La otra historia oficial
Jacques Gilard
Universidad de Toulouse - Francia
Tomado de Revista Universidad Nacional de Colombia No. 21, 1989, pp. 43-47.
Cualquier verificación documental se tachaba de «empirismo»,
es decir, de conocimiento precario y en cierta manera inútil
frente a las certidumbres absolutas de la «teoría».
Germán Colmenares
La aparición de El general en su laberinto desató en Colombia un nuevo episodio del debate entre bolivarianos y santanderistas. Era de prever. Y lo interesante no radica en los argumentos que van a cruzar los dos bandos en presencia —argumentos conocidos de sobra—, sino la propia reaparición del debate. Es a la vez lo interesante y lo deplorable. Porque da la impresión de un país que no quiere cambiar, pues ni siquiera renueva sus debates. De hecho, no se trata tanto de debatir como de repetir lo que siempre se ha dicho, método que nos aleja de toda disciplina intelectual y nos adentra en el territorio de la magia, donde echó raíces hace tiempo la clase dirigente colombiana, y al parecer con buenos resultados.
La vida de Bolívar, en sí, ya no tiene importancia histórica; la tendría si quedaran aún hechos, datos, documentos por descubrir, y por ese lado la historia académica —tan dada a buscar bases para la santificación de los próceres nacionales (aunque fueran venezolanos) de que necesitan el estado y la clase dirigente— hizo todo lo humanamente posible. Es de creer que todo se ha descubierto ya y la biografía de Bolívar queda ahora a disposición de los escritores de ficción y de los ideólogos mercenarios: salvo improbable aparición de materiales nuevos, dejó de ser terreno para historiadores. En cambio, los textos del Libertador siempre requerirán de nuevos análisis, como los de Martí, Mariátegui y algunos más. Todas las polémicas, tan pasionales, sobre la biografía dejaron de tener razón de ser. Dejaron de tenerla en Colombia desde los años 40, momento en el que una historiografía auténticamente científica hizo su aparición en el país con los trabajos de Juan Friede. En adelante, las cosas se situaban a otro nivel.
Otro aspecto es que la novela de García Márquez suscita tergiversaciones sobre la exactitud de su Bolívar. Parece ridículo, después del caso Rushdie, tener que afirmar nuevamente la libertad del escritor de ficción en relación con todos los aspectos del material histórico de que se sirve: puede no solamente jugar como le dé la gana con los períodos o momentos no documentados, sino también con los que se conocen en forma inequívoca de cartas, proclamas, memorias, etc. Esto último no lo hizo García Márquez, pero podía haberlo hecho y hubiera sido algo absolutamente legítimo. Pero la libertad de la ficción no se admite tan fácilmente, y, para concretarnos al caso de Colombia, hay que decir que un buceo en la prensa y las revistas de los últimos cincuenta años nos da una rica cosecha de polémicas nacidas de las libertades que se tomó tal o cual autor con ciertos aspectos o personajes de la historia del país.
Anecdotario
Se da una especie de actitud afectiva, un apego a una cosa al parecer intangible, que no es historia sino anecdotario. No debe haber en el mundo un solo ejemplo de un sistema político que no hubiera tratado de suscitar ese apego afectivo mediante la enseñanza de un anecdotario histórico en el que se mezclan el chovinismo y la autocelebración del poder. En las sociedades arcaicas cumplían o cumplen ese papel mitos y leyendas (Minerva dando sus leyes y el olivo a Atenas, o la fundación de México —Tenochtitlán—), y la historia propiamente dicha surge cuando alguien trata de ir más allá de lo legendario y de encontrar una cadena de hechos concretos tan antiguos y coherentes como sea posible. El papel de mito y leyenda lo cumplen en las sociedades modernas el manual de historia para la escuela primaria, que es en realidad un anecdotario con héroes nacionales, los cuales nada o muy poco tienen que ver con la realidad de la época moderna: el lusitano Viriato en España, el bretón Casivelaunio en Inglaterra, el galo Vercingetórix en Francia, el indio Hatuey en Cuba, Agüeybana el Bravo en Puerto Rico, Cuatémoc en México, etc. Todo ello para el chovinismo.
