Un relato del hambre
Wané Jüchi'kijamü

Miguel Ángel Júsayu
Escritor de la etnia Wayúu


Texto tomado de: Achí'ki. Relatos guajiros. Caracas: Universidad Católica Andrés Bello,
Instituto de Investigaciones Históricas, Centro de Lenguas Indígenas, 1986.
Este relato aparece en el original, en lengua wayuu, con traducción al español.
Se encuentra igualmente en: FERRER, Gabriel Alberto y RODRÍGUEZ CADENA, Yolanda.
Etnoliteratura wayuu: Estudios críticos y selección de textos.
Barranquilla, Universidad del Atlántico, 1998.

I

Había llegado, según dicen, una vez un hambre muy grande a la tierra en la que hoy habita gente nueva. ¿Quién sabe cuántos años han transcurrido después de aquello? Solamente fue narrado por gente antigua.

Pasó mucho tiempo sin llover, por lo que el hambre dolía mucho. Tan sólo corría constantemente viento, como si se enfureciese contra los árboles que se erguían deshojados. El sol no cesaba de quemar la superficie de la tierra; las nubes se deslizaban por el cielo. ¡Cómo apretaba el hambre! No había nada sobre la superficie de la tierra. Los cerros y las colinas se veían de color blancuzco como de aquí hacia allá. Los cardones estaban escuálidos y se veían enrojecidos. No cantaban los pájaros. No había gritos de personas que estuviesen pastoreando. ¡Cómo sufrían con sus animales las personas ricas! Sus rebaños echaban un gran hedor en los sitios habituales de pasto. Algunos caminaban sin rumbo por la superficie de la tierra. Lloraba mucho la que tenía muchos hijos pequeños. ¡Qué migajas se les iba a dar! Lloraban del hambre, ya que de muchacho no se suele aguantar.

Estaban aterrorizados todos ante el temor inminente de morirse de hambre. "¿Por qué este castigo de Dios que nos ha abandonado? ¿Por qué Dios no hace que caiga la lluvia en nuestra tierra? ¿Qué será de nosotros ahora? ¿Qué vamos a comer ahora para no morirnos de hambre?" —había algunos que decían. Otros desfilaban hacia sitios desconocidos de ellos, donde se oía que abundaba la comida. Muchos se morían en medio del camino. Y aquellos que sobrevivieron nunca se supo a dónde fueron a dar.

Pues bien, el hambre apretaba más y más; las personas estaban flacas, no había nadie gordo. Las hembras se veían impulsadas a salir cada mañana al monte a buscar alguna cosa que se pudiese comer. Cosas tales como: puches, médula de cardón, yuca silvestre, cierto tubérculo silvestre, cierta leguminosa (ligeramente venenosa), tubérculos de la enea y semilla de la paja llamada "pula". Y los varones se veían obligados a marchar con sus flechas a cazar. Para eso se reunían y desfilaban de madrugada. Llevaba cada uno en la cintura una especie de cantimplora, taparas adelgazadas por el centro, estaban llenitas de agua. Y se iban muy de madrugada, porque tenían que ir a cazar muy lejos. Mataban cualquier animal que se tropezase con ellos: conejo, zorro, oso hormiguero, gavilán, buho, cierto conejillo, rabipelado, gato, iguana, machorro y lagartijas.

Arrancaban el fruto del cují que veían colgando alguno que otro; y no desperdiciaban ninguno; lo salcochaban y era sabrosísimo. Cortaban algún cardón si tenía algo de pulpa; asaban la médula, para lo que encendían la candela en el monte.


II

En aquel día, toda la gente sufría mucho y no había nadie que pudiera socorrerlos. El que se decidía a ir a pedir a algún familiar que se hallaba en otro lugar, expiraba por el camino. Algunos se morían en su propia casa y hedían en su chinchorro, no los enterraban en los cementerios. Y todavía más adelante se hizo visible la verdadera hambre. Fue visto en el monte, se tropezaba con la gente por el camino, llegaba a las casas en la noche. ¿A qué se parecía el hambre? Según los que lo han visto, se parece a un varón de mala apariencia, flacuchento, que se le notan las costillas, con los ojos hundidos, descalzo, lleva un pobre cinturón casi deshecho, lleva una canasta y flechas. Flechas como: de punta roma y abultada y la de cuerno de venado. Andaba día y noche. Recorría todos los lugares. Si por casualidad se tropezaba con algún adulto, lo mataba de paso; lo golpeaba con la flecha de punta roma en el pecho. Y si se topaba con un muchacho, también lo mataba; lo cargaba dentro del cesto. La gente le tenía mucho miedo y no se atrevía a salir al campo, permanecía en la casa. La gente hacía el fuego en un hueco bajo tierra dentro de la casa para que no lo viese. Si veía algún fuego encendido se iba a donde él.


