El investigador literario francés Jacques Gilard
¿Qué puedo escribir sobre Jacques Gilard? Recién hoy, 16 de diciembre, me entero de su muerte, ocurrida el 1 de noviembre de 2008. Ello porque Guillermo Tedio, sin mayores detalles o creyendo que yo sabía del fallecimiento de Gilard, me invitó a escribir sobre él para el número 36 de La Casa de Asterión (enero-febrero-marzo de 2009), dedicado a la vida y obra del crítico occitano, tan vinculado a esta región, pero de un modo contundente, más que entrañable a Barranquilla, de cuyos olores, sabores, colores y sudores vivió agradecido, enamorado.
Es fácil enamorarse de Barranquilla. No solo le pasó a Gilard sino que le sucede a todos los que hemos vivido en la alegre, grosera e inmoral Arenosa. Amor que a mí me viene de mi abuela —Francisca Toledo—, que amaba a Barranquilla y fue toda la vida hincha furibunda del Junior en una casa de rabiosos unionistas. Me resulta cómodo, muy familiar en realidad, conectarme con el cariño que Gilard debió tributarle a la ciudad colombiana en donde inició sus investigaciones sobre la cultura literaria de esta región.
Es bastante frecuente —fuera de un límite tolerable— que sea el último mortal en enterarme de las tragedias de un mundo que vuela, que reinventa límites, que devora fronteras. Ignoraba el deceso de Gilard. Ni siquiera sabía de la enfermedad que le detectaron hará algún tiempo. Tengo una única excusa o razón inobjetable. Soy escritor: vivo entre libros, leyendo o escribiendo libros, salvadora vorágine que me permite asomar la cabeza a la calle para cumplir apenas con los ritos más elementales de la ciudadanía: comprar la prensa, saludar a los vecinos, conversar con las vendedoras de minutos de celular o confirmar que el tráfico es cada mañana más grueso en la Avenida Libertador de Santa Marta, más ahora en los días iniciales de la alta temporada turística de fin de año. La brisa, sin embargo, carece de la fuerza ululante de otros días. ¿Por qué? Habrá que averiguarlo con algún meteorólogo amigo.
Sé que el profesor Gilard, a quien no conocí en persona, pero cuyos libros o artículos leo con inmensa atención desde hace más de veinte años, habría comprendido mi despiste, postura a la que habría seguido la extensión de una indudable disculpa. La literatura es un negocio absorbente, manipulador, insobornable, que rara vez admite competencia. Le resulta indiferente en realidad si sus oficiantes practican la ficción o ejercen de críticos, que fue el paradigmático caso de Jacques Gilard, quien entregó la mitad de sus sesenta y ocho años a la investigación, la crítica literaria y la divulgación cultural.
Siempre supe de la pasión de Gilard por la cultura caribe de Colombia. Es aceptable que se me permita pensar que un hombre de absolutas entregas, celoso con sus fecundas pesquisas, hubiera invertido los últimos días a concebir nuevos proyectos, esperanzado tal vez en extraviar el camino de una enfermedad terminante. [1] El entusiasmo que derrochó por este país ordena en mi memoria los nombres de muchos extranjeros que en otras áreas del pensamiento agotaron su vida en el estudio de Colombia. El primer nombre que me viene esta vez a la cabeza es el de Gerardo Reichel Dolmatoff, el arqueólogo y antropólogo austríaco que durante más de medio siglo desentrañó el pasado precolombino de este país en el que terminó viviendo y en el que murió (Bogotá, 1994). Algo hay en este país —a ratos hermoso, casi siempre perdido en sí mismo— para que hombres como Dolmatoff o Gilard, de lenguas o culturas distintas, decidan echar sus cartas o sus dados en él, sin esperar ningún golpe de fortuna. Me remonto al artículo que Gilard escribió sobre Pedro Claver [2], el apóstol de los negros esclavos de la Cartagena del siglo XVII. ¿Alguna involuntaria lectura en clave de su propia misión crítica sobre la cultura de esta parte de Colombia? Allí, en el análisis que hace de un pliego de cordel que divulga la beatificación de Pedro Claver, fechado en Barcelona hacia 1850, devela la manipulación o falsificación que del mundo americano pululaba en España, reino este sin colonias o con muy pocas entonces, que insistía en mirar a América de manera superficial, aferrada a los clichés, negada a reconocer la multirracial identidad de este continente. Una distorsión que, aún bien entrado el siglo XX, predominó en las élites europeas o criollas.