Para la autojustificación del poder de turno se acude al arquetípico procedimiento que consiste en pintar de un negro absoluto al sistema anterior, en una simplificación abusiva del proceso histórico: a veces con el subterfugio de borrar decenios o siglos, como en la España franquista, donde los manuales de historia se detenían en las matanzas napoleónicas del 3 de mayo de 1808, con lo que se supone que debían legitimarse la cruzada y el poder del Generalísimo; en Francia, la Tercera República (1879-1940) insinuaba su legitimidad en una rabiosa denuncia del sistema monárquico cuestionado en 1789 y así se ocultaba el hecho de haber sido una revolución burguesa no tan preocupada por la igualdad social (y desde luego nada se decía de la Comuna de 1871); en la América hispana, la élite criolla expulsaba del pasado el episodio colonial con que había roto, disimulando así tanto las injusticias sociales, que no cambiaron con la Independencia, como su incapacidad para definir un tipo propio de gobierno. En todas partes manipulaciones para no enfrentarse con los procesos y para presentarse cada tipo de gobierno como la culminación de la historia toda, sin efecto sobre la naturaleza real de los Estados: ilegítimo de todas formas el de la España franquista, legítimos de todas formas el de Francia republicana y los regímenes constitucionales en los países independientes de América hispana. Pero el heroico anecdotario que hace las veces de historia patria cumple el papel del mito y la leyenda. La legitimidad o ilegitimidad del poder está inscrita en el proceso histórico, no en el anecdotario para mentes sencillas. La cuestión es saber si, más allá de la escuela primaria, aparece la investigación crítica sobre el pasado. Felizmente, casi siempre aparece, solo en casos extremos de sistemas totalitarios. Sólo que no es tan fácil hacer admitir que pueda existir esa investigación crítica. Para tomar el caso de Francia, donde hace bastante tiempo que la escuela primaria rompió con el anecdotario heroico y promueve la reflexión histórica, con frecuencia hay denuncias de que «ya no se enseña la historia patria». Con más razón en las repúblicas latinoamericanas, y con mayor intensidad por tratarse de países jóvenes en los que los Estados herederos de la élite criolla mucho necesitan todavía que exista un nacionalismo tan intransigente como sea posible; más que en los países viejos, ya desencantados de vanos siglos de sangrienta historia bélica, un gobierno latinoamericano necesita acreditar la idea de que el Estado es la patria. Necesita suscitar fe, apego afectivo —y nada de reflexión crítica—. De ahí que el aporte de los historiadores modernos haga tan poca mella en la conciencia colectiva.
Mito y crítica
Porque la historiografía científica no cree más que en la necesidad de adoptar los procedimientos de la ciencia experimental, y su fundamento —y su honor— es cuestionar permanentemente sus propios descubrimientos y sus propias hipótesis y afirmaciones. El anecdotario, en cambio, se propone como intangible e inmutable. Por supuesto: es lo que suelen llamar historia los que se remiten a tal disciplina no como conocimiento del pasado (o esfuerzo para desconocerlo un poco menos), sino como supuesta base de una nacionalidad y de una identidad. Tal vez exista eso que suelen llamar nacionalidad, pero si existe no es ciertamente con cimientos marmóreos: sólo con movimiento. La identidad también es motivo para decir mentiras o estupideces, aunque también debe existir algo que puede llamarse identidad. Lo seguro es que el anecdotario heroico les sirve de base, mediante la enseñanza, la prensa y las casi siempre mal llamadas academias de la historia, a los Estados y a las clases que los monopolizan; precisamente las entidades que necesitan hacer creer que hay identidad y nacionalidad de las que el Estado sería la natural y legítima emanación. En vez de historiografía: mitología, hagiografía; en vez de procesos históricos: héroes. Manipulación de los hechos y manipulación de las conciencias. La primera pregunta debería ser: ¿cómo se fabrica un personaje histórico? Para contestarla tómense los ejemplos de Juana de Arco y la Pola, dos productos típicos de la historiografía decimonónica, podrida de ideología nacionalista; véanse los documentos, véanse los huecos que dejan, y léase de qué manera fue el discurso colmando esos huecos; y véase el uso político que se hizo de los símbolos así elaborados. Solamente la historia científica es liberadora, porque ella misma sabe que siempre estará por rehacer. La otra historia, la que se dedica a fabricar y a glosar héroes para darle un hueso que roer a la gente de abajo, siempre será alienante. Y poco importa qué ideología la maneja y la usa, pues esa historia heroica sólo sirve como justificación de un poder; si no es el poder de turno, puede ser un poder en ciernes, que va en busca de su legitimidad futura. Es una historia que en vez de alentar el pensamiento, lo congela. Consciente o inconscientemente, toda crítica que se le haga a la veracidad del Bolívar ficticio de García Márquez parte de la lógica del poder. Y, repetimos, este tipo de crítica, en nombre de la verdad histórica, nunca se justificó tratándose de literatura, y en Colombia menos después del despertar de la historiografía que se le debe a Juan Freide.
