Ramon Vinyes o la fecunda irreverencia:
De Barcelona a Barranquilla
Jacques Gilard
Universidad de Toulouse
Tomado de Memorias, Año 2, No. 3, Revista Digital de Historia y Arqueología desde el Caribe.
Barranquilla, Universidad del Norte, Colombia, 2005, Edición Especial, ISSN: 1794-8886.
Resumen:
El presente trabajo es un ensayo del académico francés Jacques Gilard, que reflexiona en torno a la vida y la obra de Ramón Vinyes. No se puede olvidar que el fue la persona, que allá por los años ochenta, rescató del olvido, la obra del escritor catalán.
Abstract:
The french academic Jacques Gilard gives us a thoughtful essay about the live and works of Ramón Vinyes. There should not be forgotten that the former was largely responsible for bringing back from oblivion the lifetime achievements of the catalonian writer.
Aunque trate de irreverencia, este trabajo no tendrá una tonalidad propiamente risueña, pues lo que pretende es recalcar la fecundidad de esa irreverencia. Además, si ésta fue fecunda, lo debió en buena parte a un matiz que no figuró suficientemente en los trabajos que quien esto escribe dedicó en decenios anteriores a la obra de Ramon Vinyes. Por lo tanto, se subrayará aquí la intransigencia intelectual que hubo en el «sabio catalán», una intransigencia no exenta de combatividad. Esta última, con una perspectiva temporal que se va ampliando, aparece con más nitidez —e influye en el enfoque de quien ahora vuelve sobre la labor colombiana de Vinyes. En efecto, tercia como tema ineludible el peculiar contubernio que se da en Colombia entre la inteligencia y el poder, y no sería lícito apartarse de lo que fue en este renglón la actitud de Vinyes, hiriente en los tiempos de la revista Voces (Barranquilla, 1917-1920) y más bien low profile en los años 1940. Como era de suponer, hay una cierta continuidad —de Cataluña a Colombia, de Colombia a Cataluña— en lo que fue su actuación a lo largo de una vida llena de vaivenes pues, si bien sólo se va a rozar aquí la vida intelectual catalana, se ve que hubo en la tierra nativa un enfrentamiento directo de Vinyes con los «poderosos» del medio intelectual y artístico mientras que fue indirecto en Colombia, dada su condición de extranjero, pero no por indirecto menos efectivo. Si conviene matizar y debatir, tratándose del marco catalán (como demostraron la tesis doctoral de Jordi Lladó y los debates habidos el día de su defensa), [1] la combatividad de Vinyes merece subrayarse en el marco colombiano —más de lo que se ha hecho en nuestros anteriores trabajos.
Años de soledad
Sin embargo, antes de tocar la actuación de Vinyes en la vida intelectual, y para completar con nuevos elementos documentales un aspecto que ya hemos tratado, hace falta evocar la dimensión afectiva de su trayectoria. Mientras redactábamos la introducción de Selección de textos [2] y, años más tarde, Entre los Andes y el Caribe, [3] salía a flote repetidamente, en forma casi dolorosa, su condición de hombre tironeado entre dos mundos. Al cabo de muchos años, sigue conmoviendo la anécdota, referida por don José Vinyes, del pasaje marítimo que el «sabio catalán» había comprado a escondidas pocos días antes de su muerte y que hace de él ese fantasma que vaga para siempre por el océano sin tocar nunca una de sus orillas.

Empecemos por un punto tal vez menor pero no desprovisto de interés. Se sabe que el matrimonio de Vinyes con la barranquillera María Salazar fue todo menos afortunado: en su prefacio al libro de Pere Elies i Busqueta, Pau Vila dice a este propósito una verdad que el biógrafo prefiere eludir. [4] Era un hecho que pesaba sobre Vinyes, no solamente a partir de 1940, fecha de su regreso a Colombia como exiliado político, sino también antes de ese regreso, como consta en su diario íntimo de 1939: otros destinos americanos lo atraían y Barranquilla era para él lo contrario de una meta apetecible. Al lado de su natural y profundo deseo de regresar a Cataluña, y de su aspiración de teatrista catalán (quería ver representar en Barcelona su obra Arran del mar Caribe), habíamos señalado el peso del factor político: con la intensificación de la «Violencia» desatada en 1947 y el acceso al poder de los conservadores más virulentos, inspirados por el falangismo, no tenía sentido seguir en Colombia. Pero hubo además un clímax en la permanente crisis conyugal. Ya en 1940 anotaba Vinyes en su diario íntimo que tal vez, con su sueldo de profesor, podría no depender más de su esposa y de su familia política, yéndose a vivir en casa de una familia donde pagaría alojamiento, alimentación y lavado. No sabemos si así pasó un poco después, una o varias veces, pero sí fue el caso en agosto de 1949. En una carta del 8 de ese mes, escrita en la consabida tinta violeta y dirigida a Germán Vargas, decía Vinyes: «Esta tarde me traslado a mi cuarto en casa de la familia Mario H. García». Esa carta, a la que no concedimos en otros tiempos la debida atención, muestra hasta qué punto se le había vuelto insoportable a Vinyes la vida en el edificio Salazar y pone de manifiesto otro poderoso motivo para que cumpliera su sueño de regresar a Cataluña.
Más revelador es su estado de ánimo después del fracaso de Arran del mar Caribe, que bien parece tuvo que ver con la crisis cardíaca que sufrió en julio de 1950. No fue solamente la tristeza o la amargura que fácilmente se supone, sino una absoluta desesperación: muy pronto tuvo Vinyes la impresión de haber armado él mismo una trampa de la que nunca más podría salir. Hay que admitir que fue en una fecha tan temprana como agosto de 1950 cuando, a pesar de la enfermedad, pensó que regresaría a Colombia. Por haber descuidado los aspectos materiales, en particular el pecuniario, como muchas veces en su vida, [5] carecía de medios para efectuar ese otro viaje de regreso, que hubiera sido el definitivo. Entonces cobró una abrumadora importancia el dinero que no tenía, y recordó Vinyes que le debían modestas cantidades en Barranquilla, que el peso colombiano era una moneda fuerte (lo era aún, en efecto, aunque ya iniciaba su interminable descenso) y podía ser una ventaja ahí donde las cosas se pagaban en pesetas. La desesperación sólo se entrevé en la correspondencia con Germán Vargas, pero se manifiesta de manera punzante en una carta del académico barranquillero Augusto Toledo, del 14 de enero de 1951, en la que éste, obviamente, contestaba una solicitud apremiante de Vinyes, hecha meses antes. [6] Es una carta de hombre más que maduro, de amigo discreto y sagaz —y se entiende, en efecto, que en él confiara Vinyes para resolver su problema. Relataba Toledo las gestiones que había hecho en vano para recuperar el dinero que debían a Vinyes.
Primero, su sueldo de profesor. Escribía Toledo: «Durante todos los meses pasados ha venido Pedro Oñoro emplazándome. En diciembre me aseguró que me pagaría, ya que la partida estaba botada (sic), pero que tenía que repartir ciento sesenta mil pesos en primas de navidad, y que después del 28 me cancelaría la cantidad adeudada a usted; así ha venido meciéndome. Le prometo, don Ramón, que de ahora en adelante he de concretarme a fastidiarle de día y de noche, para ver qué pasa. Mañana me entrevistaré con Fernando Cepeda, actual secretario de hacienda departamental, y le recordaré la ‘admiración’ que usted siente hacia él y que ahora sí necesita lo que legítimamente le pertenece. De manera, que creo que dentro de breve lapso conseguiré que le cancelen su cuenta». El político (conservador) Fernando Cepeda y Roca, que había sido secretario de educación antes de serlo de hacienda en el gobierno departamental del Atlántico, siendo por lo tanto entonces superior jerárquico de Vinyes, pertenecía al círculo amplio de los amigos de éste: él figura —como García Márquez, Alfonso Fuenmayor y Germán Vargas— en la muy conocida fotografía con que registró el librero Jorge Rondón la comida de homenaje que los del «Grupo de Barranquilla» brindaron a Vinyes en vísperas de su regreso a Cataluña.
Segundo, el pago de las últimas colaboraciones de Vinyes en El Heraldo de Barranquilla (las entregas de su columna ‘Reloj de Torre’ enviadas desde Barcelona). Escribía Toledo: «En lo relativo a El Heraldo le cuento que Carlos Manuel Pereira me decía al principio que para pagar tenía que buscar las últimas ediciones. Luego, que le dejara salir de la edición navideña. Pasado el 24 de diciembre, ‘Hombre, voy a buscar en la colección las notas a ver cuánto suma eso’. Hace poquísimos días me dijo que ya no necesitaba buscar, sino releer las cartas de usted. En ellas encontrará el dato. Mañana iré allá y obtendré el dinero, y si Oñoro demora el pago veré a Pons y convertiré en pesetas los pocos pesos de El Heraldo y se los enviaré a Barcelona». En ausencia de Juan B. Fernández Ortega, director de El Heraldo, era el gerente Carlos Manuel Pereira, quien hacía las veces de director desde hacía meses; él mismo, en carta del 18 de junio de 1950, con membrete del periódico, le pedía encarecidamente a Vinyes que siguiera enviándole «los ‘Relojes de torre’» y añadía: «Usted debe indicarme a quién debo entregarle lo que le corresponde por tan magnífico servicio». La promesa había perdido vigencia, al parecer.
La carta de Toledo es un valioso testimonio sobre la torturante bipolaridad de la vida de Vinyes, en la que lo afectivo se entremezcla con la aventura intelectual y creativa. Se ve cuán profundas fueron las consecuencias del fracaso teatral y la impresionante carta, con el desamparo y la soledad que delata, suministra una clave más, quizás la más esclarecedora, sobre el sempiterno drama íntimo del «sabio catalán».
Recordado este drama, con base en documentos no explotados hasta ahora, importa esbozar el tema de la irreverencia, primero por medio de una nueva aproximación al ideario de Vinyes.
