Sin pinga
no hay paraíso

Alex Alberto Santiago Ripoll
alex.santiago.ripoll@gmail.com

Juan Carlos Marino estacionó su viejo automóvil francés de color blanco, modelo 2001. Estaba su chasís todo salitroso, las llantas medio infladas y totalmente desgastadas. Quiso parquearlo cuando pasó frente al supermercado pero el sonido de un pito atravesando la reseca atmósfera se lo impidió. Dobló tres calles más arriba y quiso detenerse frente a la estación de policía, a pesar de haber servido a ésta por muchos años en la época de su juventud; dos hermosas mujeres vestidas de uniforme militar color púrpura se lo impidieron. El color de su vestido indicaba que eran francotiradoras dispuestas a matar a todo aquel que desobedeciera sus órdenes.

Entonces lo hizo con mucho sigilo frente a la empresa Bodega y Contenedores Almafemele. Volteó su mirada a un lado para dirigirse a su amigo Oswall.

—Hace cinco años le cambiaron el nombre. ¡Qué diferente era cuando trabajábamos! Tan solo habíamos cuarenta y ocho hombres y dos secretarias. A pesar de quedar cansados cargando bultos y cajas y manejando el inventario con un kárdex amarillento, siempre había tiempo para reír y tomarse un tinto. Ahora trabajan dos mil cuarenta mujeres y un subgerente, por lo menos debe ser un gay para estar infiltrado ahí.

¿Ves esa rubia en minifalda, de muslos gruesos y cerrados, de abdomen firme? Es Fladia Muniveth,  karateca y jefe de seguridad. Tenemos que hacer esto rápido antes de que me vea y me haga conducir a la cárcel por tres meses. Ya sabes que en la cárcel están unos depravados que no han visto una mujer desde hace diez años, cuando terminó la tercera guerra. Están tan ansiosos que son capaces de violar hasta a un burro. Pero no se imaginan que gracias a esa catástrofe, todo haya cambiado en menos de una década.

Ahora las empresas las controlan las mujeres en un 98 por ciento o más, manejando sus estadísticas, sus computadores y su maquinaria tecnificada. Además, después de la crisis, es poca la mercancía que se mueve en los puertos. Bastaba solo veinte de nosotros para desocupar la bodega y los contenedores en seis horas. Ahora ellas lo hacen en una semana o más.

Aquella morenaza es Gisella Sanmartín. Es la neuróloga encargada de supervisar el trabajo y que las mujeres estén en buenas condiciones físicas y psicológicas. La distingo porque tiene el tatuaje de una rosa en su nalga derecha. Se lo he visto en las playas nudistas. Todas las mujeres desnudas totalmente toman el sol al lado del iracundo mar. A los hombres no les está permitido. Dicen que somos unos depravados y es antimoral, tenemos que bañarnos en pantalones hasta los tobillos. De lo contrario, acuden las púrpuras, ya sabes, las que vimos hace un momento.

Los hombres seguimos trabajando en los oficios duros, ya sabes: picar las calles, construir edificios, ebanistería, ir a pescar. Ni siquiera se está permitido manejar vehículos. No se está permitido que nos vendan gasolina. Estoy aquí disfrazado de mujer. ¿Cómo me veo con la peluca? Este maldito pintalabios sabe a cucaracha, debe ser de lo viejo. Lo saqué de un antiguo baúl.

Los trabajos más fáciles que tenemos son los de niñero y servicios domésticos. El año pasado trabajé en una casa pero me despidieron. Mejor para mí. Me tocaba lavar montañas de ropa, hasta los interiores de seda manchados de menstruación de la jefa y sus dos hijas. Tenía que lavarles el vomito que dejaban las tres cuando se emborrachaban y subían a la habitación, algunas veces tiraban las sábanas sobre el liquido grumoso y maloliente. Algunas veces llevaba al perro hasta allí a escondidas para que me ayudara a la fuerza, lo tenía bien entrenado, pobre de que no se lo comiera. Menos mal que tenían consideración conmigo y no se cagaban en el colchón. Me despidieron porque me puse una cachucha bacana de la jefa sin su permiso; es que trabajar en el sol, a cuarenta grados centígrados, lavando ropa es muy tenaz.

