa decisiva  y el intelectual y periodista Clemente Manuel Zabala fue quien le enseñó a escribir.

Para fundamentar estas afirmaciones, el autor recorre esencialmente las páginas de El Universal de Cartagena (periódico en el que García Márquez debutó en el periodismo) entre los años 1948-1952. Él encuentra allí algunos textos del autor de Cien Años de Soledad (sin arriesgarse nunca, sin embargo, a una atribución sistemática de notas anónimas, lo que hubiese podido ser de un gran interés) y recoge ampliamente escritos del pintor, novelista y poeta Héctor Rojas Herazo y de Clemente Manuel Zabala,  en la época de jefe redactor del periódico. Lo que era la vida intelectual de la ciudad y en el seno del equipo periodístico da lugar a páginas interesantes,  pero solamente para desembocar en una tesis localista que nos parece relativamente pobre. Se trata sobretodo de negar la importancia del grupo de Barranquilla, e incluso, casi, su existencia; y de demostrar que los "cartageneros" eran quienes habían "hecho" a García Márquez. De paso, y desde las primeras líneas, se invoca un trabajo de Rafael Humberto Moreno-Durán, del cual el autor no se da cuenta que es la expresión de un centralismo que niega el valor del aporte "costeño" a la literatura colombiana y también de una clase dirigente celosa de su prestigio y de su poder, puesto que todo ahí se atribuye a la generosidad de la revista Mito hacia los escritores de la periferia nacional.

Un punto particularmente débil de la obra es la ignorancia de lo que se hacía, se decía y se escribía entonces (finales de los años 40, comienzo de los 50) en el resto del país y particularmente en Bogotá. Se encuentra sí la cita de un trabajo reciente sobre la Revista de las Indias (nota 214, p. 345), pero no un conocimiento directo de esta revista, menos aún de la Revista de América, ni de Sábado, ni del suplemento Fin de Semana dirigido por Eduardo Zalamea Borda en el Espectador de Bogotá, ni del bimestral Critica creado y dirigido por Jorge Zalamea; ni siquiera del suplemento literario de El Tiempo. Pues si la tesis es ante todo localista (Cartagena contra Barranquilla), también es regionalista ("Costeños" contra "Cachacos"), y está igualmente marcada —hay que decirlo— de un tecermundismo bastante anticuado. La ignorancia de este trasfondo nacional lleva a desconocer los grandes debates del momento en materia de pensamiento, de creación y de ideología (ninguna conciencia, sobretodo, del conflicto persistente entre los partidarios del antiguo presidente López Pumarejo y los de su sucesor Eduardo Santos). Pero es cierto que a este precio es como se puede negar la importancia del grupo de Barranquilla. Y que se puede pasar casi en silencio el hecho que, cuando García Márquez llega a Cartagena y colabora con El Universal, ya ha publicado tres relatos en el suplemento de El Espectador. Dicho de otra manera: que él ya los había sometido al juicio de Eduardo Zalamea Borda, una de las mentes más agudas de la época, precisamente al que reconocían como maestro no solamente García Márquez y Mutis sino también los jóvenes intelectuales de Barranquilla. De esa manera son eliminados del panorama, además de Zalamea Borda, su primo Jorge Zalamea y Hernando Téllez. Asimismo son ignorados los debates profundos de la época, entre los adversarios (los dos Zalamea, el grupo de Barranquilla, García Márquez y Mutis) y los defensores (Arciniegas, Gaitán Duran, los colaboradores de El Tiempo, de Revista de América) del liberalismo de derecha, el "santismo". Lo que hace, entre otros aspectos, que el sentido del "Congreso de nuevos intelectuales", patrocinado por El Tiempo (julio-septiembre 1949), no sea comprendido en absoluto. Al ignorar ese elemento fundamental del debate, Jorge García Usta podía caer en la trampa tendida por Moreno-Durán y empobrecer totalmente lo que hace la particularidad de la trayectoria de García Márquez y la lucidez de la cual él ya hacía gala -la misma que le permitió reconocer un guía en Zalamea Borda y le hará ver como sus semejantes a los miembros del grupo de Barranquilla. Esta lupa exclusivamente "costeña" falsea irremediablemente la tesis.