La otra historia oficial
Precisamente por esto último resulta más bien extraño el que García Márquez declarara en una entrevista concedida a María Elvira Samper (Semana, Bogotá, No. 358, 14-20 de marzo de 1989):
Entonces una tarea que tengo ahora, ya terminado el libro, es crear una fundación —la Fundación para escribir la verdadera historia de Colombia—. Voy a reservar el producto del Bolívar para esta fundación. Voy a organizar un grupo de historiadores jóvenes, no contaminados para tratar de escribir la verdadera historia de Colombia, no la historia oficial, para que nos cuenten en un sólo tomo cómo es ese país y que se lea como una novela.
Peligroso proyecto es la intención de escribir la verdadera historia de un país, pues de ahí en adelante en este país no sería necesario, ni siquiera deseable, ni siquiera sano, seguir haciendo uso del pensamiento; ya no harían falta historiadores ni intelectuales; todo estaría dicho de una vez para siempre.
Y, de paso, ya que se trata de terminar con la historia oficial, parece que se trataría también de una historia oficial, sólo que ahora —¿por qué milagro de la Divina Providencia?— marcada por un signo positivo y válida por los siglos de los siglos. Formidable empresa también la que consistiría en hacer que quepa en un solo tomo la historia de un país.
¿Qué historiador aceptaría volver realidad semejante apuesta válida para un catecismo pero no para una ambiciosa tarea de ciencias humanas? Mantengamos por ahora la respuesta en reserva. En cuanto a la amenidad de la lectura, tal vez, sería necesario otro milagro. Me consta por motivos que no vienen al caso que los historiadores colombianos se distinguen, entre sus colegas hispanófonos, por la honrada calidad de su estilo; sólo que no todos tienen la suerte de Jorge Orlando Melo, en cuyos escritos se adivina la presencia de un narrador oculto detrás del científico. Pero no se le pueden pedir peras al olmo: el historiador no tiene por qué encantar o seducir; hasta se podría decir que, sin quererlo, su primera función es la de molestar y disgustar. La historia se hace y se escribe precisamente para desinflar tópicos y también con base en referencias y análisis austeros. Tarea de vulgarizadores sería ésta de escribir una historia amena, y ya se sabe que el vulgarizador trabaja con lo que ya fue hecho por otros; es decir, que desde antes de empezar se quedó atrasado con respecto a los que siguen indagando (y lo feo es que él será quien más dinero gane en el asunto).
Al llegar a eso de los «historiadores jóvenes» encontramos la respuesta de quiénes serían capaces de escribir «en un solo tomo» la historia completa y «verdadera» de un país. Jóvenes tenían que ser para lanzarse a semejante aventura, sólo que por su misma juventud no impondrían llevar el título de historiadores. Estudiantes de historia, licenciados en historia, pero aún no historiadores. En efecto, para serlo de verdad, hay que haberle dedicado a la formación teórica, y luego a la investigación, y luego a la síntesis, bastantes años como para haber dejado de ser joven. Si de pronto aparecen los «historiadores jóvenes» dispuestos a probar suerte, serán estafadores, ideólogos o lagartos o ambas cosas a la vez.
