Poemas
Antonio Macías Luna
Escritor español
A una farola
En las afueras arde una farola
con apocado y deprimido rayo.
Un naranjo sirviendo de lacayo
honra a la majestad de altiva cola.
Rostro de ojos cerrados enarbola
la noche con nefasto y negro sayo.
La oscuridad sobre el enorme tallo
de metal aletea hostil y sola.
Se encienden blancas luces navideñas
con llamativo y esplendente tono,
que regocijan páramos y breñas.
Con cetros ígneos y cuajado trono,
lámparas de la aldea le hacen señas
a la triste farola en abandono.
El lenguaje del Cautín
Es un murmullo sordo que no acaba,
es un rumor que sale de tus fauces,
que se alzan y sostienen,
surgiendo de tus hoyos y guijarros.
Con arcadas constantes
vomitas bofes líquidos;
verbos que muerden labios de dormidas
márgenes quebrantando en dos mitades
un esqueleto de madera y zinc,
las calles de Lautaro.
Flores y pinos sienten
cada noche un rosario de vocablos,
cada día el reír de unos chiquillos
entre aguas tumultuosas que me arrullan,
que me invitan a verte desde lejos,
a degustar suspiros centenarios.
Mis sentidos rebosan de embeleso,
te contemplan mis cuencas hechizadas,
mis ojos de extranjero,
que ansían luz en el discurso azul
de tu lengua imparable
y atesoran alhajas de colores
mientras te observan las alturas verdes,
las esmeraldas de la cordillera.
Engullen, oh, Cautín, tus entresijos
los ecos esparcidos,
los apagados gritos de tu pueblo,
lamentos que se mezclan a capricho,
con canto histórico de voces graves.
Río fiel, no reposes.
Río empedrado, viaja noche y día.
Vitorea a tu puente con sutil
clamor mientras le cruzas con garrochas
los ojos descarnados.
Oh, nubes
Oh, nubes, sois las blancas
sombras de mis alientos.
esclavas del azul que os sirve de soporte
bajo un grandioso techo.
Se deslumbran los ojos con vuestra plenitud,
con la pureza nívea de un conyugal cortejo,
con el rancio blancor
de los siglos eternos.
Con amigas cercanas,
formáis un noble ejército:
sois mástiles en alto de quienes os contemplan
para izar desaciertos.
No sufrís sed en grupo;
unidas en la lucha, se os reduce el destello
y volcáis en los campos
vuestros grandes estómagos de frescores repletos.
El resuello vibrante, la nariz agitada
mostrando mi primer y mi postrer deseos
se mueven sin premura en vuestra masa informe;
voluble humo que surge de una pira en el cielo.
Vuestra imagen espesa cual neblina de mayo
me ayuda a camuflar los combates pretéritos:
cenizas que se extinguen
bajo la olla del tiempo.
Oh, nubes que pasáis, admiro vuestra astucia,
oasis de momentos,
porque en vuestra carrera podéis hacer posible
que cambie un pensamiento.
Oh, nubes que lleváis vestimenta arrugada,
cuando volar os veo,
soy amo de una mente encerrada en alturas,
soy fiel esclavo vuestro.