Siendo lo que era el trasfondo español de mediados del siglo XIX, y con los esquemas entonces imperantes en el cordel peninsular, no puede resultar extraño que esta hoja dedicada a la beatificación de Pedro Claver, en el fondo, hablara más de España que de América. Lo que faltaba era exactamente lo esencial, o sea, la vivencia de un mundo multirracial en su proceso de mestizaje genético y cultural. [3]
Rescate esencial, multirracial, literario, folclórico, musical, deportivo que hombres como Gilard nunca perdieron de vista, cuando aún se suponía que las ecuaciones de las identidades culturales estaban resueltas todas en sus múltiples incógnitas.
No me conocí con Gilard. Nunca tuve ocasión de coincidir con él las veces que visitó el país durante sus pesquisas. Me sorprendió que se hubiera fijado en mi obra: incluso en mi obra inicial. En 1987, con motivo de la publicación de la antología Cuentos del Magdalena, escribió una carta a Rafael Darío Jiménez, el antologista de este libro, en la que saludaba el esfuerzo del Instituto de Cultura del Magdalena. En el párrafo final alertaba sobre el último nombre de la antología: a quien había que seguirle la pista, porque “es una figura prometedora.” Se refería, por supuesto, a quien escribe esta nota. Rafael Darío me leyó este comentario con mucho entusiasmo, alguna vez, en Santa Marta. El hecho me sirvió para percibir, de manera más directa, el real y profundo interés que este francés sentía por la cultura caribe de Colombia. Le hice el comentario a Germán Vargas, alguna mañana en que pasé a visitarlo a la oficina de El Heraldo, de Barranquilla. Me ratificó la devoción de Gilard por Colombia, específicamente por la región Caribe. Igual me confirmó que Gilard le había expresado la sorpresa de haber encontrado en la antología a un nuevo escritor, alguien sobre quien había que tener el ojo puesto.
Seguí leyendo a Gilard con el interés con que leo los serios estudios que se publican sobre las letras de este país. Leer a Gilard, a principios de los ochentas, me había servido no solo para ponerme al día con el pasado de las letras caribeñas sino para intimar con la trayectoria vital literaria de figuras muy próximas a mi contexto cultural: Cepeda, Gabo. Pero el asunto con Gilard, de cuyas visitas a Barranquilla [4] me enteraba por Álvaro Suescún o Guillermo Henríquez, luego de la muerte de Germán en 1991, no paraba en el interés en Gabo o Cepeda, a quienes estudió en profundidad y editó y tradujo. Tenía un espectro bien amplio en el que figuraban las obras de Rojas Herazo, Amira de la Rosa, Marvel Moreno, Julio Olaciregui, Ramón Bacca, Ramón Molinares, José Luis Garcés. No era el suyo, como alguien podría sospechar con triétnica malicia Caribe, un interés en los grandes, en los nombres consagrados. Le interesaba la literatura viva de la región, su evolución más reciente, y en ello ponía la misma pasión con que seguía el estudio del vallenato o el vaivén de la vida cotidiana en el Caribe.
La pasión de Gilard por las letras del Caribe colombiano seguía ensanchándose o cavando bien hondo, en busca del agua primera. A mis manos llegaron textos suyos en francés sobre sus más recientes preocupaciones. En uno de ellos, producto de un congreso sobre literatura regional, celebrado en Toulouse, rastreaba la presencia de la figura de los plantadores bananeros en la literatura, el periodismo crítico o las canciones vallenatas en una docena de autores de ficción, periodistas y compositores. No conservo el texto pero recuerdo algunos nombres: Castañeda Aragón [5], José Francisco Socarrás, Auqué Lara, Santander Durán Escalona, aparte de Gabo, Cepeda, Henríquez y Bacca.