Las ideas de Vinyes
Los trabajos de Jaume Huch sobre el joven Vinyes [7] y sobre el Vinyes cuentista [8] y el minucioso recorrido efectuado por Jordi Lladó, en su tesis doctoral, sobre la obra hasta 1939, constituyen un aporte ineludible y permiten situar a Vinyes en las grandes corrientes del arte y las ideas de su época. Es el suyo un pensamiento inconstante pero que no por ello deja de presentar constantes, que cambia y se contradice con frecuencia, realizando síntesis momentáneas que serán sustituidas por nuevas síntesis, siempre sometidas a otras revisiones. Vinyes podía ser perentorio y hasta corrosivo o belicoso en público pero sabía mantener estimulantes dudas en su fuero interno. [9]
Tratándose del Vinyes escritor, se vacila —para su primera etapa— entre el decadentismo y el catolicismo. Siendo primero, desde luego, en su biografía, el catolicismo lo es también en su producción, pero se trata entonces más de la prehistoria literaria que de la obra propiamente dicha. Es la etapa anterior al contacto con Barcelona, la de El calvari de la vida, de ese teatro obviamente católico (sin personajes femeninos, como ha observado Jordi Lladó) [10] impregnado de misticismo adolescente o juvenil. Es un rasgo que, de alguna manera, se ha mantenido a lo largo de toda la vida, como una nostalgia de la niñez y la adolescencia, resistiendo el paso de los años, las peripecias de la existencia y las innumerables lecturas. El diario íntimo y los que, en la Selección de textos, habíamos llamado «textos en libertad» son de un descreído y muestran a un Vinyes sarcástico, naturalista y esperpéntico, despiadado con la beatería de su esposa, con la religiosidad popular de la Costa colombiana y con los pintorescos clérigos de Barranquilla. Pero nunca dejó de añorar la fe infantil y la pureza primigenia: perduró en él un catolicismo pagano, en el sentido exacto de la palabra, vinculado con el pagus de Berga: cristos y vírgenes de la comarca, cruces, fuentes, ermitas, romerías. Y los paisajes de la tierruca en unión de juveniles arrebatos místicos vividos en la intimidad de pequeñas capillas olorosas a cirio encendido y a incienso.
El decadentismo es la otra faceta, la que se impone después del contacto con Barcelona y se hace evidente en las prosas de L’ardenta cavalcada. Huysmans es un nombre ineludible en el panorama del joven Vinyes y nunca se borra del todo. No hemos averiguado si Vinyes citó alguna vez À rebours, el texto fundador, pero sí se refirió a Là-bas, la audaz novela que evocaba el «allá lejos» de la homosexualidad. Y más que Huysmans está presente en el panorama de Vinyes el aporte de D’Annunzio. A Vinyes lo molestaba la intransigente conversión de Huysmans al catolicismo, mientras que tardó mucho en alejarse de D’Annunzio. Hasta en los años 1940, el italiano tenía sus adeptos en el segundo círculo de las amistades barranquilleras de Vinyes (no en el primero) y por lo tanto no se borraba del todo. Fue muy tarde, con una nota «desdanunzianizante» (Germán Vargas scripsit, en carta a Vinyes, del 17 de julio de 1950) escrita en Barcelona y editada en Crónica de Barranquilla (n° 13, 22 de julio de 1950), cuando Vinyes renegó públicamente de toda herencia d’annunziana. El legado simbolista en general, con ese fuerte matiz decadentista, se identifica fácil y abundantemente en la trayectoria de Vinyes, con las ramificaciones de lo que él mismo llamó «perversismo» y que, hacia finales de los años 1920, bajo el impacto de nuevas corrientes, mencionaría, y practicaría en sus dramas, como «sexualismo». [11]
Pasados los años inaugurales de su trayectoria literaria, ésta se vuelve sinuosa y múltiple, dada la rapidez con que Vinyes sabía captar las nuevas corrientes y, en éstas, los aspectos que podían resultar productivos —aunque no lo convencieran. Característico es el temprano despliegue que le dio en Voces al florecer de las vanguardias europeas. Clasicismo, esteticismo, eclecticismo: son términos que se imponen o se combinan según los momentos cuando se intenta definir las cambiantes actitudes de Vinyes. Clasicismo, que él promovió algunas veces y que era inevitable, al menos como trasfondo y en todo caso como brote intermitente, en quien tenía tanta familiaridad con las grandes obras de la literatura universal, si bien hay que subrayar cuán alejado estaba Vinyes, hombre de mitos vivos, del helado clasicismo a la francesa (su reticencia ante las tragedias de Racine es una señal inequívoca). El esteticismo, de presencia más que visible en su primera etapa, nunca desapareció del todo —como atestigua el contenido de los cuadernos secretos en los años 1940— aunque nuevas formas de sensibilidad y expresión, más recias, se iban imponiendo en Vinyes con la evolución de la literatura y del pensamiento en el mundo de la primera y, sobre todo, de la segunda posguerra. En cuanto al eclecticismo, siempre mantuvo Vinyes una apertura y una capacidad de hibridación que tal vez sean su constante principal: es buen ejemplo su interés, muy al final de su vida, por Jean Genêt, que refrenda la observación hecha por Jordi Lladó sobre cómo, después de 1945 y bajo el influjo del existencialismo, reescribió Vinyes, algunas de sus tragedias de decenios anteriores, inspirándose entonces en el aporte de Sartre. [12]
Otro rasgo capital es su elitismo o, más que el elitismo en sí, la forma como fue evolucionando. Hubo un fuerte aristocratismo en el joven de los primeros años vividos en Barcelona, pero ya, o pronto, con las primeras experiencias en el medio intelectual, se empezaba a teñir de una tenaz desconfianza hacia lo que conociera el éxito, por infundirle la sospecha de arribismo o de estrategias bajamente comerciales. Ese elitismo que, en un primer tiempo, tenía mucho de rebuscada exquisitez y llevaba una fuerte impronta d’annunziana, podía abrir perspectivas diferentes y suscitar nuevas líneas de acción. Vinyes fue capaz de abolir lo que había de aristocratismo y de despectiva distancia y optó por una intención «elevadora», de dimensión cada vez más colectiva, con la idea de educar el gusto del mayor número posible. [13] Fue así como llegó a bregar por una reorientación del teatro catalán y hay que recordar que terminó su conferencia sobre teatro moderno [14] exclamando: «Pensad que somos un pueblo que quiere tener teatro». Él mismo hizo el camino hacia un más verdadero, por exigente y autoexigente, teatro popular, como lo demuestra el incontrovertible Ball de titelles. Más adelante se verá cómo, en el contexto colombiano, un avatar de ese elitismo (el desprecio a toda forma de arribismo, a toda concesión en lo creativo: su fecunda irreverencia) lo situó en una pertinaz posición de ruptura ante las estrategias de éxito social que regían al medio intelectual.
Otro elemento por subrayar, que podría no considerarse más que como simple aspecto temático pero cuya perdurable vigencia implicaba también opciones ideológicas y estéticas, es la presencia en Vinyes de la Biblia y del mundo montañero. Sobre éste nos hemos expresado en trabajos anteriores, con alguna reticencia por estimar entonces (y también ahora) que se emocionaba excesiva y peligrosamente ante los temas de la tierruca, en particular a propósito de retardatarios autores occitanos. [15] Jordi Lladó ha mostrado la permanencia de lo bíblico en la obra de Vinyes, vinculándolo con el mundo montañero y señalando esa combinación como un feraz vivero de mitos personales.[16]
Aquí van algunos ejemplos —poquísimos en medio de muchos posibles— sobre cómo podía contradecirse Vinyes o anunciar lo contrario de lo que a la postre y en breve plazo haría. En La Nación de Barranquilla, del 17 de noviembre de 1923, a propósito del personaje de Salomé, denigra el «perversismo», al que sin embargo volverá, bajo formas renovadas, en sus dramas de finales de esa década. En la revista barranquillera Caminos (Año I, n° 2, 15 de febrero de 1922), condena ciertas audacias del teatro soviético: «No es que nos asuste la innovación. Al contrario. Pero es que el teatro de improvisación es efímero y el teatro grotesco o bufo lo es también. (...) Esperemos una violenta reacción de clasicismos contra tanto exceso». Pero dirá años después, a propósito de Góngora (El Heraldo, Barranquilla, 26 de agosto de 1940): «Lo que subleva a los gramáticos y a los clasicistas a mí me encanta ». La lectura de los grandes novelistas contemporáneos (Joyce, Faulkner, Woolf, pero también Kafka, Céline, Malraux, etc.) no impide que siga siendo sensible a las emociones rurales —de hecho, a su propia niñez y, paralelamente, a una concepción pueblerina de lo humano. Así, sobre las novelas de la inglesa Mary Webb: «La ternura rousseauniana del paisaje las salva» (El Heraldo, Barranquilla, 10 de octubre de 1940). No dejan de extrañar, en los escritos secretos de los años 1940, unos insistentes y acerbos apuntes sobre Guillaume Apollinaire («el odiado Guillaum», «...lo más exquisito es la mierda de papa»), cuando se sabe que a éste se le había otorgado mucha atención en las páginas de Voces.
Tratándose de Vinyes, la literatura importa más que la ideología y a ésta se le concederá por lo tanto poca atención aquí. Pero tampoco es posible ignorarla ya que la política terció con tanta fuerza en la biografía y Vinyes fue también, bajo este ángulo, un actor de su propio destino: no se pueden olvidar los once años y algunas semanas de su exilio político. Jordi Lladó señaló en la juventud la fugacidad de la participación de Vinyes en la campaña de Solidaritat Catalana —una participación que Elies i Busqueta parece haber abultado— [17] y, más adelante, años 1922-1923, una cierta identificación con un catalanismo de izquierdas y una hostilidad a la guerra de Marruecos. [18] En los acalorados debates sobre el porvenir del teatro catalán, hacia finales de los años 20, se precisa el perfil de un republicano progresista, abierto para el diálogo y sin una adscripción clara a ningún partido, y se observa una continuidad en los años de la República y de la Guerra Civil. El compromiso de Vinyes no deja lugar a dudas, aunque sea con la publicación de La ideologia i la barbàrie dels rebels espanyols. [19] No debía exagerar cuando, en su diario íntimo de los años 1939 y 1940, ante noticias trágicas que le llegaban de la represión franquista en Cataluña, apuntaba con alguna insistencia que, de haberse quedado en Barcelona, lo hubieran fusilado. Siendo todo un escéptico, se había comprometido, por su apego al estado de derecho, pero manteniendo una cierta distancia y negándose a asumir la necesaria dosis de fe, a veces de mala fe, y de creencia en los líderes que requiere todo compromiso partidista —en lo político asomaba, por lo tanto, una forma de esa irreverencia que caracteriza a Vinyes. Los editoriales que en 1940 escribió para El Heraldo de Barranquilla demuestran que de ninguna manera se ilusionaba sobre la realidad del estalinismo; claro está que influían entonces en él la monstruosidad del pacto germano-soviético y las desastrosas consecuencias de éste, pero no es menos cierto que había permanecido inmune a la optimista fe y a la retórica de los frentes populares. Así es como ha podido quedar la idea del «anarquismo» de Vinyes, manera muy impropia de expresar lo que fue su postura «apartidista» —para usar una fórmula de Jordi Lladó. [20]
Había en Vinyes una tenaz desconfianza hacia el poder —y su reticencia hacia el éxito tenía que ver con ello. En La Nación de Barranquilla una nota sobre Mayakovski, del 9 de noviembre de 1923, insinúa que el poeta no puede ser el cantor de un poder, cualquiera que sea éste. Tras confesar su admiración por el Mayakovski de «antes», afirmaba Vinyes: «Ya la revolución poética y social de su poesía, la encontramos más en su voz y en sus brazos que en la esencia lírica y anarquizante de la palabra». Esta desconfianza hacia el poder es otro asomo (y el aspecto decisivo, puede pensarse) de la irreverencia de Vinyes. Era éste, de alguna manera, inasible, pero ello no quita que en sus mejores obras demostrara haber captado en lo más profundo las vibraciones de su tiempo. Lo atestiguan obras teatrales como Peter’s Bar y Ball de Titelles, relatos como «L’albí» y «La mulata Penèlope» —casi también Arran del mar Caribe, obra en la que, sin embargo, quiso abarcar demasiado.