Y podemos observar algunos elementos más particulares. Por ejemplo, el asunto sobre la lectura de Faulkner. Según el autor, no son los "barranquilleros" quienes revelaron Faulkner a García Márquez, porque, dice él, se conocía a Faulkner en Cartagena cuando García Márquez llegó. Sin embargo, sucede que ninguna de las citas sacadas de El Universal es anterior a la hecha por el propio García Márquez en julio de 1948. Los textos hacen falta, dolorosamente. Sabemos, por otro lado que el "sabio catalán", Ramón Vinyes leía a Faulkner desde los años 30 y que todos los jóvenes miembros de su grupo habían citado al escritor norteamericano antes de 1948. Hemingway era mencionado, es cierto, pero se ignora que Alfonso Fuenmayor fue quién tradujo "The killers" desde 1945.

Pero es cierto que Jorge García Usta utiliza la bibliografía existente de manera selectiva y orientada. Los textos de Vinyes son citados a veces (nuestra “Selección de textos”, Bogotá, 1982 que, por otra parte olvida atribuírnosla), pero nunca a propósito de Faulkner; nuestra compilación del periodismo de juventud de Cepeda Samudio “En el margen de la Ruta”, es prudentemente ignorada (¿es porque soy el autor o porque su contenido socava la tesis o las dos cosas a la vez?). Ninguna mirada a la "columna" de Alfonso Fuenmayor en El Heraldo de Barranquilla; ninguna curiosidad por los escritos de Germán Vargas (menos abundantes y más dispersos, es cierto, pero se pueden encontrar con la condición de que uno quiera buscarlos). Notemos de paso que estrictamente nada se dice a propósito de los autores del Río de la Plata, cuyo conocimiento ha sido, poco más o menos, una especie de monopolio del grupo de Barranquilla durante muchísimos años (Borges, Felisberto Hernández, Cortázar); en cuanto a esto, uno no puede sino sorprenderse de la ignorancia completa del hebdomadario Crónica, cuyo director fue Alfonso Fuenmayor y el jefe de redacción García Márquez en persona, y donde Borges y Hernández fueron pirateados desde 1950. La insistencia en el hecho de que, en el grupo Barranquilla, sólo Cepeda Samudio haya sido escritor, es evidentemente una manera de apuntar a Alfonso Fuenmayor (quien sin embargo, escribió y publicó ficción) y a Germán Vargas, pero a precio de una espectacular contorsión: quid, en efecto, de los cuentos de José Félix Fuenmayor? ¿Y a dónde fueron a parar los relatos de ficción de Vinyes, que el grupo (y luego García Márquez) conocía? ¿Y la influencia de algunas obras teatrales de Vinyes en García Márquez?

Un punto bastante notable es el relacionado con el lugar donde fue escrita La Hojarasca (pp. 77-81). Tratándose de un libro de tesis "cartagenera", no nos sorprenderemos al conocer que el autor (García Usta) afirma que la novela fue escrita en Cartagena y no en Barranquilla. Eso es desdeñar el fragmento de carta de Germán Vargas a Ramón Vinyes, que publicamos en la introducción de Textos Costeños, donde se dice claramente que García Márquez dejó a un lado su viejo proyecto de La Casa para escribir otra novela, que no puede ser otra que La Hojarasca, de la cual García Márquez nos afirmó que estaba terminada cuando dejó momentáneamente Barranquilla en 1951. Allí también, la lectura es peligrosamente selectiva.

En lo que concierne al existencialismo, la pobreza de propósito es desarmadora. Parecería que lo que era entonces una corriente de pensamiento central en los debates e interrogaciones de la época, no hubieran sido para García Márquez y Rojas Herazo sino motivo de broma. Esto es llevar la interrogación al nivel de calamidad en que la situaba Germán Arciniegas. Es ignorar la batalla que se libraba alrededor del existencialismo en el seno de la vida intelectual colombiana, izquierda contra derecha, reflexión contra recuperación, Zalamea contra Gaitán Duran. Es ignorar lo que el grupo de Barranquilla sabía y expresaba a propósito de las obras de Sartre y Camus, y que García Márquez no podía desconocer. Quisiéramos tomar como prueba tan solo el propio contenido de El Coronel no tiene quien le escriba.