Así me enteré, en mi mal francés, que el profesor Gilard había vuelto a referirse a mí, tres lustros después de su primera referencia a un texto mío. Esta vez dedicaba comentarios más detenidos sobre cuentos míos publicados en el volumen Tres para una mesa [6] (Ciénaga, 1991). ¿Cómo llegó el libro a manos de un hombre tan atareado? Supongo que se lo enviaría Ramón Bacca o él lo adquirió durante alguna visita. Leyendo con ayuda de un diccionario el ensayo suyo publicado en la revista Caravelle, encontré que la valoración efectuada trascendía el examen de la figura de los plantadores bananeros. Identificaba diferencias de tono en el tratamiento sobre la Zona Bananera. Al referirse a mis cuentos —“Una vez el paraíso”, “Extraños en la noche”, “Te enviaré rosas de Beirut”—, identificó una postura que lo distanciaba de otros tratamientos asociados con el tema de las bananeras. Gilard se toma el trabajo de señalar, en mi caso, la existencia de una visión que separa mi obra de los grandes referentes literarios sobre la Zona Bananera: Cepeda, Gabo. Emplea la expresión “nostalgia crítica” [7] para referirse a la manera en que, en estos cuentos, abordo el mitificado mundo bananero. Algo que encuentro normal, dada la distancia generacional que me separa de Gabo, de Cepeda e, incluso, de Bacca y Henríquez. Apreciación que permite ubicar mi obra inicial dentro de un contexto conocido pero con una visión diferente.
Tengo poco que agregar. Quizá valga la pena anotar que, en agradecimiento a sus alusiones, le remití a Toulouse, por intermedio de Mercedes Ortega González-Rubio, hija de Guillermo Tedio [8], que estudiaba allí, todos mis libros publicados. Algo que hice —yo, que soy un antisocial, que nada sé de relaciones públicas— para que el profesor Gilard tuviera oportunidad de al menos constatar que, en mi caso, la literatura no había concluido con la escritura de un puñado de cuentos a principios de los ochentas, años en que estudié Economía en Barranquilla. Sé que recibió mis libros. Algo que me basta.
Como caribeño de Colombia, tengo que resaltar el esfuerzo gigantesco de cerca de tres décadas que el profesor Gilard consagró al estudio de la cultura de esta parte de Colombia. Honor que compartió con un puñado de colombianistas norteamericanos. Es el crítico extranjero que, a mi juicio, más ha contribuido a entender la evolución más reciente de la historia cultural del Caribe.
Alguien que haya dedicado los años más fecundos de su vida intelectual a semejante menester, merece la más sincera admiración. Se necesita ser el hombre que sus amigos dicen que fue Gilard para hacerlo. Un ser de una vasta curiosidad intelectual, de una humanidad inmejorable y de una generosa capacidad personal.
Releo “Las tres casas de Marvel”, texto de Gilard que da cuenta de la amistad literaria que por más de 20 años mantuvo con la escritora Marvel Moreno. En la humanidad de tales páginas, aflora sin afeites la generosa capacidad personal de un hombre fundamental en la vida literaria de la autora barranquillera. Fue para ella algo más que una “mirada externa” en una etapa suya decisiva, a mediados de los 70, en París, cuando Marvel vivía con Plinio Apuleyo Mendoza. Se convirtió en el amigo cómplice que siguió atento por teléfono, mediante cartas, durante esporádicas visitas a París, la escritura tanto de sus cuentos como del traumático proceso de años —de enfermedad y miedo— en el que Marvel Moreno escribió En diciembre llegaban las brisas, sin dejar nunca de fumar, sin olvidar jamás a sus gatos, sus perros o canarios.
Las páginas finales del texto son avasallantes. Entregan algo más que el cuadro de los últimos días de Marvel Moreno, en marzo de 1994, última vez que conversaron. No solo informan del impacto que produjo en Gilard una noticia esperada. Ilustran de manera directa la rutina de movimientos en la que un crítico edifica su obra, al margen de los ruidos de las ciudades, ajeno a las distinciones académicas, inmune a los aguaceros sin aviso. Pasos en silencio, metódicos cálculos, horas de extravíos que permiten, a la larga, rescatar un destello de vida de los mismos baúles de la muerte.