Se impone finalmente un breve regreso sobre los dos grandes momentos «americanos» de Vinyes, que son también dos grandes momentos de la narrativa hispanoamericana del siglo XX. En nuestros trabajos anteriores hablamos de la acertada intuición de Vinyes ante el telurismo y el realismo mágico, vistos como etapas distintas en una poderosa y productiva evolución literaria. En cuanto al telurismo, hay que recordar el interés manifestado, en el primer número de Voces (10 de agosto de 1917), hacia el libro de sonetos de José Eustasio Rivera, Tierra de promisión, que tardaría en realidad cuatro años en editarse; obviamente, bajo un parnasianismo que tenía que decirle mucho a Vinyes, éste sentía que se anunciaba algo novedoso. Hay que recordar también la nota elogiosa, firmada, que en Voces dedicó a Raza de bronce, del boliviano Alcides Arguedas (n° 52, 10 de enero de 1920); así como su generosa, pero no por ello menos fina, lectura de Lejos del mar, de García Herreros (que le inspiró ciertos pasajes de Arran del mar Caribe) publicada en Universidad de Bogotá (n° 20, 17 de noviembre de 1921); y, sobre todo, su entusiasmo por La vorágine, la obra maestra de Rivera —del que, desafortunadamente, se tienen por ahora muy pocas constancias documentales, fuera de una frase admirativa en uno de los cuadernos secretos y apuntes casi indescifrables, al parecer meros apuntes de lectura, en otro cuaderno estropeado por el agua. Pero hoy en día conviene destacar un segmento de frase en la reseña sobre Lejos del mar, donde Vinyes hablaba de «novela de la América irrevelada, hecha de América y no de nombres americanos».
Estas palabras incitan a ver una continuidad que, hasta hace unos diez años, no resultaba tan perceptible, un vínculo soterrado que reúne en un solo proceso el telurismo y el realismo mágico (o «lo real maravilloso», no se entrará aquí en el debate sobre ambos conceptos), cuando lo habitual había sido, durante unos tres decenios, separarlos y hasta oponerlos, viéndose el paso del uno al otro como una fractura. El novelista cubano Alejo Carpentier, creador del concepto de lo real maravilloso, murió en 1980 y desde entonces el rescate sistemático a que han dado lugar los escritos de su juventud permite ver mejor su propia evolución, que es céntrica en este aspecto de las letras hispanoamericanas. El joven Carpentier no dijo otra cosa —en un artículo escrito en francés y publicado en Francia— [21] al presentar con entusiasmo las grandes novelas del telurismo (La vorágine, Don Segundo Sombra, Doña Bárbara) que eran entonces, para él también, revelación de esa América «irrevelada» de que hablara Vinyes; y «revelación» es una palabra clave en el proceso que llevó a Carpentier a formular su concepto de lo real maravilloso así como en las reflexiones que luego le dedicó. Evolución, profundización, más que salto cualitativo, es lo que puede deducirse del proceso, hoy mejor conocido, por el que pasó Carpentier. Lo cual da la medida de la coherente y perdurable intuición que fue la de Vinyes en todo lo que tuviera que ver con la expresión de lo americano. Por lo que hoy también es lícito recalcar el aspecto de continuidad que hubo en su propio proceso y ver con enfoque distinto la clarividencia que hubo en su reacción ante el extravagante suceso del «hombre-caimán» acaecido en Barranquilla en julio de 1940, [22] clarividencia que debía mucho a una reflexión desarrollada, tal vez en un nivel inconsciente, a lo largo de aproximadamente dos decenios. En seguida sacó del suceso la idea de escribir unos «cuentos de exilio» que tendrían esa tonalidad mágicorrealista. [23] Éstos, en su mayoría, siguieron el cauce de lo grotesco o de lo paródico, pero hubo sin embargo grandes cuentos —especialmente, en lo que a América atañe, «La mulata Penèlope», mientras que, en una segunda línea, no pueden desconocerse los méritos de «Una Pasqua de Resurrecció en el tròpic» y «El noi de Bagá». [24]
Finalmente, parece necesario recordar brevemente la riqueza de la última época de la columna ‘Reloj de Torre’ en El Heraldo de Barranquilla (varios meses de 1949 y, desde Barcelona, unas semanas de 1950), con notas sobre Camus, Sartre, Genêt, De Greiff, Sartre y Faulkner, Laguado (un joven colombiano que prometía entonces más de lo que luego cumplió), Arciniegas (objeto de una nota displicente), Henry Miller, a las que se añadieron —en Crónica, también desde Barcelona en 1950— la nota «desdanunzianizante» y otra nota sobre Genêt.
Llama la atención la nota sobre Sartre y Faulkner, en la que Vinyes, partiendo de un trabajo crítico de Sartre, oponía a éste y a Faulkner (El Heraldo, 20 de abril de 1949); abultando algo tramposamente un detalle del texto de Sartre, Vinyes glosaba una discrepancia que en realidad no existía. El agudo análisis sartreano, recogido en Situations II, no justificaba de ninguna manera los reparos que le hacía el catalán, pero a éste le gustaba opinar en contra (así también había procedido en su nota del 24 de mayo de 1940, en El Heraldo, a propósito del teatro de García Lorca, ante un juicio de Jorge Zalamea), [25] con base en lo que era una permanente y múltiple negativa a reverenciar. Siempre tendía a ver las cosas desde otro ángulo o desde otra parte.
En el caso de Sartre, como en otros muchos casos, se impone la mención de una afirmación de 1921, que da una medida de la irreverencia de Vinyes. A propósito de poesía soviética (que para él seguía siendo «rusa») escribía (Universidad, Bogotá, n° 14, 18 de agosto de 1921): «¡No nos fija catálogo! Pero amamos el tanteo, la busca, la agitación».
Una irreverencia sui generis
«No invocaría la irreverencia como sistema, pero confieso que no me disgustan los irreverentes», escribió Vinyes el 20 de septiembre de 1946 (en El Mundo de Barranquilla). Esta declaración remite, para una época anterior, a su reivindicación combativa de «la risa de Voces» [26] y, para una época posterior, a la especie de testamento que figura en su última carta a Germán Vargas (del 14 de febrero de 1952), en la que oponía «(su) rizada frivolidad» a los «bloques graníticos» de su amigo Julio Enrique Blanco, el filósofo barranquillero (metódico, totalmente desprovisto de humor y a la vez muy pragmático en sus actividades de comerciante: lo contrario de Vinyes).
En Colombia, Vinyes se burló de muchas cosas y de mucha gente. En los combativos tiempos de Voces, bajo el anonimato de notas que son de fácil atribución, había lanzado sarcasmos despiadados contra los ridículos de la vida intelectual colombiana, pero no solamente, pues también España le había suministrado motivos de burla así como la vida intelectual de todo el mundo hispánico; un poco después (en Caminos, Año I, n° 4, 15 de marzo de 1922), el entonces prestigioso Gómez Carrillo le sirvió también de blanco. Y los que han podido revisar sus cuadernos secretos saben de su terrible capacidad de escarnio. Hasta donde se puede saber, por medio de su epistolario o del testimonio oral de personas hoy desaparecidas (especialmente Germán Vargas, más prolijo que Alfonso Fuenmayor), la burla mordaz era una constante en sus conversaciones de mesa de café, al menos cuando Vinyes estaba entre personas que merecían su confianza. Una carta de Germán Vargas (la del 17 de julio de 1950) recuerda que no se hablaba solamente de «pura literatura y de literatura pura» en la mesa del bar Japi de Barranquilla. En un diálogo con García Márquez (Barcelona, enero de 1978), algo de ello le hemos oído también a éste (una anécdota que, por ahora, aún nos parece preferible mantener reservada). En 1939, cuando todavía le parecía posible emigrar a un país que no fuera Colombia, el diario de Vinyes contiene menciones especialmente crueles de ciertos ingenios barranquilleros con quienes había colaborado en la época de Voces y en años posteriores —lo que obligó a expurgar algunos pasajes, como quien escribe lo señaló en la introducción de la Selección de textos. Por ejemplo, a propósito de Mauricio Rafael Buitrago, hablaba Vinyes en su diario del «infecte Maurici Buitrago». En el diario de 1940, hay apuntes muy corrosivos sobre personas como el escritor García Herreros, sin embargo muy apreciado en los años 1920, y el compatriota José María Pérez Doménech. El cuento «El professor negre i la filosofia del jo» ponía en completo ridículo al amigo Julio Enrique Blanco, siempre mencionado en Barranquilla como «el profesor Blanco», lo que en parte explica que A la boca dels núvols circulara poco en el medio intelectual de la ciudad, donde, es cierto, pocos serían los que pudieran —o hicieran el esfuerzo de— leer el catalán. Los escritos secretos y «El conte d’una casa de veïnat» también dejan en ridículo al músico Emirto de Lima, a quien le gustaban demasiado las condecoraciones, los himnos y los títulos de toda clase (era cónsul de diversos países y ostentaba el más que improbable grado de doctor por la Universidad del Andhra —¡en la India!). [27] También se puede recordar el escepticismo manifestado por Vinyes en notas de El Heraldo hacia la colombiana costumbre que consistía en «coronar » poetas (17 de octubre y 6 de diciembre de 1940); no le era posible mostrarse contundente a nivel público, pero lo que de veras pensaba es fácil de imaginar si se tiene en cuenta lo que le escribía Germán Vargas (carta del 10 de mayo de 1950) sobre el proyecto de coronar al «portalira» barranquillero Miguel Rasch Isla: «Y el puñetero viejo (¡viva el barranquillerismo!) se va a dejar». En las reuniones del Grupo de Barranquilla, eran frecuente motivo de diversión los «lagartos», es decir los intrigantes que trataban de figurar a toda costa en lugares de importancia, especialmente en la prensa. Y también los prepotentes y los petulantes. Pero «lagartos», prepotentes y petulantes eran solamente la espuma de la comedia social, y el verdadero blanco eran —en el medio intelectual— los hombres de poder, los hombres del poder y los que trataban de llegar a serlo.