En cuanto a las "particularidades" atribuidas a la diligencia periodística de Clemente Manuel Zabala, encontramos el mismo desolador desconocimiento de lo que era la vida intelectual del país, elementos que hacían el interés del Espectador: su "página editorial", y la presencia de Eduardo Zalamea Borda (otra vez él) en ésta. Todo lo que Jorge García Usta presenta como invenciones de Zabala está en El Espectador, comenzando por "La ciudad y el mundo" (que Zalamea Borda firma con el seudónimo "Ulises") y las notas humorísticas de "GOG" (Gonzalo González, quien resulta ser, por otra parte, primo de García Márquez), sin hablar de lo que significaron un tiempo las rúbricas diarias de Próspero Morales Pradilla y Gustavo Wills Ricaurte.

El asunto de la cultura popular merece también una breve reflexión. Hay que ser bastante audaz par estimar que la segunda nota escrita por García Márquez en El Universal, aparecida dos días después de su llegada, nota consagrada al acordeón folclórico —tan importante en la vida y la obra del Nobel colombiano— le haya podido ser inspirada por Zabala; sugerida quizás pero la inspiración era de García Márquez. Con certeza, los elementos que Jorge García Usta aporta sobre el gusto de Zabala por la música popular y las   reflexiones que extraía de ahí, son de gran interés, pero ¿no habría tenido mucho que ver también —y más bien— en las páginas de El Heraldo de Barranquiila, en donde tampoco se ignoraban esos temas? En verdad, aquí también, se nota un serio desconocimiento de lo que sucedía en el resto del país a propósito de la música "costeña". Jorge García Usta parece ignorar totalmente el nombre y la acción de Antonio Brugés Carmena, un "costeño" quien fue, durante años, el abogado incansable de la cultura de la región en las páginas de El Tiempo. El rechazo momentáneo a ritmos tropicales por el altiplano y la persistencia de actitudes racistas hacia éstos son un trasfondo capital, pero completamente desconocido aquí.

Dos breves anotaciones. Una sobre el "gaitanismo" de Zabala (p.323): era primero y ante todo un viejo comunista, excluido del partido cuando la querella del "browderismo" pero fiel a sus compromisos de siempre. Para el trasfondo nacional, podemos remitirnos útilmente a nuestra entrevista con Mutis (Caravelle, No. 64), cuyo contenido no es ciertamente menos confiable que los testimonios de viejos intelectuales "cartageneros" recogidos por el autor del libro comentado aquí.

Finalmente, algunas palabras sobre los temas de García Márquez. Este, según Jorge García Usta, habría sacado el mayor beneficio de la frecuentación de Héctor Rojas Herazo —de lo cual no dudamos, pues el escritor es de talla— sobre todo en lo relacionado con la temática de la familia y la casa. Nos remitiremos solamente al cuento "Eva está dentro de su gato", el segundo publicado por García Márquez: los temas del escritor ya están allí perfectamente identificables, dicho de otra manera, meses antes de que el "Bogotazo" lo obligue a abandonar Bogotá y a instalarse en Cartagena. Sobre este punto, por otra parte, Rojas Herazo hizo ya hace casi veinte años una declaración sin equívocos. En cuanto a la idea de que Zabala enseñó a García Márquez el arte de escribir, más valdría no tardarse en ella. Es tan mecánica que sólo se presta para sonreír: Zabala formó a García Márquez en el periodismo; ahora bien, el escritor viene del periodismo; por lo tanto es Zabala quien hizo al escritor. Que Zabala haya acogido al joven porque él había notado sus relatos en el suplemento de El Espectador no debe tener ninguna importancia...

En resumen, un libro precipitado, dominado por una tesis excesiva desde todo punto de vista (dejemos de lado los vanos y lamentables ataques ad hominem), debilitado por su ignorancia del trasfondo nacional. Desde otro ángulo, se trata de un acercamiento a una vida intelectual local, que puede tener su utilidad, pero cuyos aportes exiguos deben ser reinterpretados y recolocados en un contexto más vasto —con herramientas y nociones de las cuales no dispone desgraciadamente el autor de este libro no solamente provincialista sino también y sobretodo provinciano.
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©   Jacques Gilard

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IX – Número 36
Enero-Febrero-Marzo de 2009

PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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