Dos cuentos

Delfina Acosta
delfina@abc.com.py


Guía del cementerio

Íbamos mis amigos y yo al cementerio, a menudo, durante la siesta.

En casa ya sabían que si estaba ausente, lo más seguro era que andaba de curiosidad  por el camposanto, y se quedaban lo más tranquilos.

Si pudiéramos profanar las tumbas, lo haríamos, pues se hallaba a gusto en nuestra naturaleza el hábito del saqueo.

El enojo de los gatos monteses, en vista de que crecimos apaleados, nos guardaba de la doctrina católica que se enseñaba cada domingo a los niños en la parroquia de la iglesia Virgen del Rosario. Éramos pues, diablos.

Pero los panteones, con sus gruesos tragaluces de forma esférica, estaban a salvo de nuestros  propósitos. Las puertas eran no sólo de metal pesado; estaban  además  cubiertas por  rejados de hierro y cortinaje.

En el interior, los cajones oficiaban de tálamos, donde dormían los muertos, a los que deseábamos ver.

¿Quiénes  eran ellos? ¿A qué cosas y costumbres se dedicaban cuando la salud los hacía conversar y reír animadamente? ¿Estaban, acaso, en paz?

—No han sido gentes muy amadas por sus parientes —comentaba yo.

—¿Por qué dices eso? —me preguntaba Felícita, quien siempre mostraba curiosidad, si no, debilidad  por mis preguntas, pues sospechaba que había en ellas  mentiras  que deseaba sacudir a la luz del sol.

—Pues está claro. ¿No te das cuenta? ¿No lo ves? —contestaba.

Entonces les recordaba a mis amigos que cuando había sepelios, los parientes se desmayaban, se arrancaban mechones de cabellos, amenazaban con dispararse un tiro a la sien, bajaban a la fosa, a la cavidad  recién abierta, mientras  juraban contra Dios.

¡En cuántas lápidas preciosas en un tiempo y luego convertidas en nidos de comadrejas, de serpientes y de saurios, los enlutados parientes habían hecho grabar inscripciones que inspiraban lágrimas de fuego: “¡Madre: No te olvidaremos nunca!” o “¡Amado esposo: Vivirás por siempre en el corazón de tu desconsolada esposa!”

Les hacía pasear a mis amigos frente a  esa literatura dramática escrita  con letra gótica; yo era la guía de los sepulcros que hacía justicia a los olvidados.

“Pues bien. ¿Qué tenemos junto a estas tumbas sino costillas de gatos muertos, floreros vacíos y  abandono...?”,  reflexionaba.

No hablaba en balde, por cierto. Junto a la estatua (construida con piedra caliza) de una mujer abandonada como un sauce  al llanto, subía rápidamente   la hiedra, cual segunda cabellera de la obra artística.

Una caravana de hormigas entraba por un pequeño orificio de un tronco podrido y  venía a salir por la parte trasera de un panteón, donde crecían en abundancia los musgos blancos y lo hongos.

¡Qué espectáculo grosero!

La rama de una higuera golpeaba, cuando el viento empezaba a soplar, la fotografía enmarcada ampulosamente en bronce, de una dama  muy joven y bella.

—¿Qué le hace ya a esta difunta su fotografía en la pared del  panteón, y el marco precioso, y el lujo y la suntuosidad  de su morada, si nadie la visita  siquiera en el día de todos los muertos? —seguía razonando.

—Y eso, ¿cómo lo sabes? —decía  Felícita.

— Pues basta con observar el estado de la construcción. Este sitio, a sola vista,  muestra que hace años nadie pone un pie aquí. Las paredes dejan ver  los ladrillos y la argamasa. Cuando mueres,, te quedas solo. Tus parientes se divierten de lo más lindo sin ti. Ya no les molestas con tu respiración asmática. Ya no les sobresaltas a la noche con la noticia de que la mierda viene en camino. Y si te descuidas,  no te recuerdan. Pero si se acuerdan de ti,  es para coincidir en que lo mejor que te pudo pasar es que  hayas reventado —decía yo, satisfecha, y escupiendo, pues ésa era mi manera  de poner un final eficaz a mi oratoria.

Mis amigos me miraban felices. Aquella maldad que ellos tenían en algún lugar del pensamiento y que no sabían expresar, salía muy bien pintada de mi boca.

Por lo demás,  el escenario del cementerio se prestaba para conversaciones a propósito de olvidos y de un  mundo infame.

Luego, cansada de mis maldades, me quedaba callada. Era el tiempo de ellos. Y mientras  les oía decir lo suyo, observaba cómo, lánguidamente, la siesta recorría los pasillos del cementerio. Y cómo los cuervos giraban alrededor de una mamona convertida en carroña, en la colina. Y cómo el viento movía el ramaje de los árboles del camposanto trayendo un ruido de alma que corre y se despeña...