A mi hermano sí lo dejaron, es que él es el cocinero; a veces la hija mayor, que es coronel de la república, lo levanta a medianoche o a las dos de la madrugada, para que le prepare una sopa o un consomé para el trasnocho cuando llega cansada del trabajo. Generalmente le prepara una espaguetada para llevarla empacada en su bolso, no le gusta comer en restaurantes. Mi hermano, con tal de probar la comida y mover la boca, no les dice nada.

Hace dos meses hice un préstamo a un banco para comprar una bicicleta y este me mandó a hacer unos exámenes donde la doctora Gisella. Ella tomó mi pulso, me midió la presión, me dio unas gotas y me desnudó por quince minutos. Quince minutos me dio para que se me parara el palo. Perdón, no quise ofenderte. Amigo, quiero decir la pinga. Como no tuve erección, entonces envió un correo por Internet y me sistematizaron en un banco de datos del cual tienen acceso todas las entidades crediticias. Sin este requisito, no tienes derecho a los préstamos y subsidios del gobierno.

A mí, para que se me pare el pene, tengo que ver el calendario en el reloj, es un truco de mi subconsciente. Pero ni siquiera sé qué día es hoy, porque no se nos permite saber la fecha a los hombres, para evitar el Apocalipsis. ¿Que más Apocalipsis que esto? Debe ser para que no nos pongamos de acuerdo para protestar en un día determinado contra el yugo de las mujeres.

Cuánto deseo ser uno de aquellos jóvenes recostados en los sardineles: uno, dos, tres… ocho y doce veinte. Veinte jóvenes prepago. Así era yo de fuerte cuando tenía veinte años.
Mis abuelos me dijeron que a este puerto en el siglo pasado, después del holocausto nazi, llegaron muchos barcos de Europa, cargados con francesas, polacas y checoslovacas. Algunas montaron cabaret y burdeles en la calle principal y las llenaron de prostitutas llegadas de todos los rincones del país, llegaban a conocer y ofrecerse a viajeros y turistas. Las mujeres aprendieron y asimilaron esta dura experiencia.

Ahora son los hombres jóvenes los que se venden a buen precio. A diferencia de ellas, que trabajaban por minutos y echaban tres polvos por día en los buenos momentos del negocio. Estos chicos trabajan por días, es decir, les pagan el trabajo de tres días por echar un polvo. El resto del tiempo, después de la eyaculación, tienen que permanecer en casa de sus clientelas; la mayoría trabajadoras de la fabrica. Y aguantárselas hablando mierda como si fueran escritores costeños, es decir, les toca trasnocharse oyéndolas hablar de política, seguridad del estado, importaciones, comercio, educación, cultura y turismo, hasta de la calidad del servicio para recomendar al mejor postor, no sin antes tomarse unas gotas mágicas o potenciador sexual que ellas mismas llevan en el bolso, al lado de los preservativos. Estas gotas permiten que su vagina lubrique a montón y su culo se les vuelva agua como carne de coco viche y así acostarse con cualquiera, sin remordimientos, o de ser necesario, meterse hasta un banano verde, forrado con el condón. Dios mío, perdóname si las he ofendido, pero estos jóvenes ni siguieran tienen derecho a opinar en las conversaciones.

Juan Carlos tomó el palo de la escoba al que llamaba Oswall, lo arrojó por la ventanilla; sacó del guantero un revolver oxidado, lo puso en su sien y apretó con fuerza el gatillo para que saliera la única bala que tenia. Segundos después se oyó el ruido del disparo estrellándose contra las duras paredes de la empresa.

El autor:

Alex Alberto Santiago Ripoll nació en Puerto Colombia, el 27 de noviembre de 1965. La cercanía al mar Caribe lo induce a ser un enamorado de las expresiones artísticas, sin embargo, decide estudiar Ingeniería Química en la Universidad del Atlántico, donde se gradúa en el año 1994. Un años más tarde, se titula como oficial en el grado de Teniente, en la Escuela de Policía General Santander, donde presta sus servicios durante dos años, en la ciudad de Bogotá. Regresa a la costa y se dedica a la labor docente, en diferentes instituciones educativas. El miércoles 21 de marzo del año 2001, durante el primer equinoccio del año, tiene una experiencia trascendental, al sentir los dolores que tuvo nuestro Señor Jesucristo en la cruz; este estigma, ocurrido en la casa materna de su pueblo natal, le hace cambiar la visión de su vida. Es autor del libro de los Aná Mok, una colección de catorce cuentos.
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©   Alex Alberto Santiago Ripoll

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IX – Número 36
Enero-Febrero-Marzo de 2009

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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