Existe a este propósito un texto ejemplar de Vinyes: el que dedicó al viaje que en 1946 hizo a Colombia el dramaturgo Eduardo Marquina, como embajador extraordinario de la España franquista (iba a presenciar las ceremonias de posesión de Mariano Ospina Pérez, nuevo presidente, conservador, del país). Marquina, quien moriría tres meses después en Nueva York, leyó una conferencia en Barranquilla. Su grotesca actuación fue denunciada en El Mundo por una feroz y divertida nota anónima, bajo cuyo sobrio y acerado estilo se adivina a Germán Vargas. De ese episodio no habló Vinyes, no solamente porque lo más probable es que no asistiera al evento, sino porque la circunstancia inmediata le importaba menos que el problema de fondo, que venía a ser una preocupación de toda su vida. Esa nota ejemplar —que, además, figuraba en la primera entrega de su columna ‘Ventana’ y salía en el número inaugural de El Mundo, el 7 de agosto de 1946— abarcaba en forma condensada toda la trayectoria de Marquina, a quien Vinyes conociera en la Barcelona de su juventud. Sólo había una fugaz alusión a Franco y toda la reflexión giraba en torno a un punto esencial: Marquina era el escritor que hace permanentes concesiones para triunfar, el que prostituye su pensamiento y su creación para conseguir un reconocimiento social y hasta político y, en última instancia, bajo el ángulo político, para tener acceso a puestos oficiales —que era el caso con esa embajada de la dictadura. [28]
Aquí está lo fundamental de la irreverencia de Vinyes, de la «risa» que se había desplegado tempranamente en las páginas de Voces (era, o iba a ser, también la médula del ideario y de la acción del Grupo de Barranquilla). Se le prestaba una atención ácida a la farsa, pero lo que importaba era desenmascarar los juegos de poder, los juegos del poder y sus trampas. Se trataba de abogar incansablemente por la libertad y la responsabilidad del creador en su creación, de modo que ésta fuera una creación sin concesiones.
Aquí se dará una breve mirada a las pugnas teatrales de Cataluña, evocando el relato que hizo Vinyes de su fracaso al estrenar Llegenda de boires. [29] Lo escribió más de veinte años después, en Barranquilla, como introducción de la nueva versión que hizo entonces de esa obra. Relata la forma en que Sagarra saboteó ese estreno; si las cosas pasaron como las cuenta Vinyes en esa evocación, fue un hecho detestable que traducía prácticas también detestables: el autor que regresaba de América era un nuevo competidor y perturbaba el juego de los intereses creados. Lo importante es que Vinyes relata esa memorable noche como una historia de poder intelectual, una historia ejemplar a su manera, que lleva a lo que fue su actuación en Colombia, combativa en la medida que podía permitírselo un extranjero, aunque lo que importa son los criterios que la inspiraban.
Vida intelectual en la república criolla
Hay que recordar primero que Colombia fue, desde su independencia, una república criolla que de la democracia tuvo solamente las apariencias externas. Es significativo el Memorial de agravios escrito en 1809 por el abogado bogotano Camilo Torres, un alegato que la historiografía oficial colombiana presenta abusiva y falazmente como un texto patriótico y precursor, cuando es solamente la afirmación de que los criollos de la Nueva Granada (los «españoles americanos», como se definían todos los criollos de las Indias Occidentales) querían que los tuviera en cuenta políticamente desde la metrópoli la Junta de resistencia a la invasión napoleónica. La independencia consistió en que esos criollos pudieron ejercer plenamente sus derechos, no de neogranadinos o colombianos, sino de españoles: para ser plenamente españoles fue para lo que rompieron con España —más que ambiguo punto de partida para lo que pretendería ser una nación nueva—. En el nuevo país, la política fue monopolio de esa élite, y una marcada segregación de tipo racial hizo que, si bien no constaba por escrito en ninguna parte, los indios, los negros y los mestizos quedaran excluidos de la ciudadanía activa (todo ello figuraba en germen, clarísimamente, en el muy criollo y nada generoso Memorial de agravios). El hombre político que muy tardíamente trató de quebrantar ese sistema y convertir a Colombia en una democracia fue el liberal Alfonso López Pumarejo, presidente de 1934 a 1938 y luego de 1942 a 1945 (se truncó su segundo mandato, por haberlo hostilizado el ala derecha de su propio partido, y las frustraciones populares generadas por ese fracaso fueron uno de los ingredientes de la «Violencia» política que se desató en 1947). La acción de López Pumarejo marcó deslindes drásticos en la vida intelectual, no por soterrados menos drásticos: de un lado estuvieron los «lopistas», caracterizados por su apertura al cambio y a las ideas nuevas y no necesariamente por su adscripción al bando político de López; del otro lado estuvieron los «santistas» (del nombre de Eduardo Santos, de la derecha liberal, dueño de El Tiempo y presidente de 1938 a 1942), caracterizados por su hostilidad a las reformas y por su apego al inmovilismo intelectual; en literatura, fueron «nacionalistas» y «terrigenistas». Incluso en la «Violencia» y bajo el sangriento gobierno de los conservadores ultraderechistas, perduró la diferencia entre lopistas y santistas, que era también la diferencia entre el movimiento y el estancamiento en materia de inteligencia y arte. Esta situación, en todo caso, y es lo que importa, condicionaba la vida intelectual colombiana durante el último exilio de Vinyes. Un punto, por ahora secundario, que conviene señalar es que el escritor Jorge Zalamea, entonces joven escritor, ya mencionado de paso y que volveremos a mencionar, fue ministro de Instrucción Pública en el primer gobierno de López Pumarejo.
Siempre en materia de política colombiana, y nuevamente con repercusiones en la vida intelectual, importa señalar otro rasgo del país: el poder político actúa en el marco de un Estado que no tiene un cuerpo estable de funcionarios. Impera el spoil-system, el sistema de los despojos, y cuando cambia el mandatario, se cambia toda la jerarquía de arriba abajo, renovándose en todas partes hasta los empleados más modestos. La burocracia es una fuente de empleos para los intelectuales (pueden serlo también la prensa y, en el más modesto nivel, la enseñanza) y, para los amos del juego —los políticos de alto vuelo y, detrás de éstos, los dueños de la economía—, sirve como un formidable medio de control sobre el pensamiento y la creación. Los más prestigiosos intelectuales, los que como tales eran reconocidos, eran los que más brillantemente cumplían las funciones de perros guardianes y se veían premiados con puestos de embajadores y hasta de ministros. A un nivel intermedio, los intelectuales dóciles podían disfrutar por un tiempo un consulado en un país central. La mayoría, los que trataban de no salirse del aro y eran vigilados por los más allegados al poder, se contentaba con puestos de oficinas ministeriales o, en las provincias, de las gobernaciones departamentales. No era nada fácil ser un francotirador, y había que ser hábil para pensar libremente y sin embargo aprovechar prebendas sustanciales en la burocracia estatal y la política.
Este último fue el caso de Hernando Téllez, hombre de amplísima cultura y excelente crítico literario, que supo además abrirse a la renovación de las letras mundiales en los años 1940. Era un afrancesado, al que calificaban con frecuencia de «volteriano», que leyó con provecho a los norteamericanos y contribuyó a una renovación de la cuentística colombiana al aclimatar el ejemplo de Erskine Caldwell. Bastante audacia tuvo para traducir al español, y conseguir que publicara en 1948 el suplemento de El Tiempo, La putain respectueuse de Sartre (¡que salió como La mujer respetuosa!). Pero lo limitaba su vinculación con El Tiempo, o sea con esa derecha liberal que hizo caer a López Pumarejo en 1945 y luego abandonó a su suerte a sus copartidarios de abajo cuando se desató la «Violencia». Siendo aún joven, en 1939, Téllez había obtenido el consulado de Marsella; más tarde fue senador por el partido liberal. Había en privado una risa de Téllez, la que le inspiraba su aguda visión de la comedia del poder en el medio intelectual, [30] y había indudablemente un brillante aporte de su rigor crítico, pero él mismo nunca cuestionó las reglas del juego. Lo estimaban los jóvenes amigos de Vinyes y lo debía de estimar el propio Vinyes —como tributo a una inteligencia nada común— pero no podían verlo como un posible renovador de la vida colombiana. No era un perro guardián como lo fueron muchos otros, más exitosos en el país y más premiados por el sistema, pero está claro que hizo concesiones, y lo sabían Vinyes y sus allegados. [31]
A través de la producción y, sobre todo, de la actuación (sus notas de prensa) de los intelectuales controlados es como mejor se puede medir lo que había sido el miedo de la derecha liberal ante las reformas no siempre logradas de López Pumarejo. Hubo en los años 1940 una verdadera saña de los «nacionalistas literarios» contra todas las innovaciones. Se aferraban a una defensa intransigente de los valores y los temas rurales y mostraron hostilidad a todo lo que fuera aporte «foráneo» —como decían— y que les merecía la denominación despectiva de «cosmopolitismo» o «universalismo». [32] Fue el caso con el talentoso Tomás Vargas Osorio, con el opaco Adel López Gómez, con el rimbombante Antonio Cardona Jaramillo, siempre desde las páginas del suplemento literario de El Tiempo y de alguna que otra revista igualmente controlada por los santistas, especialmente la Revista de las Indias cuando la dirigía Germán Arciniegas. Característico de esos debates fue, en 1941, el escándalo desatado por el cuento de Jorge Zalamea titulado «La grieta»: su acción se ubicaba en Dublín (evidente guiño hacia Joyce, inaceptable en la Colombia de entonces). No se volvió a mencionar esa polémica en años posteriores (salvo, en 1948, una alusión sarcástica de Germán Vargas) [33] pero el alegato furibundo de los nacionalistas y su promoción permanente de la mediocre y abundante cuentística «terrígena» contribuyeron a una asfixia en la vida literaria. Esa cuentística yace en un muy justo olvido pero es, en las letras colombianas de entonces, el renglón que mejor permite evaluar lo que era el control del pensamiento.
La fecunda irreverencia de Vinyes consistió esencialmente en combatir ese control —él mismo o sus discípulos que podían permitirse ser más agresivos—. Había que ir contra ese consenso fofo, hecho de conformismo mercenario y de sumisión, una sumisión que llegó a ser, en no pocos casos, ponzoñosa.
Habría que mencionar muchos nombres y, sobre todo, entrar en detalles. Recordemos brevemente tres. LENC, el bonachón Luis Eduardo Nieto Caballero, a quien atacó Voces por la indulgencia con que trataba a sus compañeros de la llamada «generación del Centenario» [34] y que conservó toda su vida la fama de no leer los libros que elogiaba (aunque entonces no lo nombraba Voces, quizás se refiriera a él en una nota sobre los críticos que no leen, n° 25, 10 de junio de 1918). Antonio Gómez Restrepo, pontífice de la crítica literaria en Colombia por varios decenios, pálido y no por ello menos perentorio discípulo criollo de Menéndez y Pelayo, partidario acérrimo del «realismo hispánico», de cuyos ataques al modernismo se burló también Voces (n° 9, 30 de octubre de 1917). Algo aparte, porque intervenía poco en cuestiones literarias, no se puede eludir el nombre de Luis López de Mesa, que se hizo pasar por la viva y universal conciencia científica de Colombia (fue rector de la Universidad Nacional y ministro), y era el ampuloso teórico del pensamiento criollo, es decir del santismo: en los años 40 y 50 los jóvenes amigos de Vinyes hicieron de López de Mesa el blanco predilecto de sus burlas. Y tantos otros —encumbrados, rutinarios redactores de prensa o simples «lagartos»— que hacían méritos en busca de «corbatines» oficiales.