La araña de oro

Delfina Acosta

Como a las tres  de la tarde, mis vecinos venían apareciendo por la casa. Era la hora de los pájaros de color añil, que picoteaban las moras y las limas, colgadas  de sus gajos, junto al aljibe.

Adolfina iba al rancho de la vecina, doña Pablina, para enterarse de pomberos; era de charlar todo el rato pues quedarse callada, le producía tos.

No quedaba nadie en el hogar. Estaba pues a mis anchas, y mis amigos, dueños de la ausencia, se sentaban cómodamente sobre las silletas, alargando las piernas y reclinando las cabezas sobre el pensamiento de una mala acción  que nos pudiera entretener.

Los jueves hacía sorteos de algunas  pertenencias de mi  madre. La suposición de una reprimenda estaba lejana pues  era mujer distraída; la fecha tenía para ella la forma de una máquina diabólica, de un engranaje astrológico que nunca estaba a su alcance pues cada día preguntaba:

—¿Qué día es hoy?

Cuántas cosas desaparecían en un santiamén: monedas bolivianas, escapularios viejos, pulseras de fantasía, botones dorados, estolas de chinchillas, etcétera.

Mi hermana, Leny, no se metía en mis travesuras, pues me llevaba cinco años; además, consideraba que mis empeños eran carentes de invención; sin embargo, enfrentados a los juegos solitarios que mi padre imponía, mis entretenimientos, por su sola desobediencia a la regla, eran la mar de divertidos.
 
Revisando las pertenencias  de mi madre, encontré un prendedor  de oro en forma de arácnido, de patas rojas y de gran tamaño. Era como la vieja araña que solía dejar caminar por mi brazo cuando me quedaba sentada, escondida  detrás de los plátanos, mientras  mis amigos me  perseguían por la plantación.

Decidí jugar a los sorteos.

Les pedí  que escribieran sus nombres en un pequeño pedazo  de papel y lo doblaran varias veces hasta convertirlo en una bolita.

Las bolitas fueron echadas una a una  en  una cesta.

—Y no hagan trampas. No anoten sus nombres dos veces —les advertí.

Es que ellos eran tramposos por todos los costados. Pero —recisamente— aquellas trampas suyas le daban una carátula de mafia al juego, haciéndome sentir la emoción de que me divertía con mis propios adversarios.

Cuántas veces nos trenzábamos en discusiones violentas, acusándonos los unos a los otros de cometer fraudes.

Bajo la amenaza de un severo castigo, les exigía que el juego se ajustara a las normas. Mas he aquí que las trampas superaban sus promesas  de obediencia  y acabábamos  envueltos en  palizas que por su mismo entrevero venían a ser otro juego más.

Zas, un tirón del cabello a Felícita, provocaba sus risas.

Otro tirón más fuerte, le hacía reir y llorar.

Los tirones de pelo nos llevaban a la  alegría de la niñez.

Llegó el momento en que sorteé el prendedor en forma de araña.

Revolví las bolitas y puse los ojos en blanco para causar suspenso entre mis amigos.

Eso de las impresiones, de revolcarnos en el piso como poseídos por el diablo, de hacer como que ya estábamos por exhalar el último suspiro, nos llevaba a los límites del cansancio y de la tos.

Inocencio, uno de los hermanos mellizos, sacó la bolita de papel de la cesta, con los ojos y las narices cerrados.

Matías, haciendo sonar con un cucharón una cacerola de aluminio, imitó un redoblar de tambores, muy a propósito con el golpe de suerte que caería sobre el ganador del sorteo.

Todos ponían los ojos en blanco, y el olor del limonero era fuerte, y los estambres y escarpelos de las flores hablaban en su propio aroma. No recuerdo ya quién ganó.

La cosa es que hubo trampa, como siempre, y se armó un lío grande que causó, sin embargo, la alegría colectiva.

—Aquí nadie sale perdiendo —dije.

Decidí, entonces,  que quien adivinara el número que tenía en mente, se llevaría la araña de oro.

Otra vez los ojos en blanco. Nuevo redoble de tambores.

—¡El trece! —gritó Amada.

Ganó. En realidad, yo no había pensado en ningún número, pero había resuelto premiar a Amada, por una cuestión de simpatía instantánea.

A la noche y a la noche siguiente y durante el año y después de todos los años que se iban sucediendo, mi madre no se dio por enterada de la ausencia de su prendedor.

Me hubiera gustado que supiera y me diera al menos un tirón de oreja. Pero así era ella. Una mujer distraída y ausente en la tierra, mientras su hija crecía en malicia, astucia y bellaquería.

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©   Delfina Acosta

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IX – Número 36
Enero-Febrero-Marzo de 2009

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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