Con lo que acaba de decirse sobre lo incompatible de ser mujer u hombre joven y a la vez historiador serio, no hace falta comentar demasiado el hecho de tener que tratarse de espíritus «no contaminados» ¿Contaminados de qué? ¿De historia académica a la manera colombiana? Hace ya unos cuantos años que ésta se murió, aunque los suplementos dominicales de la prensa bogotana nos sigan sirviendo como en bandeja —cada vez menos, es cierto— tajadas de su cadáver. ¿Contaminados de métodos científicos? Entonces no serían historiadores. Es preferible tomar las cosas bajo otro ángulo. ¿De que está contaminado Juan Friede en los años 40? ¿De qué están contaminados Jaime Jaramillo Uribe, Germán Colmenares, el ya citado Melo y bastantes más a quienes también habría que mencionar? ¿De qué están contaminados los jóvenes —sí, los hay, pero hay que ver por dónde andan— que hoy en día tragan polvo en el Archivo de Indias, de Sevilla, o se arriesgan en los no siempre cómodos archivos locales o regionales de Colombia? ¿Es una contaminación el haber dejado de creer y el querer saber? ¿Es una contaminación el adoptar un humilde proceder empírico, el de la ciencia, para aproximarse sin anteojeras al portento de los hechos? Esa gente sí ha roto con la historia académica a la colombiana, la oficial y heroica; propone, no decir la verdad, sino acercarse a ella —que es algo muy distinto—, pues ellos creen en el saber (es decir en la libertad) y no en el psitacismo embrutecedor de algo que también sería un código de nombres y fechas, simple forma renovada del patrioterismo de siempre. Ellos saben que nunca se terminará de escribir la verdadera historia de Colombia, al contrario de los posibles jóvenes historiadores-ideólogos-lagartos con que sueña García Márquez.
Gabo en la retaguardia
De hecho, éste, en cuanto a disciplina histórica se refiere, parece haberse quedado estancado en los años 40, época en la que la intelectualidad colombiana sólo conocía dos modalidades de estudio histórico: en primer lugar, la modalidad académica, entonces dedicada exclusivamente a una puntillosa rememoración de hechos y nombres; y en segundo lugar, los relatos de Arciniegas, sobre todo de éste, y también, aunque en menor grado, de Liévano Aguirre. Sólo que era una equivocación creer que Arciniegas y Liévano fueran historiadores. Porque existía una modalidad más, la que representaba Friede, sólo que eran muy pocos los que entonces le concedían atención. Entonces, para los jóvenes intelectuales, nada enterados de la potencialidad de la investigación histórica, no había más disyuntiva que entre el aburrimiento moralizador de lo académico (con tendencias a un totalitarismo estatal y criollista) y el ameno relato a la manera de Arciniegas. Es lo que se desprende de la polémica suscitada en 1948 con un libro del abogado barranquillero Rafael Marriaga, Una heroína de papel, dedicado a la Pola. En el debate intervino García Márquez, por cierto, hablando ya, y no por casualidad, de «la Policarpa verdadera» (El Universal, Cartagena, 6 de octubre de 1948). Intervinieron otros jóvenes, frente a la centralísima posición de la Academia. En particular escribió sobre el tema, con alguna insistencia, el joven periodista y escritor Gustavo Wills Ricaurte (El Espectador, 9 de octubre de 1948, 8 de enero de 1949, 24 de febrero de 1949, etc.); a cuarenta años de distancia, las glosas de Wills parecen haberse condensado sin cambios esenciales en las recientes afirmaciones de García Márquez.
La Pola de Marriaga no era la verdadera, sino una Pola distinta a la de la Academia de la Historia —lo cual en esos tiempos era ya mucho—, no hay duda. Está claro que para los jóvenes contestatarios de entonces no había más ruta que la del ameno relato, apto para suscitar el interés del gran público por la historia, y apropiado para cuestionar las sofocantes normas de lo académico. Lo extraño es que, al cabo de tantos años, se esté en lo mismo, estrictamente, y que la conciencia número uno del país siga desconociendo el decisivo pero ya lejano aporte inaugural de Friede, y no se haya enterado en lo más mínimo de todo lo que ha producido y propuesto la valiosa escuela historiográfica colombiana de los últimos 25 años. Abogar hoy por la redacción del tomo único de la verdadera historia de Colombia es como promover un inútil combate de retaguardia con un enemigo ya derrotado, por no decir que es un planteamiento reaccionario.