De arribismo y ética
Hay que detenerse en el caso de Germán Arciniegas que fue considerado durante varios decenios el escritor colombiano por excelencia y a quien trató Vinyes más de una vez. En verdad, más que escritor, fue el intelectual oficial por excelencia. Aparente rebelde en los años 1920-1925, fue el gerente de su propio éxito y, una vez hubo conseguido un cierto renombre, pudo entrar por todo lo alto en el sistema —lo cual era su meta desde el principio—. Cuando, a partir de los años 30, se fue configurando el panorama en que se oponían lopistas y santistas, Arciniegas se adscribió naturalmente a este último bando que le aseguró prebendas tan notables como embajadas y ministerios. Ameno prosista, polígrafo hábil que supo hacerse pasar por el historiador que nunca fue, cumplió con habilidad su tarea de cancerbero, en particular a través de la dirección de la Revista de las Indias, de 1938 a 1945. Embajador en la Argentina, supo hacerse publicar en la gran revista Sur, de las hermanas Ocampo y de Borges, pero tuvo bastante lucidez para no darle a Sur ningún eco en su propia revista, impidiendo así que salieran en Colombia textos que hubieran dado a ver cuán soñolienta y obsoleta era allí la vida intelectual y literaria, y hubieran socavado su propio prestigio y su propio poder. [35] Lo poco que de narrativa argentina publicó entonces en Revista de las Indias era de tonalidad nativista y de bajísimo nivel estético. En cambio, el demócrata que pretendía ser (y que casi todos reconocían en él) no vacilaba en darle espacio en sus publicaciones al paraguayo Natalicio González, «terrigenista» y más que connotado fascista tropical. Cuando por fin los lopistas le quitaron (a finales de 1944) la dirección de la Revista de las Indias, la cual mostró en seguida más variedad, actualidad y audacia, consiguió que El Tiempo financiara para él una nueva publicación mensual, Revista de América. Arciniegas dirigió Revista de América de 1945 a 1951 y ésta resultó de una casi total mediocridad (pueden salvarse algunos elementos de su primer año de vida). Fue revista de la guerra fría, ajena u opuesta a cualquier tipo de innovación filosófica y estética (con pocos pero nauseabundos artículos no sobre sino contra el existencialismo), desconocedora de lo mejor de la literatura mundial del momento y llamativamente silenciosa en cuanto a los horrores de la « Violencia » colombiana. [36] En los años 60 Arciniegas dirigió en París una revista acorde con los principios de un liberalismo criollo de otros tiempos pero también comprometida en la guerra fría y financiada por la CIA, Cuadernos (el título exacto era Cuadernos del Congreso para la Libertad de la Cultura). En los años 1980, tras otro largo episodio diplomático y nuevamente director de una revista creada expresamente para él en una universidad bogotana, Correo de los Andes, revista también notablemente mediocre por retardataria, mantuvo en una forma menos discreta que en otras épocas su papel de perro guardián: en 1985, designó a la saña de los «sicarios» un historiador (Rodolfo de Roux) que acababa de publicar un manual escolar cuyo contenido, crítico (lo contrario de la «historia de bronce»), indignaba al también presidente de la Academia Colombiana de la Historia. [37] En total, una obra abundante y desigual, de la que pocos títulos pueden rescatarse —por mucho que digan los herederos entre «espirituales» y político-burocráticos de Arciniegas, pues los tiene, y muy activos e influyentes, hasta en el siglo XXI—, y una biografía de obsecuente servidor del poder, ampliamente premiado por sus servicios. Tanto que —retrocedemos en el tiempo— siguió disfrutando prebendas incluso después (hasta decenios después) del momento en que se hizo evidente que quedaba desfasado ante el mundo de la posguerra y hacían falta nuevos perros guardianes, que supieran de existencialismo y otras novedades (el primer suplente, up to date, fue Jorge Gaitán Durán, fundador de la revista Mito, 1955-1962).
Arciniegas había conocido Voces en su tiempo, o al menos recordaba lo que había sido su importancia cuando, en diciembre de 1944, de paso por Barranquilla, escribió para El Tiempo de Bogotá una crónica en la que se refería elogiosamente a Vinyes; pero éste, tal como lo insinúa el texto, le aparecía entonces como un hombre del pasado, buena señal de que era Arciniegas el que ya había salido de las corrientes vivas de la época y andaba en la órbita de un poder oculto, el santismo, que prefería desconocer las dinámicas contemporáneas y sofocar su influjo en el propio pais. Escribía: «Este Vinyes es otro tipo. A Vinyes le debemos todos los de mi generación el soplo estimulante que nos empujó a conocer muchas literaturas extrañas. Voces fue una revista, por allá del año 1918 o del año 1920, en que escribían Eugenio d’Ors y muchas gentes de Barcelona, mezcladas en páginas de papel ordinario con los poetas de Barranquilla, Antioquia o Cundinamarca. Voces era levantada en los tipos desportillados de la imprenta de Hipólito Pereira, y tenía un sello de auténtica pobreza provinciana con que se vestían los mejores partos literarios. El inventor de aquello era Ramón Vinyes, que desde la trastienda de su librería escribía dramas en catalán, se correspondía con León de Greiff, hojeaba libros raros y le disparaba mensajes atrevidos a Anatole France». [38]
Desaparecida Voces, Vinyes había colaborado en Universidad, revista fundada en Bogotá por el mismo Arciniegas. Era la tribuna del cambio, en la onda del movimiento continental de reforma universitaria recién iniciado en la argentina Córdoba. Tuvo su importancia Universidad, sin lugar a dudas, en un país que ya llevaba treinta y cinco años bajo la hegemonía conservadora; la tuvo aunque fuera por la nómina de los colaboradores que reunió (entre ellos estaba Vinyes), pero el afán de renovación que expresaba tenía, cuando menos, matices especiales en la mente de su director, quien empezaba a fraguar allí sus proyectos de encumbramiento personal. Al escribir Entre los Andes y el Caribe no sabíamos que el Artajerjes Longimano que a finales de 1921 escribió en el diario La República de Bogotá varias diatribas contra Universidad y allí definió a Vinyes como «el catalán desvertebrado y erudito» [39] era el propio Arciniegas, disfrazado bajo uno de los muchos seudónimos que usó en su vida. Es un ejemplo temprano de los juegos de niño travieso a los que era aficionado Arciniegas y que formaban parte también de la estrategia que había de llevarlo a la meta del éxito social. Fuera del placer frívolo de alborotar el ambiente, publicar a un autor y a la vez burlarse de él era síntoma de una falta de rigor intelectual y, desde luego, también de ética.
Otro contacto, inseguro, entre ambos nombres se dio en 1925 con el número inicial de la revista Los Nuevos (6 de junio de 1925), publicación vanguardista en cuyo comité figuraba Arciniegas (y también Jorge Zalamea): allí apareció un texto de Vinyes. Como éste acababa de ser expulsado de Colombia (por voluntad del tiranuelo local que era el gobernador de Barranquilla, el general Eparquio González), es probable que el grupo de Los Nuevos decidiera rendir homenaje al proscrito, mediante lo que debe ser reedición de un texto ya publicado en La Nación de Barranquilla (llevaba el título de «Dietario en zig-zag», que era el de la columna que allí mantenía Vinyes, y presentaba los mismos rasgos de su periodismo). Instalado Vinyes nuevamente en Barcelona, no hubo más colaboración en Los Nuevos.
Poco tiempo después del encuentro barranquillero que había dado pie para la crónica citada líneas arriba, apareció en la nueva revista de Arciniegas, Revista de América, un artículo de Vinyes, «Conocí a Gilbert K. Chesterton» (Vol. II, n° 4, abril de 1945, pp. 19-23). Ese recuerdo de lo que había sido una breve pero intensa relación trabada en Barcelona, por Vinyes y sus hermanos, con el escritor inglés es un hecho importante en el contexto colombiano de 1945, pues Chesterton era allí prácticamente un desconocido. El mérito es todo de Vinyes ya que Arciniegas funcionaba más bien por inercia al armar las entregas de sus revistas, un defecto particularmente visible en los sumarios de Revista de América: éstos se hacían por sedimentación, sin línea definida, pidiendo el director artículos a quien pasaba a su alcance y pudiera tener algo que decir, tal vez algo interesante pero que, en todo caso, llenara páginas, que era lo principal. Arciniegas había aprovechado el viaje de Vinyes a Bogotá, en enero de 1945, y le había pedido algo para su revista. De esa participación no se pasó: es cierto que Revista de América no podía suscitar en Vinyes —o en cualquier intelectual exigente— ningún afán de colaborar. Cuando en 1949 Vinyes escribió una nota más bien displicente sobre En medio del camino de la vida, un libro narrativo entre novela y crónica (El Heraldo, Barranquilla, 3 de septiembre de 1949), había perdido toda ilusión sobre la obra y la persona de Arciniegas y, de hecho, sus jóvenes discípulos ya habían expresado, en términos no tan benignos, su desencanto hacia el escritor diplomático.[40] Sabían bastante para desmixtificar los engaños de la intelectualidad oficial.
Se impone el paralelo con Jorge Zalamea. Por éste, aunque era en una nota en la que discrepaba de él, Vinyes había expresado su admiración en 1940 (El Heraldo, 24 de mayo de 1940). Ministro bajo el primer mandato presidencial de López Pumarejo, embajador en México durante la guerra: parecería esbozarse un perfil de intelectual oficial. Pero Zalamea no fue otro intelectual oficial. Era plenamente hombre del siglo XX —muy lejos del optimismo liberal-decimonónico de Arciniegas— y lo angustió el desastre de la guerra mundial. Fue universal su angustia y él se refirió con solemnidad a «El hombre, náufrago del siglo XX» (en Revista de las Indias, n° 46, octubre de 1942, pp. 145-159). Cuando se hicieron claras las evoluciones que llevaban a la guerra fría y a la «Violencia» colombiana, no se equivocó ni se quedó callado. La casualidad de la historia hizo que actuara en el día apocalíptico que fue el 9 de abril de 1948 (el «bogotazo»); sus arengas radiofónicas le valieron un encarcelamiento de varios meses. A su salida de la cárcel, creó en octubre de 1948 el quincenario Crítica con el que pretendía hacer que el país viviera la hora de toda la humanidad, dar la palabra a sus intelectuales más conscientes y denunciar las derivas políticas del mundo y de Colombia. En Crítica aparecían largas listas de nombres: los de los liberales asesinados en los últimos quince días, al menos cuando se conocían los crímenes. Era Zalamea un francotirador molesto incluso para el partido liberal, o para los que importaban en el partido, los santistas. Lo que proponía, bajo y contra la «Violencia» y para después de ésta, era una renovación de todo [41]; era, precisamente, lo contrario de ese control de la inteligencia y el arte que el santismo quería mantener por encima del trágico momento y de los cambios venideros. [42] El valor y la lucidez de Zalamea no fueron reconocidos y aún hoy no es notorio el hecho de que Crítica fue la mejor revista literaria del país en el siglo XX y Zalamea el honor de la inteligencia colombiana. No debería siquiera esbozarse una comparación con la revista Mito y con Jorge Gaitán Durán: Mito y su director fueron los encargados de renovar un control que Arciniegas, desfasado ante el mundo de la posguerra, ya no era capaz de ejercer. Cuando en septiembre de 1949 los atropellos que los conservadores cometían hasta en el recinto del Parlamento anunciaban el golpe de Estado, [43] Zalamea tuvo el valor de publicar en Crítica su relato-poema-panfleto «La metamorfosis de Su Excelencia», [44] gran texto de literatura que era al mismo tiempo una denuncia poderosa de la evolución del gobierno conservador hacia la dictadura. Esta publicación le valió un encarcelamiento arbitrario y hasta sesiones de tortura, en un momento en el que seguían vigentes las libertades públicas. [45] Continuó por año y medio más la publicación de Crítica hasta que, acorralado por la dictadura y abandonado por el liberalismo que nunca lo había sostenido en su acción, tuvo que exiliarse. En el momento en que había que comprometerse, Zalamea no había pensado en prebendas de ningún tipo; se había despojado de todo y el sistema (no precisamente la dictadura) lo había aplastado. Cuando Colombia pareció regresar a la paz, con el montaje del Frente Nacional, a partir de 1958, Zalamea siguió siendo un marginado y un molesto francotirador. Lo pagó con un difícil final de vida y una muerte prematura.