No fui a París el día que la incineraron. Viajé a finales de agosto y trabajé largas horas con Jacques Fourrier [9] y estuvo Plinio un momento, y yo tenía la impresión de que Marvel iba a aparecer en cualquier momento en la puerta del salón, para comentar con nosotros los papeles que íbamos revisando. En noviembre, invitado por una asociación de colombianos de Estrasburgo, leí por primera vez una conferencia sobre su figura y su obra; en más de una oportunidad durante la charla mi voz se resistió a salir, y tuve la impresión de que entonces empezaba a hacer mi luto. Pero aún no es el caso: desde entonces, a la hora en que anochece o cuando ya es de noche (nuestras conversaciones telefónicas no tenían lugar sino de las siete en adelante), siento con frecuencia el impulso de descolgar el aparato y comentarle algo que se me acaba de ocurrir —como solía hacer, antes—, para continuar la conversación iniciada más de veinte años atrás. Exactamente como si, en el salón de la rue des Couronnes, fuera Marvel a contestarme, como siempre. [10]
Alcanza una lectura semejante a rompernos la cabeza, a mordernos la carne, a vaciarnos los ojos. Ni más ni menos que el tratamiento que Kafka siempre exigió a toda escritura vital, honda, salida de la más titánica lucha contra el dolor, el olvido, la insensatez, la muerte.
Habrá que lamentar que este occitano amante del ciclismo y los toros no haya vivido otros años para coronar la aspiración de poner en un par de tomos una visión definitiva sobre el Caribe y Colombia. Este sueño a medias cumplido, según la confesión de un amigo de Gilard, quizá sea el mayor legado suyo. [11]
Notas:
[1] Recluido en una clínica aprovechaba los respiros que le permitía la morfina para preguntar por materiales que esperaba de Colombia. Mercedes Ortega le llevó precisamente un paquete a la clínica, de parte de Tita Manotas, la viuda de Cepeda. Seguía lúcido, activo, al tanto de la evolución de sus nuevas investigaciones, aunque no estuviera en condiciones de recibir a nadie distinto a los familiares.
[2] Jacques Gilard. “Pedro Claver en un pliego de cordel español.” Huellas, Revista de la Universidad del Norte, No 46, Barranquilla, abril de 1996.
[3] Ibíd., p. 12.
[4] Entiendo que la primera visita barranquillera de Gilard fue en 1975, cuando investigaba para su tesis doctoral sobre el Grupo de Barranquilla.
[5] Gregorio Castañeda Aragón (1887-1960) le hizo a su amigo Pablo Neruda una entrevista a mediados de 1941 en Ciudad de Guatemala. Representante de Colombia en esa ciudad centroamericana, hacía parte de la intensa agenda cultural de Castañeda enviar colaboraciones para El Tiempo de Bogotá. La charla se dio a propósito de la visita de una semana que Neruda, entonces cónsul general de Chile en México, hiciera a Ciudad de Guatemala. “Los maestros americanos: Pablo Neruda y los piedracielistas” fue publicada el 13 de junio de 1941 en el suplemento de El Tiempo, en Bogotá. Rescatada por Gilard y antecedida de un equilibrado comentario suyo, aparece editada en el Centro Virtual Cervantes, Instituto Cervantes (España, 2004-2008).
[6] Ramón Illán Bacca, Guillermo Henríquez y Clinton Ramírez, Tres para una mesa, Cuentos, Ciénaga (Colombia), Ediciones La Cifra, 1991.
[7] Jacques Gilard. “Zone Bananiere de Santa Marta: Les planteurs de l’or vert”, Caravelle No. 85, 2005, pp. 95 a 114.
[8] Mercedes Ortega González-Rubio realizó Maestría en Espacios, sociedad y culturas en América Latina, Universidad de Toulouse-Le Mirail. Su tesis de grado: Oriane, tía Oriane: El ingreso de Marvel Moreno en el campo de la producción cultural, contó con la dirección de Jacques Gilard y Modesta Suárez.
[9] Marido parisino de Marvel Moreno.
[10] Jacques Gilard, “Las tres casas de Marvel Moreno.” En: Huellas, Barranquilla, No. 47-48, 1997, pp. 10-20.
[11] Fabio Rodríguez Amaya. “In memoriam J.G.” Milán, 1 de noviembre de 2008.
Santa Marta, diciembre 16-18 de 2008.
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© Clinton Ramírez C.
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IX – Número 36
Enero-Febrero-Marzo de 2009
PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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Palabras
para un hombre que no conocí
Clinton Ramírez C.