«Ciencia conservadora»
A este propósito tal vez no sea inútil recordar un magnífico artículo de Rafael Gutiérrez Girardot, titulado «La ciencia conservadora» y aparecido en el n.º 35 de la Gaceta de Colcultura (primera época), en 1981. El artículo era una réplica a una nota aparecida en El Siglo del 30 de diciembre de 1980, titulada «Recordando con ira», la cual, pese a ser anónima, era atribuida sin vacilación por Gutiérrez Girardot a Álvaro Gómez Hurtado (y éste, que sepamos, nunca desmintió ser el autor de la nota). «Recordando con ira» era una denuncia fascistoide —según Gutiérrez— del excelente y fecundo trabajo que era y sigue siendo el Manual de Historia de Colombia editado por Colcultura. Era una explosión de ira contra la historiografía científica, contra esa aproximación desprejuiciada a la verdad de los procesos formativos del país. Quien necesita de la fe ajena para mantenerse en un liderazgo social y político sólo le puede tener horror al debilitamiento del prejuicio y a la libertad del pensamiento. Pensemos que existiendo ahora bases seguras y respetables ejemplos para que sigan desarrollándose una investigación y un análisis de esos procesos del pasado, no es tanta la diferencia entre la denuncia de la mal llamada nueva historia y su simple y sereno desconocimiento. García Márquez, con su inexplicable indiferencia, con su irresponsable propuesta de favorecer la aparición de la verdadera historia del país, termina instalándose en la incómoda vecindad del señor Gómez Hurtado. En total, no es sano ignorar la existencia de la moderna historiografía colombiana, y menos sano aún es dar de creer al país que todo está por hacer en este renglón, porque equivale a tirar a la basura unos años de valiosos esfuerzos individuales y colectivos. Esa implícita alusión a una todopoderosa varita mágica, tan llena de desprecio por todo trabajo de tipo científico, es como un espaldarazo dado al obscurantismo. ¿Qué país, por muy macondiano que sea, podría prescindir sin graves consecuencias para su futuro del aporte de esta forma de inteligencia?
Novelista, a tus zapatos
Tratemos, sin embargo, de ver el aspecto potencialmente positivo del problema planteado por esas extrañas declaraciones de García Márquez. La idea de escribir la verdadera historia de Colombia es de novelista y no de historiador. Lo único que cabe es formular el deseo de que sea García Márquez, él solito y a su manera propia, quien escriba una biografía de Colombia. No se puede olvidar que, sin ser obra científica, la Biografía del Caribe de Germán Arciniegas no ha dejado de ser un gran libro colombiano, siendo un título que pertenece mucho más a la literatura que a la historiografía. Aún más importante, más ameno y esclarecedor (también lo fue Biografía del Caribe) sería el libro que pudiera escribir García Márquez. Esclarecedor para el público y para los analistas, que es, en el fondo, lo que pedían los jóvenes intelectuales de los años 40. Pero no será un libro histórico; y el caso es que, en materia de historiografía, el país ya no necesita de ese tipo de estímulos. A estas alturas, dejó de justificarse la confusión de géneros.
Y para terminar de poner pinceladas de color de rosa en esta tenebrosa cuestión, último punto, vinculado con lo anterior: a más de veinte años de la salida de Cien años de soledad, resulta evidente que la novela operó una formidable limpieza en la forma en que el país se veía a sí mismo.
No hay duda de que —pese a que pueden surgir de allí nuevos conformismos— el arte y la imaginación abren amplias y prometedoras pistas, ni de que, después, las ciencias humanas se benefician con los fogonazos de los grandes maestros del verbo. Igual cosa puede pasar con el humano Bolívar de El general en su laberinto: mientras que el historiador puede tardar decenios en marcar la conciencia colectiva, el novelista —y más el universalmente prestigioso que es García Márquez— puede conseguirlo sin demora mediante unas cuantas decenas de hermosas páginas, terminando con las inútiles y acomodaticias estatuas que para finalidades propias edifican el poder y los bandos políticos. Entonces, en esto quedamos: los novelistas, que escriban novelas. La historiografía colombiana hace bastante tiempo que llegó a su mayoría de edad.
Pero, eso sí, una ayuda financiera no vendría mal para prolongar lo que ya se emprendió y también para ayudar a que se fortalezca en los archivos una nueva generación de historiadores. Todo ello sin consignas previas, dentro del científico criterio de la honradez y el rigor, que es el único apto para impedir contaminaciones de cualquier tipo.
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© Jacques Gilard
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IX – Número 36
Enero-Febrero-Marzo de 2009
PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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