Por todo ello resulta especialmente llamativo el que Vinyes diera un texto a Zalamea para que éste lo publicara en Crítica. Fue cuando hizo su último viaje a Bogotá, en enero de 1949. Es posible que, lo mismo que Arciniegas cuatro años antes, Zalamea le pidiera al catalán un texto para su revista. Pero la solicitud y la entrega de ese texto tenían un significado muy distinto. No era un hecho indiferente el colaborar entonces en la publicación de un escritor que había pasado meses en la cárcel y que irrumpía en el panorama de las revistas con una beligerancia de heterodoxo resuelto, para promover una reflexión, sobre Colombia y el mundo, completamente ajena a los cánones obsoletos en que hubieran querido mantener al país el santismo y sus intelectuales (liberalismo criollo, estancamiento social, inmovilidad de la inteligencia y el arte, desconocimiento de la tragedia contemporánea). [46] Zalamea y Crítica olían a azufre. Y Vinyes colaboró en el n° 6 del quincenario de Zalamea, entregando, además, su cuento «Un interviú» que apareció traducido al castellano bajo el título de «Reportaje sensacional». La elección del texto también significaba algo: el relato era un cuestionamiento de todas las formas de propaganda, precisamente una de las preocupaciones centrales de Zalamea en esos años de guerra fría. Por lo tanto cabe decir que Vinyes, además de apreciar al intelectual y escritor que era Zalamea, reconocía la validez de la lucha que éste acababa de emprender al fundar Crítica: se trataba, en medio de circunstancias dramáticas que agudizaban el compromiso, de seguir afirmando que la creación debe gozar de una libertad plena. Aunque ya pensaba en regresar a Cataluña, Vinyes, en el contexto de la «Violencia» que se intensificaba, se comprometía al dar un texto a esa revista rebelde. [47]
No es fácil, en cambio, precisar qué vínculo había entre Vinyes y Eduardo Zalamea Borda, al menos a nivel personal. La cercanía de ambas inteligencias no deja dudas: tenían en común muchos elementos de una visión del mundo contemporáneo, una exigencia de rigor, una concepción de la labor literaria, un escepticismo burlón hacia la farsa de la vida intelectual, un rechazo a los juegos del poder. Doblemente primo hermano de Jorge Zalamea, Eduardo Zalamea Borda era la otra gran figura en el ala dinámica de la inteligencia colombiana aunque pretendía limitarse a una actividad periodística y, maestro en el manejo del matiz y del sobreentendido, evitaba los llameantes arrebatos retóricos de su primo. Pero, sutil crítico, criptocomunista sin ilusiones sobre la realidad del estalinismo, presa de una angustia universal ante los horrores de su tiempo y en especial ante el peligro atómico, él también tenía muy presentes las grandes interrogaciones de la época. Como Vinyes, era un lector incansable —lo cual, según le oímos decir una vez a García Márquez, lo llevó a la esterilidad literaria—. Era, al menos, el autor de una novela ineludible en la historia del género en Colombia, Cuatro años a bordo de mí mismo (1934), la más importante aparecida en el país entre 1924 (La vorágine, de Rivera) y 1955 (La hojarasca, de García Márquez), en la cual se inspiró Vinyes para escribir un pasaje de Arran del mar Caribe. Aunque también se puede pensar que el periodismo significó, en Zalamea Borda, el desgaste de una rutina inclemente, fue un gran periodista, el más lúcido de su tiempo en Colombia, y su columna de la página 4 de El Espectador de Bogotá (‘La ciudad y el mundo’, que firmaba con el seudónimo joyceano de Ulises) ponía a quienes supieran leerlo en contacto con el mundo. También hay que recordar que él fue el primero en publicar a Alvaro Mutis y a García Márquez, pero lo más importante aquí es que Zalamea Borda fue un crítico sin concesiones y siempre se mostró inmisericorde, a su discreta y sutil manera, con todo escritor que las hiciera —lo cual significa que lo fue con la mayor parte del medio intelectual colombiano.
Si no hay huellas claras de una relación personal entre Vinyes y Zalamea Borda, no deja de ser perceptible una forma de ósmosis en los discípulos barranquilleros de Vinyes, que leían a Zalamea Borda asiduamente y con un evidente respeto. Así se establecía una comunicación cuya realidad no puede dudarse —como veremos luego—, aunque sin base anecdótica, sin hechos ni fechas que consten de una manera u otra.
Hay que volver a un planteamiento más general. Vinyes, el irreverente, el de la «rizada frivolidad», estaba situado del lado de los inconformes, de los que sólo tuvieron el arte y el pensamiento para cuestionar el orden y el quietismo asfixiantes de la república criolla. Esos inconformes eran tán lúcidos como los cínicos y como todos los que hacían concesiones, pero se negaron a jugar el juego. No cambiaron el curso de las cosas en el país, pero éste quedó enriquecido por el aporte de sus obras o sus ideas (y, a ese impalpable nivel, ellos sí lo cambiaron). Fue el caso con los dos Zalameas y, en Barranquilla, fue el caso con los del grupo aglutinado por Vinyes: García Márquez y Cepeda Samudio en literatura, Obregón en las artes plásticas, sin olvidar a los periodistas Alfonso Fuenmayor y Germán Vargas —cuya fraternidad, una fraternidad que tampoco sabía de concesiones, estimuló inicialmente a sus amigos creadores.
Lo que da la prueba de un intenso vínculo entre Zalamea Borda y Vinyes es un texto que mencionamos en la bibliografía de Entre los Andes y el Caribe pero sin explotarlo en el libro. No documenta nada en particular pero quizás no deje de ser a la vez el mejor testimonio sobre el «sabio catalán», desprovisto de anécdota y reducido a lo esencial. Se trata de la nota que publicó Zalamea Borda en su columna de El Espectador el 22 de mayo de 1952, al enterarse de la muerte de Vinyes. Llama la atención y hasta conmueve la vibración de estas líneas: tanta fuerza tiene la admiración intelectual que cruza la frontera de lo afectivo. Aunque escribía una nota necrológica, género propenso al ditirambo fácil, Zalamea Borda permanecía igual a sí mimo: no trampeaba, no hacía concesiones. Y el texto, escrito entre el ruido y el movimiento de una sala de redacción, es sin lugar a dudas el de un verdadero escritor. Ésta es la nota en su totalidad:
¡Ramón Vinyes! Me parece estar viéndolo cualquier noche de hace veintantos años en el Café Roma, de Barranquilla. Los demás rostros salían de la sombra cálida como si quisieran ser iluminados por su conversación fluida, diserta, garbosa, sencilla, llena de gracia y de inteligencia. Esos rostros eran los de Gregorio, Leopoldo, Jaime... ¿Quién más? Muchos más, ausentes hoy definitiva o transitoriamente, pero unidos todos en el afecto —en que tanto había de admiración y de respeto— a este hombre, uno de los que a mí me ha dado personalmente la más profunda impresión de persona culta y civilizada. Ramón Vinyes era profunda, entrañablemente catalán y siéndolo o por serlo, era un europeo de la cabeza a los pies. Su conocimiento —no simplemente superficial sino medular— de todas las manifestaciones de la inteligencia y de la sensibilidad de los países del Viejo Mundo, especialmente de las artísticas, le había dado la bondad del sabio en cuyo fondo yace ese escepticismo que es flor de comprensión y cuya corola está dispuesta siempre a deshacerse sin ningún trabajo porque sabe que no le faltarán oportunidades de renacer. Como conocía los valores positivos de los pueblos europeos y no ignoraba sus defectos, se encontraba en circunstancias muy favorables para apreciar las cualidades y deficiencias de su propio pueblo, al que sabía juzgar con amor pero con inteligencia, es decir, sin atribuirle nada que no le correspondiera pero asismismo sin permitir que se le negara nada a que tuviera derecho. Pero en realidad, Ramón Vinyes procedía así en todos los órdenes de su actividad. Su equilibrio personal llegaba al punto de que acaso podría decirse que su corazón y su cerebro, indistintamente y sin contradecirse jamás, podían sentir y pensar, que el primero pensaba cordialmente y el segundo sentía cerebralmente. Pensamiento y emoción estaban así trenzando siempre sus fuerzas para dar a su concepto forma feliz y palpitante contenido humano.
Fue Vinyes mentor literario de muchas gentes colombianas que hoy descuellan y no hubo iniciativa noble que no recibiera el envidiable galardón de su estímulo. Pero la obra de Vinyes está —por fenómeno de modestia inaceptable para quienes logramos entreverla— inédita en su gran mayoría. Sus enseñanzas periodísticas —no podía dejar de mostrar lo que valía y lo que sabía, aunque quisiera evitarlo— constituyeron orientación segura para muchos, pero sus piezas de teatro, cuando sean conocidas, publicadas, representadas —como no podrán dejar de serlo— le colocarán en lugar eminente entre los cultivadores de ese género no solamente en Cataluña y en España sino en Europa.
A su España, por él amada con dolor pero con esperanza, había de regresar como si le llamara la tierra en que hoy reposa, cerca del mar y como inmóvil ola del silencioso océano subterráneo. Había pasado largos años en el exilio con decoro y discreción, trabajando y sirviendo. Hace algunos años le vimos sus amigos de Bogotá por última vez y reanudamos con él aquel diálogo interrumpido en el Café Roma de Barranquilla hacía cuatro o cinco lustros. Era el mismo de entonces, sólo que más sabio no sólo por lo que había leído sino por lo que había vivido, y su sonrisa era más generosa y más sutil su concepto. Ahora, entre la sombra se une su rostro al de los ausentes definitivos o transitorios que la magia de la amistad logra mantener siempre presentes en la memoria de quienes estuvieron a ellos ligados por la admiración o por el afecto.