III

Cierto día más tarde, había unas personas que habían regresado después de haber cazado por sitios muy apartados; apenas habían cazado muy poca cosa. Casualmente se sintió extenuado uno de los hombres, víctima de la sed y la inanición.

Los compañeros lo habían dejado de paso sin más a la sombra de unas matas al borde del camino. "¿Y si se muere?" —ni siquiera pensaron. Antes de partir le echaron un poquito de agua en la boca. "Ya que a él no le va a pasar nada, se levantará cuando se haya recuperado" —fue lo que se dijo. Le anocheció más tarde al hombre en el campo; no le llegó a él nada, dormía buenamente. Durante la noche se había recuperado y se levantó al amanecer. Se fue para casa; se alejaba caminando por donde había venido antes, ya que no era desconocido para él el camino. Estaba triste por haber regresado sin ninguna presa. "Dígame, no llevo nada. Se van a morir de hambre de todas maneras mi mujer y mis hijos. Es mejor que yo cace algo de paso, si tan siquiera lograse alguna presa, tal como: iguana, machorro, lagartijas, y al llegar a casa tomarían caldo de eso" —decía hablando a solas.

Ahora bien, en el momento en que el hombre estaba hablando a solas, oía a sus espaldas el grito de alguien: "Kohu, ale, ale, ale" —oía que decía. Otra vez: "Kohu, ale, ale, ale, espérame, kohu" —decía. "¿Serán los que estaban cazando conmigo?" —pensó. Miró hacia donde oía el grito. Y como aquel de quien oía el grito no era nada lento, poco a poco se le iba acercando: "Kohu, ale, ale, espérame, kohu" —decía detrás de él. Ahora bien, un poco después, vio que salía un hombre que venía hacia acá atravesando un lugar despejado. Andaba de prisa, llevaba flechas; y llevaba una canasta como si rodase tras él.

El hombre estaba aterrado al ver semejante cosa. "¡Caramba, seguramente no es una persona! Es mejor que yo me eche a correr adelante, no sea que se trate de algo!" —dijo echándose a correr por otro camino.

Pues bien, al principio corría y corría, pero cayó tendido un poco más allá, pues se encontraba muy débil, ya estaba sin fuerzas por el hambre y la sed. Pues bien, se le acercaba más y más lo del grito. El hombre sintió mucho terror. Se hallaba tendido boca arriba en el borde del camino, al pie de un corpulentísimo bucare.

"Kohu, ale, ale, espérame, kohu" —gritaba la cosa tras el hombre. "¡Pobre de mí, que muero en el campo! Para mí hubiera sido mejor morirme en mi casa, que de esta forma verían mi semblante mi padre, mis hermanos, mi esposa y mis hijos. Pero así como estoy yo, me comerán sin remedio los zamuros" —decía el hombre que yacía tendido. Pues bien, se le iba acercando el hombre el de la canasta... "Kohu, ale, ale, detente para que te alcance, kohu" —decía tras él como viniendo hacia acá.

Pues bien, el hombre se preparó para la llegada de aquello. "¿Qué le podré hacer yo?" —decía. Pues bien, apenas llegó a donde él aquello, se le vino encima. Y menos mal que el hambriento era valiente de verdad, le clavó una flecha en la garganta en el momento preciso en que levantaba la cabeza para gritar. "¡Chíj!", al cuerpo, la flecha traspasó de parte a parte. Hizo "chih" a la vez que ascendía en espiral.

"Tsoj" —sonó un poco más allá. Pues bien, en el acto había corrido el hombre hacia aquello y lo encontró tendido en el suelo, era una enorme culebra; él vio la herida en el cuello.


IV

Apenas murió el hambre, apareció de pronto un torbellino fortísimo; levantaba nubes de arena. Donde había sucedido eso se abrió un hueco hondo, que semejaba un jagüey de los grandes. Por su parte el hombre se encontraba allí aferrado a un palo para que el viento no se lo llevase. Ahora bien, después de aquello las nubes se redondearon y apelotonaron y cayó una lluvia muy grande. Pues bien, ¡qué abundancia de agua! Crecieron las cañadas; se perdían los animales y se perdían también personas, se las llevaban por delante las crecientes.

Así fue, según dicen, el relato de los antiguos acerca del llamado hambre.

Se acabó, y eso no más.
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©   Miguel Ángel Júsayu

LA CASA DE ASTERIÓN
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Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IX – Número 36
Enero-Febrero-Marzo de 2009

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
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PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
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