¡Ramón Vinyes! Silenciosamente, como si se levantara de la mesa del café para volver al día siguiente, se ha marchado del todo este que fuera de verdad hombre culto, intelectual completo y nobilísimo amigo.
De alguna manera, este trabajo que no pudo evitar iniciarse con un enfoque afectivo termina con la misma tonalidad a través de esta insustituible evocación, aunque el camino hacia lo afectivo es ahora el de la admiración intelectual. Hay algo más, sin embargo, en la nota de Zalamea Borda, pues conviene destacar este fragmento de frase: «Fue Vinyes mentor literario de muchas gentes colombianas que hoy descuellan (...)». No tantas en realidad, podría objetarse. A primera vista se tendría aquí, en esto que tiene algo de innecesaria hipérbole, la única concesión que hizo Zalamea Borda al tono habitual de las notas necrológicas. Pero debe ser más acertado reconocerle a la hipérbole una gran dosis de veracidad y admitir que, aunque se tratara de una sola persona, se justificaba el encomiástico plural. El autor de la nota podía pensar en otros nombres, o intuirlos (Cepeda Samudio en literatura, Obregón en pintura, algunos más como los pintores Enrique Grau y Cecilia Porras), pero era suficiente que pensara en García Márquez: treinta años después, la concesión del premio Nobel de literatura confirmaría la validez de la hipérbole. [48] La clarividencia de Zalamea Borda —otro irreverente, y también de fuerte influencia pese a su discreción— y su certera evaluación de lo que fuera el magisterio de Vinyes, venían a refrendar con dignidad y acierto la fecunda irreverencia que era justo reconocer y celebrar en Ramon Vinyes. Fecunda por intransigente.
A modo de conclusión
Si en anteriores trabajos habíamos subrayado el papel que tuvo Vinyes en la evolución de las letras colombianas bajo el ángulo de lo estético (importación de formas nuevas, deslindes, valoraciones), estas páginas se han separado de esa línea sin, en realidad, cuestionarla. Lo que han intentado subrayar es un aspecto que figuraba en cada etapa y a cada nivel de su labor de animador y guía —un aspecto que requería ser visto bajo un ángulo distinto, marcado por lo ideológico y en el que la exigencia ética cobra un mayor relieve. Vinyes no fue solamente el que por una parte se burló y por otra contribuyó a quebrantar las rutinas de un pensamiento y un arte aletargados. También fue el que puso en tela de juicio las normas nunca escritas y las prácticas sociales —a la vez ocultas y asumidas por muchos— que subyacían a esas rutinas y conformaban todo un sistema, el del pensamiento y del arte temerosos, sumisos, estancados, en el seno de la república criolla. En última instancia, lo que Vinyes cuestionó fueron las bases mismas de esa república criolla, aunque lo hizo sin salirse del campo de la ideas y de las formas de expresión. Era un combate perdido de antemano. Basta con ver, en las desgracias de la Colombia actual, el fracaso de la república criolla: era un fracaso anunciado, en la medida que el sistema no podía reformarse ni, por lo tanto, desembocar en otra cosa; pero la misma situación de hoy también dice que la república criolla tuvo bastante capacidad de inercia para perdurar y que perduró bastante tiempo, y con suficiente fidelidad a sí misma, para generar el desastre que presencia el mundo. Nunca hubo allí espacio para las voces disidentes de aquellos que podían suscitar una toma de conciencia y una reorientación del devenir colectivo. Frente a Vinyes y a quienes pensaban y sabían lo mismo que él, el sistema era demasiado macizo e inerte (tenía y tiene una infinita capacidad de recuperación) para que tuvieran eficacia los dardos de un literato extranjero y de la minoría que eran los literatos nacionales inconformes. Al menos Vinyes estuvo, estimulándolos, con quienes, desde la inteligencia y la creación, quisieron cambiar las cosas; y participó en las aventuras contestatarias, más allá del escarnio a la comedia de la vida intelectual y más allá de lo meramente artístico: en la inaugural Voces (que él hizo existir), en Universidad (concedámosle un papel fugaz al Arciniegas juvenil pero más aún a la sinceridad de sus compañeros), en Crítica, y en 1950 y desde Barcelona en la también efímera Crónica de sus jóvenes amigos de Barranquilla. Frente a la mole inconmovible de lo que García Márquez llamaría ficcionalmente «la Mamá Grande», quedan los sarcasmos y quedan sobre todo las afirmaciones. Queda ese alegato por una creación sin concesiones. Y quedan obras —libros y cuadros— que dicen que el alegato no cayó en el vacío. Vinyes no estuvo solo en esa lucha desigual pues, de no haber habido colombianos comprometidos en ella, no se podría hoy hablar de esa lucha. Pero lo menos que se puede decir es que en ella tuvo un gran papel, desde los tiempos en que Voces, su «cosa», inició el proceso, hasta lo que él no presenció, la culminación en grandes obras. Éstas no impidieron que la república criolla continuara, ciega y sorda, en su inacabable deriva, pero con ellas queda una constancia de que por allí pasó y allí actuó el hijo de Berga.
Notas:
[1] Jordi Lladó, Ramon Vinyes i el teatre, 1904-1939, Tesis Doctoral, Universitat Autònoma de Barcelona, 2002, 1031 p.
[2] Ramon Vinyes (comp., sel. y pról. por J. Gilard), Selección de textos, Bogotá, Colcultura, 1982, 2 Vol., 625 & 399 p.
[3] Jacques Gilard, Entre los Andes y el Caribe. La obra americana de Ramon Vinyes, Medellín, Universidad de Antioquia, 1990, 409 p.
[4] Pau Vila, «A guisa d’introducció. El Ramon Vinyes del meu record», in Pere Elies i Busqueta, Un literat de gran volada. Ramon Vinyes i Cluet, Barcelona, Dalmau Editor, 1972, p. 9.
[5] Don José Vinyes contaba que en el momento del viaje de regreso su hermano había perdido una fuerte cantidad de dinero, guardada en un pantalón que tiró a la basura.
[6] No vimos esta carta en nuestras investigaciones de los años 1970 y primeros 1980, por no salir a flote en las minuciosas pesquisas de don José Vinyes. Depositado el fondo Vinyes en el Arxiu Comarcal de Berga, hemos podido conocerla recientemente gracias a Jordi Lladó.
[7] Jaume Huch i Camprubí, Ramon Vinyes, jove. Contribució a l’estudi de la primera etapa catalana (1904-1912), Tesis de Licenciatura, Universitat de Barcelona, 1986.
[8] Jaume Huch i Camprubí, «Pròleg», in Ramon Vinyes, Tots els contes, Barcelona, Columna Edicions, 2000, pp. 9-26.
[9] Otros podrían tener la opinión exactamente inversa sobre las dudas de Vinyes: que lo esterilizaron en su faceta creativa o que, cuando menos, impidieron que se desplegara sin trabas su inspiración. En materia de creación, la verdad se sitúa en una zona intermedia entre ambos polos. Pero, en cuanto a ideas, parece indiscutible que Vinyes mantuvo hasta el final una forma de tensión que lo volvía receptivo ante las novedades, y ello con un más que notable grado de acierto en sus evaluaciones. Por otra parte, no dejan de llamar la atención sus intuiciones ante personas que el azar lo llevó a conocer, siendo los más claros, reales pero en el límite de lo verosímil (¡dos premios Nobel fugazmente frecuentados en una vida!), los casos de Claude Simon y García Márquez.
[10] Cf. Jordi Lladó, op. cit., p. 92.
[11] De ello son una prolongación, en otra tónica, las truculentas peripecias sexuales imaginadas por Vinyes en sus cuentos de los años 1940.
[12] Cf. Jordi Lladó, op. cit., p. 160. Vinyes comentó Les mouches en El Heraldo de Barranquilla (23 de marzo de 1949). De 1945 en adelante, fue en Colombia uno de los pocos conocedores del existencialismo.
[13] Cf. Jordi Lladó, op. cit., p. 217, p. 235. En la nota anónima de Voces que hablaba de su «risa» (n° 25, 10 de julio de 1918) también se decía que la revista protestaba «contra los de la crónica amorfa que han de bajar hasta el público por no tener la fuerza de llevar al público hasta ellos».
[14] Ramon Vinyes, «Teatre modern», Barcelona, Ateneu Polytechnicum, 1929, 15 p.
[15] Ver, por ejemplo, Entre los Andes y el Caribe, op. cit., p. 62.
[16] Cf. Jordi Lladó, op. cit., p. 141.
[17] Cf. Jordi Lladó, op. cit., p. 110.
[18] Cf. Jordi Lladó, op. cit., p. 223. En Voces (n° 55, 10 de febrero de 1920), una nota anónima atribuible a Vinyes había marcado una simpatía por el despertar del nacionalismo de la India frente al colonialismo británico. En sus escritos íntimos del exilio anotaba una vez Vinyes que, de niño, había sentido simpatía por la causa de los boers cuando éstos se enfrentaban con el poderío militar de Inglaterra. Esta espontánea postura anticolonial parece ser una constante en él.
[19] Ramón Vinyes, La ideologia i la barbàrie dels rebels espanyols, Barcelona, Imp. Clarassó, 1937; reeditado en 1977 (Lletra viva: antecedents i documents, 8).
[20] Cf. Jordi Lladó, op. cit., p. 497. Nos permitiremos una anécdota personal. En las páginas del diario íntimo de 1939 correspondientes a los meses vividos en Toulouse, Vinyes se queja amargamente del trato desapacible de la señora Baldó de Torre, socialista catalana que allí coordinaba un centro de ayuda a los refugiados de Barcelona. Era la madre de Alfons Serra Baldó, de quien fuimos alumno y más tarde colega. Al mencionarle una vez (única vez, dado lo que fue la respuesta) el nombre de Vinyes, Alfons Serra Baldó contestó que era un personaje algo extravagante y más bien «anarquista». La explicación nos vino de María Fornaguera (cuyo esposo, el gran pintor Juan Antonio Roda, había sido alumno de Serra Baldó en Barcelona) y de nuestro colega, catalanista y oriundo de Berga, Michel Camprubí: la señora Baldó era autoritaria en general e intransigente en particular sobre la cuestión de la pertenencia partidista, inquiriendo primero si quien solicitaba ayuda era catalán y socialista —motivos suficientes para que Vinyes tuviera roces con ella y la recordara con un rencor infinito en su diario de 1940. Antes de radicarse definitivamente y enseñar en Toulouse, Alfons Serra Baldó había estado en Colombia en 1948 (publicó un artículo sobre el romancero peninsular en el suplemento literario de El Tiempo de Bogotá) pero, dados los antecedentes tolosanos, es poco probable, si estuvo en Barranquilla, que entrara allí en contacto con Vinyes.
[21] Alejo Carpentier, «Les points cardinaux du roman en Amérique latine», Le Cahier, Paris, n° 6, nov. 1931, pp. 19-28. Reproducido en Carmen Vásquez (dir.), Alejo Carpentier et ‘Los pasos perdidos’, Amiens, Université de Picardie / Indigo Editores, 2003, pp. 239-248.
[22] Lo comentó en El Heraldo del 18 de julio de 1940.
[23] Así lo apuntó en su diario íntimo el 10 de julio de 1940, el mismo día que estalló en Barranquilla la noticia de que un pescador del río Magdalena había sido convertido en caimán por arte de magia.
[24] También conviene establecer un vínculo con el cuento maestro que es «L’albí»; aunque éste se sitúa en una aldea serrana parecida a Berga y lleva el sello de la novela gótica, es una universalización de la comarca, que lo vincula con la evolución de la literatura hispanoamericana y con el agudo sentido que de esa evolución tuvo Vinyes.
[25] Sobre Faulkner, cuya importancia para Vinyes no fue tanta como incita a pensarlo el influjo del norteamericano en García Márquez, el «sabio catalán» fluctuó bastante, si bien consta que lo leyó tempranamente y con indudable interés. A Vinyes lo impresionaba Faulkner, pero a veces lo erizaban tanta lobreguez y tanta violencia. Más de una vez, los apuntes de sus cuadernos expresan una reticencia o un rechazo. Vinyes reconocía al gran novelista sin compartir su universo. Es significativa la lectura que hizo en 1939 (la registra el diario íntimo) de un manuscrito, muy influido por Faulkner, de Claude Simon (otro catalán, pero sobre todo el «otro» Nobel de Vinyes): a la vez interés y saturación. En cuanto a una escritora que también fue un faro para los jóvenes del grupo de Barranquilla, es mucho más constante en Vinyes el interés por la obra de Virginia Woolf, también leída en Barcelona en los años 1930. Germán Vargas nos dijo en 1980 que, hacia el final de los años 1940, él y sus amigos distaban mucho de compartir todas las opiniones de Vinyes sobre literatura («Lo dejábamos hablar y pensábamos lo que nos daba la gana», expresó más o menos). Pero no deja de ser verdad el que Vinyes siguió públicamente a sus discípulos, como atestigua la nota sobre Sartre y Faulkner, con —en el fondo— una buena intuición de lo que iba a imponerse en la literatura colombiana, ya que debe recordarse, además, que aún no vivía García Márquez en Barranquilla. La nota de abril de 1949 muestra que Vinyes no dejaba de ser el hombre de las reticencias y de los reparos: no sabía reverenciar y no le disgustaba manifestarlo.
[26] Nota anónima, obviamente de Vinyes, en el n° 25 de Voces, del 10 de junio de 1918.
[27] Su libro Folklore colombiano (edición del autor, Barranquilla, 1942, 221 p.) es una colección de artículos dispares y resulta sumamente desigual. Sin embargo, algunos elementos siguen presentando interés al cabo de seis decenios. Es al principio del libro (p. 5) donde figura la mención del dudoso grado doctoral. Conocemos Folklore colombiano gracias a Miguel Iriarte, director de la Biblioteca Piloto de Barranquilla.
[28] Alfonso Fuenmayor había escrito en El Heraldo una nota sobre Marquina (19 de julio de 1946) en el momento en que éste se embarcaba en Cádiz con destino a Colombia, presentándolo como el que «le ha puesto toda suerte de trampas a la gloria y para conseguirla se ha servido de todos los medios». Vinyes volvió sobre el caso de Marquina, en su columna de El Mundo (22 de agosto de 1946), haciendo un paralelo con León Felipe, quien acababa de leer cuatro conferencias en Barranquilla.
[29] Pere Elies i Busqueta transcribe esa «Petita història del poema escènic Llegenda de boires», Un literat de gran volada..., op. cit., pp. 88-90.
[30] Cf. Marta Traba, «Prólogo», in Hernando Téllez, Cenizas para el viento y otras historias, Santiago de Chile, Editorial Universitaria, 1969, p. 13. Vale la pena anticipar y señalar que Marta Traba evoca también en su prólogo «el servilismo de Arciniegas y la cólera de Jorge Zalamea» (p. 14).
[31] Jorge Zalamea citó expresamente a Téllez como paradigma de lo que no deberían hacer los intelectuales colombianos, en su ensayo «Arte puro, arte comprometido, arte testimonial», Eco, Bogotá, n° 66, octubre de 1965, así como en su «Respuesta a la encuesta de Letras Nacionales», Letras Nacionales,Bogotá, n° 9, julio-agosto de 1966, hoy en Jorge Zalamea, Literatura, política y arte en Colombia, Bogotá, Colcultura, 1978, p. 812.
[32] Cf. Jacques Gilard, «Du nationalisme littéraire. Une polémique colombienne (1941)», América. Cahiers du CRICCAL, Université de Paris III-Sorbonne Nouvelle, n° 21, 1998, pp. 237-244.
[33] Germán Vargas, «Fichas sin revisar», El Nacional, Barranquilla, 15 de marzo de 1948, 2da Sección, p. 3 .
[34] Una nota de Enrique Restrepo, Voces, n° 55, 10 de febrero de 1920.
[35] Cf. Jacques Gilard, «Las revistas de Arciniegas: la inteligencia y el poder», in Maryse Renaud (coord.), En torno a Germán Arciniegas, Poitiers, Université de Poitiers / CRLA / Archivos, 2002, pp. 11-27.
[36] Esta descripción de Revista de América puede oponerse, punto por punto, a la que más adelante se hará del quincenario Crítica (1948-1951) creado por Jorge Zalamea.
[37] Ver el fascículo colectivo, A propósito de una polémica. ¿Nuestra Historia?, Bogotá, Editorial Estudio, sin fecha (1986), 32 p. Y también Marisol Cano Busquets (coord.), «El debate por la historia: dialogar ante la intolerancia», Magazín Dominical de El Espectador, Bogotá, n° 316, 30 de abril de 1989.
[38] Germán Arciniegas, «En Barranquilla», El Tiempo, Bogotá, 30 de diciembre de 1944, p. 4.
[39] Cf. Jacques Gilard, Entre los Andes y el Caribe, op. cit., pp. 54 & 84-85.
[40] Germán Vargas, en su columna «Nota intrascendente», de El Nacional de Barranquilla, 7 de febrero de 1948; Alfonso Fuenmayor, en su columna «Aire del día», de El Heraldo, el 24 de febrero de 1948.
[41] Vale la pena citar esta declaración de Álvaro Mutis: «Ninguna otra revista colombiana de esos años 40 y 50 puede compararse con Crítica. Las otras revistas no tenían ninguna propuesta de auténtica anarquía, de auténtico cambio brutal del país. No se encontrará en ellas ninguna frase que proponga de veras otro país. Lo que decían más bien era: ‘Vamos a seguir viviendo en el mismo país’» (Jacques Gilard, «Entretien avec Álvaro Mutis», Caravelle, Toulouse, n° 64, 1995, p. 162).
[42] Es con esta perspectiva como conviene leer el cuento, escrito en 1959, «Los funerales de la Mamá Grande», de García Márquez. El «testamento espiritual» del personaje epónimo es una caricatura veraz del discurso de El Tiempo y de la panoplia de supuestos valores proclamados por el proteico santismo, siempre adaptado a las circunstancias y siempre idéntico a sí mismo.
[43] El golpe institucional del presidente Mariano Ospina Pérez tuvo lugar el 9 de noviembre de 1949.
[44] «La metamorfosis de Su Excelencia» salió en el n° 23 de Crítica, 1 de octubre de 1949, pp. 6-7 & 23.
[45] Fue precisamente en los días en que Zalamea iba a publicar su texto en Crítica y a sufrir las consecuencias de su acto valeroso cuando lo atacó Jorge Gaitán Durán, el futuro fundador de Mito; lo hizo desde las posiciones del santismo y con base en la seguridad, de hecho completamente ilusoria dado el giro tomado por la vida política, que pensaba poder sacar del reciente «Congreso de intelectuales nuevos» (ver nota siguiente); así fue como tuvo la indecencia de hablar del «triste colapso de Jorge Zalamea» (Jorge Gaitán Durán, «Una nueva conciencia ética», El Tiempo, Bogotá, 25 de septiembre de 1949, 2da Sección, p. 4). Cuando, líneas arriba, nos referíamos a una « sumisión... ponzoñosa» de la intelectualidad oficial, pensábamos especialmente en este lamentable ejemplo. En cambio, uno de los amigos de Vinyes, Alfonso Fuenmayor, quien ya había saludado en El Heraldo de Barranquilla el nacimiento de Crítica (27 de octubre de 1948), publicó allí mismo, ya en vísperas del golpe de Estado, una nota de homenaje a Zalamea, «que señala el puesto irrenunciable que en estos momentos le corresponde a la inteligencia colombiana que él representa de manera tan cabal» (5 de noviembre de 1949).
[46] De julio a septiembre de 1949, bajo los auspicios de El Tiempo, tuvieron lugar en Bogotá las sesiones de algo que fue llamado «Congreso de intelectuales nuevos», cuya finalidad proclamada era pensar y orientar el devenir de Colombia. De lo que se trataba en realidad era de rejuvenecer la manera de encauzar y controlar el pensamiento, teniendo en cuenta los idearios y las estéticas nuevas para volverlos inocuos y, a la postre, impedir todo tipo de cambio. Mientras tanto, se aceleraban inconteniblemente la deriva autoritaria del poder conservador y la espiral de la «Violencia». Fue invocando los supuestos aportes de ese congreso como Gaitán Durán atacó a Jorge Zalamea. Vinyes no opinó sobre el evento, pero lo hizo con ironía mordaz Alfonso Fuenmayor (El Heraldo, 26 de septiembre de 1949), lo que era también una respuesta al texto de Gaitán Durán, aparecido la víspera.
[47] Y tal vez un poco más, aunque no se le volvió a leer en Crítica: una nota sin firma, pero que tenía que ser del propio Zalamea, anunciaba que en adelante Vinyes colaboraría con regularidad. A Vinyes debían faltarle las fuerzas o las ganas; y pudo terciar una necesaria prudencia política —que la evolución del país en ese año 1949 justificó a posteriori—, pero está claro que el «sabio catalán» se sentía compenetrado con la línea intelectual, y ética (en Zalamea era una sola cosa), de la revista.
[48] Era inevitable que pensara Zalamea Borda en García Márquez al escribir esta frase. Unas semanas antes, el 30 de marzo de 1952, se había reeditado en el Magazín Dominical de El Espectador su cuento «La mujer que llegaba a las seis», acompañado por una carta (al periodista Gonzalo González) titulada «Autocrítica », en la que el joven escritor definía a Zalamea Borda como «mi Cristóbal Colón».
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© Jacques Gilard
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IX – Número 36
Enero-Febrero-Marzo de 2009
PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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